Un Premio Goya por morir (Crisálida Cross y el Club del Crimen de los Criscrossers 6) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Nos acomodamos en la terraza del frankfurt bajo la sombra generosa de un parasol.

Mientras la camarera deja un cuenco con agua fresca para Watson, que se tumba agradecido a mis pies y mientras se revuelve, se resbala y derrama la mitad del agua con un movimiento torpe de la pata.

Observo el manuscrito de Rogelio sobre la mesa.

Siento la tentación de enviarlo de una vez al contenedor de papel, pero me contengo.

Clara, con esa intuición que empieza a ser su marca de fábrica, toma la iniciativa con una sonrisa amable.

—¿Conocías bien a Evaristo? —pregunta mientras juguetea con su servilleta.

Rogelio se remueve en la silla, incómodo.

—Sí... me apoyaba mucho. Me animó a terminar esta joya.

Prefiero callar. Me duele la traición, así que dejo que sea Clara quien despliegue sus artes de interrogadora universitaria. Ella insiste con suavidad, sin perder la calma.

—Hace poco tuviste una discusión con él, ¿por qué? —pregunta Clara.

—Se sintió identificado con mi personaje y le sentó mal. Me insultó y discutimos.

—Si él te daba consejos y te ayudaba, ya sabía qué escribías, conocía tus personajes.

—Pues… algo sucedió, porque de la noche a la mañana cambió de idea.

—La noche que murió, escribió tu nombre junto a otros cuatro; quería hablar con vosotros de algo.

—¿Conmigo? ¿Quiénes son los otros?

La tensión sube cuando mencionamos los nombres de la lista. Rogelio se pone a la defensiva.

—¿No los conoces?

—Mira, Clara, la única que conozco es a Cloti; al resto, no.

—Ayer, desde el interior de la librería, me di cuenta de que tú y Cloti teníais algo especial.

Observo que su cara cambia repentinamente y balbucea:

—Bueno... sí, claro... es una mujer... es normal.

Clara y yo nos miramos. Esa no es una respuesta.

—Casi te dobla la edad —dice Clara—. ¿Te gustan maduras?

—Cloti es... especial. Durante un par de semanas me ha ayudado mucho en todo momento. Tampoco comprendía la actitud de Evaristo para que cambiara de opinión con mi libro tan de repente.

—Esta mañana he hablado con Cloti. Me ha dicho algo muy curioso: que ayer le dijiste que la historia de tu manuscrito podía ser, perfectamente, una historia real.

—¿E-eso te ha dicho...? —tartamudea.

—Fue ella la que me lo dijo. Entonces ¿llegó a leer ella tu manuscrito? —comento, golpeando repetidamente con el dedo el borrador de El librero sobre la mesa, sabiendo que Cloti se ha limitado a marcharse sin responder—. Solo el título ya me hace dudar, Rogelio. ¿No crees?

Él explota. Se levanta de un salto e intenta arrebatarme su escrito, pero se lo impido.

—¡Ya es suficiente! —brama, atrayendo las miradas de los turistas de las mesas cercanas—. Dámelo.

—No hasta que lo lea —respondo, firme.

—No puedes hacer eso o...

Clara se pone en pie a mi lado, serena pero contundente:

—¿O qué? ¿Vas a llamar a la policía? Adelante, vamos todos juntos y entregamos esto como prueba de un posible asesinato.

Rogelio palidece. Se escuda tras sus derechos y balbucea, cada vez más acorralado. Entonces, me fijo en sus ojos y en un detalle absurdo:

—Por cierto, ¿ves mejor con lentillas?

—No uso lentillas, tengo la vista perfecta —responde, desconcertado.

—Ayer llevabas gafas graduadas, hoy no —insisto—. Seguro que es el look de escritor atormentado que tanto le gusta a Cloti.

Él se queda sin palabras, pillado en su propia farsa intelectual y se desmorona ante nosotros.

—Deja a Cloti en paz. ¡Déjanos a todos en paz! —grita, antes de darse media vuelta y alejarse a paso rápido entre las mesas.

Watson se esconde bajo mi silla y derrama toda el agua del recipiente. El silencio que deja Rogelio tras de sí es pesado, pero en nuestra mesa el alivio de haber sacado algo en claro es palpable. Reclamo a la camarera para pedir algo que nos ayude a digerir la situación.

—Dos dobles especiales con cebolla frita y dos cervezas con limonada, por favor —pide Clara con una sonrisa, relajando el ambiente. Cuando la chica se retira, suspiro y me paso la mano por la nuca.

—Siento mucho el numerito, pero estoy cansado de tantas mentiras.

—¿Ha mentido también? —pregunta Clara, mirándome fijamente.

Niego con la cabeza, observando el horizonte, donde la luz dorada de la tarde empieza a reflejarse sobre el mar.

—Ahora no sé quién miente, si Rogelio o Cloti. Se contradicen en todo. Guardemos esto para cuando hayamos hablado con todos, Clara. No quiero que el grupo tome decisiones precipitadas antes de entender qué está pasando realmente.

La camarera no tarda en volver con nuestra comanda. El olor a la cebolla frita y la bebida fría nos devuelve a una calma necesaria. Damos el primer sorbo a las cervezas con limonada en silencio, dejando que el murmullo de la terraza difumine la tensión del enfrentamiento anterior.

Clara se inclina un poco hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa. Su mirada, siempre inquisitiva, se suaviza ahora, centrada solo en mí.

—Me preguntaba si ya han publicado tu última novela —dice, dibujando un círculo invisible en el borde de su vaso—.

Tengo muchas ganas de verla en las librerías y leerla.

¿Sabes que siempre me pica la curiosidad por ver cómo me describes?

Reconozco que soy un poco narcisista, pero me encanta ser una de las estrellas principales.

Me río mientras niego con la cabeza, disfrutando de su sinceridad.

—Te equivocas, Clara. El personaje principal es siempre la víctima y los sospechosos son los protagonistas secundarios. El club, en realidad... somos solo el relleno.

Ella suelta una carcajada, clara y cristalina, que logra acallar por un momento el ruido de la terraza.

—¿Relleno yo? Ni lo sueñes. Prefiero pensar que soy especial y que le das a mi personaje un toque que no tienen los demás. Además, sin el «relleno», ¿quién pondría orden en tus desastres?

Sonrío, sintiendo un cálido alivio al cambiar de tema.

—Estaba en la estantería de Evaristo. Lo vi ayer, junto a los otros de la serie. Fue... un golpe extraño verlo allí, rodeado de tanto silencio.

Clara se ilumina y sus ojos brillan con esa devoción genuina que siempre me reserva.

—¡Eso es una gran noticia, Cris! Te lo mereces. Cuando todo esto termine y este lío se aclare, tendremos que pedirle a Mireia que organice una presentación como te mereces. Algo grande, con sus mejores dulces y todos nuestros amigos. No acepto un «no» por respuesta.

La observo mientras habla; su entusiasmo es contagioso y, por un momento, el peso de la muerte de Evaristo se vuelve más ligero, al igual que la distensión con Rogelio y Cloti.

Hay algo en la forma en que me mira, esa mezcla de admiración profesional y atracción personal que nunca se esfuerza demasiado en ocultar, que me hace sentir vivo.

Aunque ya lo hemos hablado muchas veces y sabemos lo que tenemos.

Antes de que pueda contestar, ella se relaja en su silla, me dedica una sonrisa traviesa y baja el tono de voz, haciéndome sentir que somos los únicos en la terraza.

—Por cierto —dice, dejándome desarmado con el cambio de registro—, cuando te vi entrar en el baño de casa... noté que habías adelgazado un poco. ¿Acaso no te estoy cuidando bien?

Se ríe de mí, un sonido bajo y divertido, mientras me escanea de arriba abajo con esa mirada que me desarma. Intento mantener la compostura, pero me descubro sonrojándome ligeramente.

—Tendré que supervisar más de cerca tus cenas a partir de ahora —añade, guiñándome un ojo, mientras Watson apoya su pesada cabeza en el pie de Clara, como si él también estuviera de acuerdo en que el detective necesita más mimos.

Me río con ella, sintiendo que, pase lo que pase con las mentiras de Rogelio y Cloti, tengo a mi lado el equilibrio perfecto.

Al menos, por un rato más, el mundo puede esperar.

Lo bueno dura poco: Clara vuelve a ponerse seria, repasando mentalmente lo que sabemos hasta ahora.

Nombra a los de la lista y a alguien más.

—¿Qué hay de Fernanda? No estaba en la agenda, pero...

—¡Me había olvidado de ella!

Al mencionar a Fernanda, una descarga eléctrica me recorre la espalda. Miro mi reloj y contengo un respingo: mi cita en su casa es ya. Me pongo en pie de un salto, visiblemente alterado.

—Clara, me tengo que ir. No me he dado cuenta de la hora y tengo una reunión urgente con ella. Por favor, quédate con Watson, llévalo a casa.

Le entrego la correa con manos nerviosas y el manuscrito.

—Y esto también.

Devoro lo que queda del bocadillo y me alejo casi corriendo.

Solo debo doblar la esquina y pasar por delante de la panadería.

Merceditas, con su bata inmaculada, recoge unas bandejas de la terraza.

Le dedico un gesto rápido y sigo mi camino, pero al pasar frente a la librería cerrada, un escalofrío me detiene.

El local parece vacío, muerto, hasta que una voz rasposa me saca de mis pensamientos.

—¿Vas a casa de la buscavidas? —pregunta Marisa, apoyada en el marco de su ventana.

Me quedo helado. ¿Cómo sabe ella hacia dónde me dirijo? ¿Es simple maledicencia o algo más?

—Que tenga un buen día, Marisa.

Prefiero no preguntar. Sigo caminando con paso firme, pasando por la casa de Justo y Joanna; estoy tentado de llamar al timbre, buscar un refugio seguro, una taza de té y un consejo de sabios, pero me obligo a seguir. No debo involucrarlos todavía.

Antes de llegar a la esquina, me detengo en seco. Nunca me había fijado realmente en esa vivienda. Es una auténtica joya del modernismo indiano, una casa que parece sacada de un cuento de hadas de principios de siglo.

Su fachada es un lienzo de colores suaves, adornada con esos característicos esgrafiados florales que trepan por las paredes como si estuvieran vivos.

Los balcones, de hierro forjado con motivos de latigazos orgánicos, lucen macetas de geranios rojos que estallan contra el estuco crema.

Hay una calidez acogedora en el porche, con su puerta de madera noble tallada y esos cristales emplomados que dejan filtrar una luz cálida y ámbar, como si la casa misma estuviera abrazándome antes de que yo siquiera llamara.

Todo en ella desprende una elegancia sosegada, un aire de hogar antiguo.

La imagino llena de libros, por lo que comentó Marisa, y secretos bien guardados.

Respiro hondo, admirando la delicadeza de la arquitectura, y me preparo. No sé qué buscavidas encontraré, pero algo me dice que, tras esa puerta modernista, las respuestas empiezan a ser más urgentes que nunca.