CAPÍTULO 6
La luz reflejada del mar suele traerme claridad, como si tuviera la costumbre de ordenar mis pensamientos.
Hoy, sin embargo, solo ha conseguido que me quede dándole vueltas a Cloti mientras Watson camina a mi lado, feliz, como si el mundo fuera mucho más sencillo de lo que realmente es, deteniéndose cada dos metros para olfatear una farola, una maceta, una mancha en el suelo.
Al tomar el paseo, los plataneros centenarios nos regalan una sombra que siempre parece un poco más fresca de lo que debería. Es en ese momento cuando el sonido de una motocicleta de gran cilindrada interrumpe la tranquilidad.
Watson levanta las orejas, encantado. Y yo también sé quién es antes de verla.
Clara aparece como siempre: con su cazadora negra, su moto y esa forma suya de ocupar el espacio como si le perteneciera un poco.
Se quita el casco y sacude el pelo como si estuviera rodando un anuncio de champú.
Incluso desliza la cremallera de la chaqueta con esa seguridad de quien sabe exactamente el efecto que produce, más o menos el mismo que el de la chica que no sé si aún sigue buscando a Jacq’s.
Watson pierde completamente la dignidad y tira de la correa como si quisiera abrazarla primero.
—He de reconocer que me gustan tus presentaciones —sonrío.
—¿Vienes de...?
—Vengo.
Clara levanta el asiento de la moto y guarda el casco en el hueco, como si fuera un secreto.
Luego se agacha para saludar a Watson y le besa en el hocico.
El can responde como si la hubiera estado esperando toda su vida.
Se tumba boca arriba, las patas cortas en el aire, la lengua fuera, la cola golpeando el suelo.
El siguiente en la lista de besos estoy yo. Me anticipo y pongo la mano.
—Lo siento, quiero mucho a Watson, pero no deja de ser un perro que husmea todo lo que encuentra en la calle y no son precisamente muy higiénicas.
—Tú y tus manías —dice ella, sin ofenderse lo más mínimo—. Te pierdes lo mejor.
Clara se agacha de nuevo. Watson, por su parte, sigue tumbado boca arriba como si aquello fuera una invitación oficial a una sesión de mimos.
—Si hubiera sabido que querías hacer eso no habría levantado la mano, me hubiera tumbado en la acera.
Clara me mira divertida.
—¿Cómo ha ido?
—Bien... aunque Cloti sigue siendo un misterio con patas.
—¿Un misterio peligroso?
—No exactamente. Más bien... uno de esos que no te dejan avanzar porque parece que falta una pieza del puzle.
Clara asiente como si eso tuviera todo el sentido del mundo.
—¿Crees que pudo golpear a Evaristo?
—Sinceramente, no lo creo. Tenía motivos, sí, pero no encaja. Subir la escalera, cargar con el Goya, atizarle... no sé.
—¿Y por qué no?
—¡¿Tú la has visto?! Es difícil imaginarla levantando esa estatuilla pesada con una sola mano.
—Oye, no subestimes a nadie —dice Clara—. Yo soy más delgada y puedo levantar bastante peso gracias a que hago artes marciales.
—¿Me estás retando o proponiendo un concurso de fuerza?
—Solo digo que las apariencias engañan —me guiña un ojo—. Y tú deberías saberlo mejor que nadie, señor Cristóbal o señorita Crisálida Cross.
Nos reímos los dos. Clara me quita la correa de Watson con toda la naturalidad del mundo.
—He quedado con Rogelio en su casa —consulta el reloj—. En cinco minutos. ¿Vamos?
Mientras caminamos, le resumo mis impresiones.
—Cloti no me ha contado todo. Su relato suena demasiado perfecto, como si lo hubiera ensayado. ¿Cómo es posible que no haya curioseado entre sus cartas de amor o que no sepa nada del escrito de esa agenda? Esa ausencia de curiosidad en alguien tan cercano huele a ocultamiento deliberado.
Clara escucha mientras juega con la correa. Watson sigue tirando hacia cada farola.
—¿Se llevaba bien con Evaristo?
—Si alguien lo sabe, ahora solo es ella.
—O la vecina cotilla —me hace un guiño.
—Eso también. ¿Y qué me dices del famoso Goya? Eso es lo que no encaja. Si era importante para él, ella tenía que saber algo. De quién era, como mínimo.
Seguimos caminando.
—Pero lo que más me intriga es Rogelio.
Clara levanta una ceja.
—¿Mi Rogelio?
—Ayer vi algo entre ellos dos. No sé cómo explicarlo... una complicidad rara, de esas que no se dicen en voz alta pero se notan.
Clara asiente despacio.
—¿Más o menos como lo nuestro?
Me callo. Prefiero no responder. No ahora.
—Cloti insiste en que no sabe nada. Pero todo en ella parece demasiado cuidado. Como si eligiera qué contar y qué guardar.
—Bueno —dice Clara—. Para eso están las entrevistas incómodas.
—Miquel ya la tiene citada en comisaría.
—Perfecto. Al menos alguien la hará sudar un poco.
Nos alejamos del paseo principal y subimos hacia una de las zonas más altas del pueblo, donde las casas parecen tener más historias que reformas. La casa de Rogelio aparece al final de una calle estrecha, bajo los muros del cementerio.
—¿Seguro que es aquí? —pregunto.
—Número siete —confirma Clara y mira hacia arriba—. Segundo piso.
La fachada no es bonita, pero sí interesante.
Tiene ese aire de casa que ha vivido demasiado y ha decidido no fingir lo contrario.
El revoco de la pared es ahora una costra descascarada.
Las grietas recorren el muro como si fueran venas.
Las ventanas, pequeñas y desiguales, tienen contraventanas que cuelgan de una sola bisagra.
La puerta de entrada ya no recuerda el barniz, y una buganvilla silvestre que lo cubre casi todo con flores moradas, irónicamente, es lo único vivo y vibrante que rodea la propiedad.
—Bueno —dice Clara—. No me negarás que el edificio no tiene personalidad.
—¿Eso es una forma amable de decir que necesita una reforma?
Nos acercamos y justo entonces se abre una ventana.
—Hola, Clara. Sube.
Clara le devuelve el saludo con la mano.
—¿Has visto eso? —murmuro observando la escalera.
Subimos un par de peldaños. La escalera cruje como si estuviera contando sus propias historias, pero sin dramatismo: más bien con resignación.
Watson se queda quieto y me pide con la mirada que lo sujete en brazos.
Lo cojo, pesado, torpe, con sus cortas patas colgando, el hocico restregándose contra mi chaqueta.
Arriba, el rellano es caótico, sí, pero con encanto: paredes con capas de pintura de distintos colores, puertas con carácter y ese tipo de desorden que sugiere creatividad más que abandono. Una puerta se abre y Rogelio aparece. Nos mira con sorpresa, pero no desagrado.
—No sabía que venías acompañada.
—No vengo a una cita, Rogelio —responde Clara.
—Venimos a hablar de la librería de Evaristo —añado.
—¿Hablar de Evaristo? Ya me han llamado de comisaría —dice Rogelio.
—Sí, lo sabemos —responde Clara—. Pero preferimos hablar contigo antes de que todo se vuelva demasiado serio.
Rogelio nos observa, y durante un segundo parece que está decidiendo si esto es una visita incómoda o una oportunidad.
—Soy Cris. Y este es Watson, que oficialmente ya ha decidido que le caes bien.
Le tiendo la mano. Watson mueve la cola como si hubiera firmado el contrato. Rogelio duda, pero no se cierra. Clara da un paso adelante, amable. Levanta los brazos y le da dos besos mientras lo abraza.
—Cuánto tiempo, Rogelio. ¡Me han dicho que escribes!
Algo cambia. No mucho, pero suficiente. Claro ejemplo de las armas de una mujer.
—Sí... he estado escribiendo —dice él, casi con orgullo, tímido.
—¿En serio? —pregunto—. Yo también soy del ramo.
—¿De verdad?
—Tiene cinco libros —añade Clara con naturalidad.
Eso sí le sorprende. Pero en vez de tensión, aparece algo mejor: curiosidad. Veo la oportunidad de ponerme a su altura, a esos inicios difíciles. Le hablo de los rechazos de las editoriales, de la creación de Crisálida Cross, de los libros, del personaje, del pequeño truco del show crossdresser .
—Sí. Y no te voy a engañar: al principio nadie me hacía caso.
Rogelio se ríe.
—Eso de vestirte de mujer suena a marketing literario.
—Exacto.
La conversación fluye.
—Pasad, por favor.
Damos un paso y, al ver que dentro es igual o peor que el resto del edificio, nos basta una mirada para decidir que es más seguro hablar en otro lugar.
—Evaristo me habló de un escritor del pueblo. Un tal Rogelio que tenía un manuscrito terminado...
—¿Él te habló de mí?
—Que yo sepa, nadie más se llama como tú en Demarenys.
Rogelio desaparece un momento y vuelve con unas hojas.
—Aquí está.
El título me impresiona: El librero .
—Tiene buena pinta —dice Clara.
—Es un thriller psicológico al estilo de Freida McFadden —explica Rogelio con orgullo.
—Eso me gusta —respondo.
Nos quedamos un momento en silencio, como si el libro acabara de abrir otra conversación dentro de la conversación.
—Bueno —digo finalmente—, ¿y si bajamos a celebrarlo?
—¿Celebrarlo? —pregunta Clara sorprendida—. ¿No vamos a hablar de Evaristo?
—Podemos ir al frankfurt del paseo y nos ponemos al día en todo.
Rogelio duda... y luego sonríe.
—¿A La Sarriera? Invito yo —exclama Rogelio.
Bajamos las escaleras con cuidado, en fila de a uno, pero esta vez no hay tensión, solo el sonido de tres personas y un perro intentando no caerse, mientras hablan de libros. Watson se resbala en cada peldaño.
—¿No has pensado mudarte a otro lugar? —comento—. Este edificio está que se cae.
—Si tuviera dinero lo haría, pero no lo hay.
Ya en la calle, respiro hondo. El peligro ya ha pasado y hemos salido ilesos. Y entonces, justo cuando parece que todo encaja demasiado bien, Rogelio suelta:
—¡Mira por dónde, así que eres ese tipo del pueblo que se viste de mujer!
Me quedo en silencio un segundo. Clara me mira. Yo miro a Rogelio. Y Watson estornuda, como si eso fuera lo único realmente importante.
—¿Eres gay? —me suelta.
—¿Te supondría un problema si lo fuera? —digo al fin.
—Si no se pega, no.
Me he mordido la lengua hasta casi sangrar.
Aunque me ha molestado, he preferido no responder.
A Clara no puedo ocultarle mi desgana por seguir hablando con Rogelio.
Y lo más curioso es que algo dentro de mí me dice que este tipo guarda una opinión equivocada del mundo o, todo lo contrario, tiene un carácter no definido.
Decido seguir con la charla. Y seguimos caminando hacia el frankfurt.