Un Premio Goya por morir (Crisálida Cross y el Club del Crimen de los Criscrossers 6) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Después de desayunar como cada mañana en el hotel, he quedado con Cloti en mi lugar favorito: aquel tronco caído a pie de playa.

Es un rincón que me transmite una paz absoluta; allí, el contacto con la arena, la inmensidad del mar y el arrullo constante de las olas crean el ambiente perfecto.

A nuestro alrededor, el ritmo de Demarenys parece no detenerse: un grupo de niños grita con entusiasmo mientras intenta elevar una cometa que danza caprichosa contra el azul del cielo, mientras que, un poco más allá, una pareja de jóvenes, ajena a todo, camina de la mano sorteando las toallas extendidas y el ir y venir de las palas de playa, que producen un sonido rítmico y seco al golpear la pelota.

Espero que este entorno logre que Cloti se relaje y, finalmente, se abra conmigo.

El sol, ahora mucho más abrasador que a primera hora, reverbera sobre el agua creando destellos cegadores.

Watson nos acompaña, intentando atrapar alguna mosca que revolotea a nuestro alrededor, y confío en que acariciarlo nos ayude a todos a serenar el ánimo.

Se tumba boca arriba en la arena. Se revuelve, se resbala y suelta un chillido de frustración cuando la mosca se le escapa.

Observo a Cloti; tiene los ojos enrojecidos por el llanto, pero mantiene una postura rígida, casi defensiva, como si estuviera protegiéndose de algo que aún no se atreve a contar.

Pero ha quedado conmigo para hablar y lo hace, rompiendo el silencio con una voz entrecortada.

—¿Sabes, Cris? Llevo años esperando. He sido sus manos, sus ojos y, a veces, su memoria cuando él ya no quería recordar.

Siempre le preguntaba cuándo llegaría el momento de traspasarme la gestión de la librería, de hacerme cargo de una vez, pero Evaristo siempre tenía una excusa.

«Aún no, Cloti, queda mucho por organizar», me decía.

—¿Te sentías bloqueada? —pregunto, sintiendo cómo el aire se vuelve denso pese a la brisa marina que nos refresca.

—Me sentía invisible. Ahora que no está, ni siquiera sé si la librería me pertenece por derecho o si caerá en manos de algún buitre que se adueñará del edificio, sin importarle el contenido ni lo que representa ese espacio tan mágico y, quién sabe, quizá incluso la venda al mejor postor y yo…

me quede sin librería y sin trabajo. Me mata la rabia, Cris. He dedicado mi vida a esas estanterías.

Intento suavizar el tono, buscando respuestas.

—Cloti, necesito entender qué pasaba. ¿Ocurrió algo últimamente?

Ella baja la mirada, jugueteando nerviosa con la oreja de Watson. El perro se revuelve, le lame la mano y se resbala contra su rodilla. Cloti inclina la cabeza y me mira fijo a los ojos.

—Cartas. Empezó a recibir sobres con poemas de amor escritos con una caligrafía que parecía de otro siglo. Firmaba con una T.

La escucho atento.

—Un día, después de recoger otro sobre de debajo de la puerta, creyendo que no le oía, murmuró: «Esta Merceditas...». Sonaba angustiado, no enamorado.

—¿Merceditas? —reitero.

Cloti asiente, tensando la mandíbula.

—¿Crees que la panadera sería capaz de escribirle versos de amor?

Cloti suelta un bufido despectivo. Me dedica una mirada cargada de escepticismo.

—No llegué a leer ninguna. Viendo la imagen que proyecta esa chica, la creo capaz de cualquier cosa.

Pero, siendo honesta, si tengo que apostar, me decanto más por algo más atrevido, no me la imagino escribiendo poemas románticos.

Siempre ha sabido atraer la atención de los hombres de formas mucho más directas.

—Yo también lo creo.

Acaricio el entrecejo de Watson y, de inmediato, cierra los ojos, soltando un largo suspiro de puro placer mientras deja caer todo el peso de su cuerpo sobre mi pierna.

Las palabras de Cloti me hacen dudar. En la librería, Miquel me mostró una caja llena de sobres sobre la mesa, junto a la libreta donde Evaristo anotaba detalles de los libros y la agenda con aquellos cinco nombres.

No parecían cartas escondidas ni olvidadas en un cajón; estaban allí, a la vista de cualquiera que trabajara a diario en el local.

Me resulta extraño que Cloti asegure saber que son cartas de amor firmadas con una T y no haber leído ninguna.

Se contradice. Quizá respetaba demasiado la intimidad de Evaristo.

O quizá había algo más. Algo que prefería no contarme.

¿Las escribió ella? Guardo la duda para mí.

En una investigación, a veces son las pequeñas contradicciones las que terminan pesando más que las grandes revelaciones.

—¿Qué hay de Rogelio? Te vi a través del cristal. Parecía muy próximo a ti, intentando consolarte.

Cloti suelta una risa.

—No es lo que imaginas. Tú sabes lo que duele que no quieran leer tus manuscritos.

Pues eso es lo que sucedió. Rogelio y Evaristo discutieron hace unas semanas, algo terrible.

Me dio pena cómo le habló Evaristo y, cuando marchó, salí a consolarlo.

No lo había vuelto a ver desde entonces.

Pero ayer, antes de irse, me dijo una frase que no me quito de la cabeza: que la historia que llevaba en el manuscrito que apretaba contra su pecho, no difería tanto de la realidad, que toda ficción puede convertirse en real.

Le pregunté de qué iba ese libro, pero se limitó a marcharse sin responder.

—¿No tienes ni idea del contenido? —pregunto, sintiendo un escalofrío.

Ella niega con la cabeza.

—Y hay algo más. Hace dos semanas, Evaristo me anunció que quería cerrar un tiempo para hacer reformas.

¿Reformas? Esa librería es una obra de arte; cada viga, cada baldosa...

¿Quién en su sano juicio querría modificar algo allí?

Todo es perfecto. Me dijo que era una necesidad técnica, pero me pareció una excusa para vaciar el local.

Watson, a mis pies, levanta la cabeza, como si presintiera la inquietud que empieza a flotar entre nosotros. Se revuelve, se da la vuelta y golpea mi tobillo con la cola.

Cambio el enfoque, tratando de suavizar el tono.

—Cloti, la agenda estaba abierta por la hoja de la fecha de ayer y, en ella, aparecían cinco nombres: el tuyo, el del concejal, el escritor, la vecina cotilla y la panadera. ¿Por qué quería reuniros a todos?

Ella me mira, confundida, y el color se le escapa del rostro, dejándola pálida.

—¿A todos nosotros? No-no tengo ni idea. Si quería decirnos algo, debería habérmelo contado a mí primero. ¿Por qué ocultarme algo así? Si él sabía que me afectaba... me ha dejado vendida.

—¿Qué me dices de esas reformas? —insisto, buscando un detalle que se le haya pasado por alto.

—Puedo entender que quisiera comentarlo conmigo, que necesitara que el concejal le acelerara los permisos o la ayuda de las manos de Rogelio, pero las otras dos...

no sé qué tienen que ver en todo esto...

excepto la joven; quién sabe si no tenía pensado hacer un viaje y llevarse una barra de pan calentita bajo el brazo.

Me hace gracia la ocurrencia, pero me interesa ver su reacción en la siguiente pregunta.

—¿Crees que alguien de esa lista podría querer hacerle daño?

Cloti se queda callada, mirando el mar. A lo lejos, una barca de pesca regresa al puerto, rompiendo el espejo azul con un surco de espuma blanca. Sus manos, que antes temblaban, ahora se aprietan en puños sobre su regazo, revelando la tensión que le recorre por dentro.

—Solo sé que Evaristo estaba cambiando, Cris. Y ese cambio no era bueno para nadie. No lo era para la librería y, por lo que veo... tampoco para los que estamos en esa lista.

—¿Crees que esos cambios puedan ser por las mujeres? —añado, bajando el tono, casi como un secreto compartido.

—¿Qué mujeres?

—Me ha comentado Marisa, la vecina de enfrente, que Evaristo saludaba a muchas mujeres y todas parecían encantadas con él. ¿Cómo era su trato con ellas en la librería?

Cloti suelta un bufido, apartando la vista hacia el horizonte.

—Pues ahora que lo mencionas... es cierto.

Entraban mujeres de todas las edades y lo más extraño era su actitud: todas preguntaban por él directamente.

Si yo intentaba atenderlas, me esquivaban con cualquier excusa, como si mi presencia fuera una molestia.

Querían hablar con Evaristo, y solo con Evaristo. Al principio no le daba importancia.

Se encoge de hombros con una amargura evidente.

—Acabas llegando a tus propias conclusiones. Supongo que, en su vida privada, Evaristo tenía líos con media Demarenys. Quizá no era tan santo como la gente creía.

Me río por lo bajo, un sonido que apenas roza mis labios.

Cloti cree haber desvelado un secreto de faldas, una verdad sórdida que mancha la memoria de su antiguo jefe.

Yo guardo el mío bajo llave, una verdad que ella ni imagina.

Mientras la escucho, no puedo evitar pensar que, en este juego, a veces la verdad no es más que una ficción bien construida, una trama que nosotros mismos alimentamos para no enfrentar lo que realmente se esconde bajo la superficie.

Y si Evaristo era un seductor o algo mucho más oscuro, es un misterio que, por ahora, solo le pertenece a él.

Me levanto satisfecho; ahora tengo el punto de vista de la persona que más tiempo estaba a su lado, aunque imagino que no era a la que le contaba todo.

—Gracias por atenderme. —Le doy dos besos.

—Si necesitas preguntarme lo que sea, no dudes en hacerlo.

—Pues sí, hay una cosa más —digo, bajando la voz—. Ayer me hablaste acerca de la estatuilla del Goya. ¿Sabes quién era ese amigo que se la regaló y por qué lo hizo?

Ella se tensa; sus ojos parpadean con rapidez, buscando recuerdos en la memoria. Suspira, y noto un deje de tristeza.

—Como te dije, esa estatuilla se la regaló un escritor al que tenía mucho apego y que murió. Lo único que sé es que Evaristo lo animó para que adaptara uno de sus libros para un largometraje y, un tiempo después, ganó el Goya al mejor guion. Nunca supe quién era.

—Entonces el premio de la Academia de Cine era al mejor guion adaptado y calculo que puede haber… —anoto en el móvil y busco— treinta y siete ganadores desde 1989 y, según indica la lista —sigo leyendo en el móvil—, trece de ellos murieron.

—La lista se ha reducido..

—Y en los últimos dos años, son tres los que fallecieron —miro a Cloti—. ¿No sabes su nombre? ¿Sabrás la película?

Cloti niega con la cabeza.

—Nada. Nunca me dijo nada.

—¿Nunca sentiste curiosidad por leer la placa con el nombre del ganador, la categoría y la película?

—Que yo recuerde, no tiene ninguna placa.

—¡Eso es imposible! A no ser que, cuando las entregan, no llevan ninguna inscripción y, pasados unos días, el ganador puede devolver la estatuilla para que la graben. Está claro que ese amigo se la regaló a Evaristo y nadie se preocupó de ello.

—Era su trofeo personal, algo de lo que presumía en la librería. Siempre decía que era el símbolo de su mejor papel en la vida.

—¿Crees que el Goya pudo caerse solo? ¿Que cayó durante un forcejeo? ¿O es posible que alguien lo cogiera para golpearlo?

Cloti se estremece y se abraza a sí misma, como si sintiera un frío repentino.

—Es un objeto pesado, Cris. Muy pesado. No es algo que se resbale de un estante por un golpe accidental. Si estaba en el suelo, puede ser que… Evaristo tropezara y golpeara con fuerza la estantería. ¿Cómo saber qué sucedió?

Se le quiebra la voz.

—Su peso... —murmuro.

—Cuatro kilos no se mueven con facilidad.

Vibra el móvil de Cloti. Se disculpa. Lo coge, mira la pantalla y sus ojos se abren con angustia. No habla, solo escucha. Hasta que responde con un hilo de voz:

—De acuerdo. Hasta dentro de dos días, allí estaré.

Guarda el teléfono en el mismo lugar con manos temblorosas. Me mira, visiblemente nerviosa; habla entrecortada.

—Era el inspector. Dice que quiere hacerme unas preguntas. ¿Acaso piensa que soy sospechosa de su muerte?

—Imagino que hablará con todos vosotros, Cloti. Tómalo como una rutina, no como una acusación. No te preocupes.

Ella no parece convencida. Está visiblemente afectada.

Se acerca a Watson, le acaricia la cabeza con torpeza y luego me mira a mí, con una sombra de duda que no logra disimular.

Se despide con un gesto breve y empieza a caminar, alejándose hacia la orilla.

Sus pasos, erráticos y lentos sobre la arena mojada, me muestran a una mujer que parece temerle a lo que pueda esconder la verdad y creo que no me lo ha contado todo.