CAPÍTULO 4
Entro en casa para darme una ducha rápida.
Me voy quitando el vestido azul por el pasillo.
Al entrar en el baño, me encuentro a Clara con el cabello mojado, el secador en la mano y cubierta solo con una toalla.
Se ha asustado y ha gritado. Yo también he gritado.
Watson ha huido corriendo y gimiendo, resbalando por el pasillo, buscando tracción contra el suelo de baldosa.
De inmediato, Clara se ha reído al ver lo ridículo que estaba yo en medio de la puerta, tapándome con el vestido marinero de color azul. Le he pedido disculpas; para ella es un juego, pero para mí ha sido un momento incómodo.
Ducha. Camisa blanca, tejanos y unas zapatillas. He terminado de vestirme antes que ella. Poco después, Clara aparece en el salón con vaqueros, en sujetador y con una camiseta de tirantes en cada mano.
—¿La azul o la verde?
—Cualquiera de las dos te queda bien; tú misma.
—Si lo supiera, no te lo preguntaría. La verde mejor, ¿no?
—Sí, está bien.
—Pues no se hable más: me pongo la azul.
Mientras se viste, intenta ponerse al día.
—¿Me vas a decir qué ha pasado o tengo que esperar a que estemos todos?
—Vas a tener que esperar. —Le hago un guiño—. No me apetece repetir lo mismo cada vez que llegue alguien.
—Vale... ¿Listo?
Se acerca y me ajusta con suavidad el cuello de la camisa. Me lanza una mirada picarona y me besa en la mejilla antes de dar unas palmadas en sus muslos.
—¡Vamos, Watson!
El perro sale corriendo hacia ella y se deja atar.
Llegamos los primeros a la terraza del hotel y, antes de tomar asiento, vemos a los hermanos Borràs, Miquel y Mireia, cargando con su recipiente térmico, que dejan en la barra de la cafetería.
Al poco, nos acomodamos alrededor de una mesa.
Mireia se sienta a mi lado. Como era de esperar, Clara lo hace al otro y, sin saber de dónde han salido, frente a nosotros se sienta la pareja de jubilados. Miquel, por su parte, se queda de pie.
El camarero nos sirve los platos con una porción de tarta y cubiertos con la profesionalidad habitual, mientras Watson se instala bajo mi silla esperando que caiga alguna migaja del cielo.
—He preparado una versión nueva del carrot cake —anuncia Mireia con entusiasmo, observando las porciones—. He sustituido una parte de la harina por almendra molida y, he añadido un toque de jengibre fresco y ralladura de lima en el glaseado. ¿Notáis la diferencia en la textura?
Joanna prueba un trozo y cierra los ojos, satisfecha.
—Es un pecado, Mireia. Pero, sinceramente, con la que se ha montado en el pueblo, casi ni me sabe a gloria.
Miquel se deja caer en la silla al lado de Justo. Sus ojeras son profundas y se nota que el peso de la placa le está pasando factura. No ha tocado su plato.
—No sé por qué te llamo siempre, está claro que es un accidente —murmura Miquel con voz ronca—. Estoy totalmente desbordado. Para colmo, la prensa, el ayuntamiento, los vecinos... todos quieren que cierre el caso hoy mismo, y por tu culpa, ahora tengo más preguntas que al principio.
—Porque nosotros sí queremos saber la verdad —respondo, bajando la voz—. Miquel, deja que te ayuden. Nadie del club ha estado en la librería, y para resolver este caso, tienen que saber qué vimos y escuchamos.
Miquel suelta un gruñido, pero no nos corta.
—¿Has traído las fotos?
El inspector las entrega a Justo y van pasando de mano en mano.
De pronto, Watson, que hasta entonces permanecía echado a mis pies, se pone en pie de un salto.
Sus largas orejas se agitan y un gruñido, más parecido a un aviso que a una amenaza, escapa de su garganta.
Algo en el paseo ha captado su atención: un terrier juguetón que tira de su dueño.
Con la energía inesperada de un cachorro, el basset hound se lanza hacia adelante, arrastrando su correa y golpeando violentamente la pata de la mesa de forja.
La mesa se tambalea. Las copas y los platos con restos de tarta saltan, vertiendo el café y el resto de bebidas sobre la superficie.
—¡Watson, no! —exclamo.
Por puro reflejo, Clara se lanza sobre las fotos del caso, apartándolas con rapidez hacia su regazo antes de que el café negro pueda arruinar las evidencias.
—¡Por los pelos! —exclama Justo, golpeando el suelo con su bastón mientras intenta estabilizar la mesa—. ¡Este perro va a acabar con mis nervios antes que cualquier asesino!
En el caos, mientras Miquel intenta recoger los cristales y Joanna busca servilletas, levanto la vista. Entre la confusión, veo pasar a Fernanda por la acera de enfrente, ajena a todo. Es el momento.
—Seguid vosotros, yo me encargo de calmar a esta fiera —exclamo, recuperando la compostura y aprovechando la distracción general para ponerme en pie y llevarme a Watson—. Y de paso, creo que tengo algo que atender ahí fuera. Ahora vuelvo.
Cruzo la avenida principal, sintiendo el peso de la mirada de Watson, que camina a mi lado con la lengua fuera, recuperando el aliento tras su pequeña travesura. Fernanda sigue su camino con paso firme, ignorando el bullicio que acabo de dejar atrás.
—¡Señora Fernanda! ¡Un momento, por favor!
Mi voz suena más segura de lo que espero. Ella se detiene y se gira lentamente, escrutándome con desconfianza. Sus ojos recorren mi ropa, mi figura, y finalmente se posan en mi rostro.
—Disculpe —continúo, acercándome un poco sin invadir su espacio—.
Sé que no nos conocemos. Me llamo Cristóbal Fernández, soy escritor y era amigo de Evaristo.
Colaboro en las investigaciones para intentar arrojar algo de luz sobre...
bueno, sobre lo que realmente le sucedió.
Necesito hablar con usted, es importante. ¿Podría dedicarme un tiempo mañana?
Fernanda mantiene el gesto adusto, pero la mención de Evaristo hace que su expresión se suavice.
—¿Yo...? Si es tan importante, supongo que no tengo más remedio —dice ella, con un tono que no invita a muchas confianzas—. Venga a mi casa mañana por la tarde. Le diré dónde...
—No hace falta, ya lo sé —la interrumpo con delicadeza—. Marisa me lo ha comentado.
En cuanto el nombre cruza mis labios, la expresión de Fernanda cambia radicalmente.
Sus cejas se fruncen con una violencia que no imaginaba y emite un gruñido de rechazo visceral hacia esa mujer.
Se le tensa la mandíbula y, por un momento, temo que se dé media vuelta y me deje con la palabra en la boca.
—Esa mujer... —murmura, casi para sí misma, antes de recuperar un aire de fingida cortesía—. Mañana. A las cinco. No llegue tarde.
Me dedica un asentimiento seco, un gesto educado pero gélido, y reanuda su marcha sin esperar una respuesta.
Me quedo allí, observando cómo se aleja hacia el casco antiguo, con la extraña sensación de que el nombre de Marisa es una llave que abre muchas puertas, pero también una que enciende fuegos peligrosos.
Doy media vuelta y, con Watson pisándome los talones, regreso a la terraza.
El camarero recoge los últimos cristales y los demás continúan la conversación, ajenos a que, en cuestión de minutos, he puesto en marcha una pieza clave del rompecabezas.
Me siento de nuevo, ocultando mi satisfacción tras una sonrisa, listo para fingir que mi pequeña escapada no ha sido más que un paseo para calmar al perro.
Así que, entre bocado y bocado de tarta, Miquel les ha ido poniendo al corriente: el cuerpo de Evaristo al pie de la escalera, la estatuilla ensangrentada, la puerta que, según Marisa, estaba abierta, y la agenda con los nombres escritos a toda prisa.
—Cinco nombres y una orden de hablarles hoy sin falta —repite Clara lo que acaba de decir, mientras atiende con los ojos como platos—. Conozco a Rogelio, puedo hablar con él como quien no sabe nada.
—Eso estaría bien —comenta Miquel—. Si lo haces tú antes de que lo haga oficialmente, no se sentirá presionado y puede que se relaje y suelte algo.
—¿Santiago, el concejal? —pregunta Justo, frunciendo el ceño—. Dejádmelo a mí. Ese hombre es puro humo y ambición. No me extrañaría que Evaristo tuviera algo que le molestara.
—Yo me encargo de Cloti —anuncio—. Conmigo se sentirá cómoda.
—Y luego están Fernanda, Marisa y la panadera, Merceditas —sigue Miquel—. A Fernanda la vimos merodeando y Marisa dice que es una cazaherencias. Y Merceditas... bueno, digámoslo así: Merceditas es una distracción constante para muchos hombres del pueblo.
—Acabo de hablar con Fernanda y he quedado para mañana —confieso.
—¿Cuándo ha sido eso? —reclama sorprendida Mireia.
—Ahora mismo, al salir con Watson.
El cachorro, al escuchar su nombre, abre los ojos y me observa desganado, con la lengua colgando y una oreja tapándole la vista.
—Me la he cruzado y he aprovechado. Mañana por la tarde voy a su casa.
Veo que Mireia quiere decir algo, pero Justo se limpia con una servilleta y nos interrumpe:
—Las otras dos están en mi calle y en la misma acera... no sé... podría ir a hablar también con la panadera, por ejemplo; es muy simpática conmigo...
Joanna suelta una carcajada, provocando que Watson levante la cabeza de nuevo.
—¡Ay, la Merceditas…! —mira de reojo a Justo—.
Con esos descuidados botones abiertos de su uniforme que vuelven tontos a algunos hombres del pueblo.
Imagino que las ópticas se están forrando a base de hacer nuevas gafas graduadas.
No me extraña que algunos encuentren cualquier excusa para comprar pan dos veces al día.
Justo se remueve en su asiento, algo incómodo, y Joanna le lanza otra mirada incisiva.
—¿Y tú qué piensas, Justo? —Él hace una mueca mientras se encoge de hombros—. ¿Así que quieres hablar con ella?
—Sí, no... ¿qué tiene de malo?
—Nada. Que no se me olvide que tú, eras el primero en hablar mal de la panadería cuando encontraste una mosca cocida en una barra de pan hace meses. Pero mira por dónde, desde que la muchacha empezó a trabajar allí, todo olvidado. ¿No tendrás demencia senil, amorcito?
Justo se aclara la garganta, rojo como un tomate, mientras el resto intentamos contener la risa.
—Es... es una cuestión de proximidad, Joanna. No exageres.
—Claro, proximidad —ironiza ella—. Por favor, que el pobre Evaristo no era el único que buscaba una excusa para que ella le dedicara una sonrisa.
—¡Basta ya! —exclama Miquel, golpeando suavemente la mesa con los dedos—. A la panadera la entrevisto yo y punto. Estamos hablando de un posible homicidio, o al menos de una muerte sospechosa, no de los romances de una chica.
—Es que el caso tiene «miga», Miquel... —digo irónicamente, aguantando la risa.
Carraspeo y vuelvo al tono serio—. Evaristo no estaba agachado, alguien lo golpeó y cayó, o lo obligó a ponerse en esa posición.
¿Puede ser alguno de la lista? ¿O quizás alguien que se coló después de que Fernanda se fuera?
—Doña Marisa dice que ella no vio salir a nadie —apunta Mireia, recordando lo que le hemos contado—. ¿Creéis que la vieja cotilla protege a alguien?
—Marisa protege su propio protagonismo —replica Joanna.
—Pero si dice que escuchó un golpe metálico cuando llamó a la policía, es porque algo hubo. Lo que me extraña es que no viera salir a nadie. ¿Por dónde se fue el asesino?
—O la asesina —añade Clara con timidez.
—Recordad. Entró para avisar a la policía —añado.
Mireia hace un gesto tímido de alzar la mano. Joanna, en cambio, la levanta bien arriba.
—Si me permitís —habla Joanna—, me gustaría hablar con Marisa, por eso de... —mira a Justo— la proximidad, por ser mujeres, viudas, vecinas —le lanza una mirada envenenada— y cotillas.
—A mí me parece bien, pero quiero estar presente en todas las charlas —digo tajante, sin dejar opción a una negativa.
Mireia baja la mano. Nos quedamos en silencio un momento. El murmullo de la gente al pasar, las luces que empiezan a encenderse en las fachadas del paseo y el sabor especiado del jengibre en la tarta, crean un contraste irónico con la oscuridad de lo que ocurrió en la librería.
—Miquel —le digo, tocándole la mano—, necesitamos saber qué relación tenía Evaristo con los de la lista y con esa tal Fernanda. Si la agenda estaba abierta por la fecha de hoy, es evidente que él deseaba contarles algo.
Miquel suspira y prueba un trozo de tarta.
—Tenéis razón. Estoy tan obsesionado con los protocolos que he dejado de ver lo obvio: Evaristo tenía algo con esta gente, para bien o para mal. Si insistís en que no fue un accidente y os parece bien, mañana interrogaré oficialmente al primero de la lista, que es...
—Cloti —responde Clara con su buena memoria.
—Danos un par de días para que hablemos con todos ellos y luego, como he dicho, me gustaría estar presente, tanto en las charlas distendidas como en las oficiales, igual que la última vez —digo con una sonrisa decidida.
—¿Podemos estar todos presentes detrás del espejo? —pregunta Clara, y Miquel asiente sin decir palabra.
—Ahora voy a escribir mi propia crónica de esto. Puede que, al poner los hechos en papel, vea algo que se me escapa.
—Aún no —Mireia me pone la mano encima del muslo.
Nos sirve un poco más de té y, por un momento, la tensión se disuelve.
Watson, viendo que la comida se acaba, se acerca a las piernas de Clara buscando un mimo.
Es curioso cómo un trozo de tarta puede ser el epicentro de una investigación, pero en Demarenys, si quieres saber la verdad, debes pasar por la mesa de la Triple C, la del Club del Crimen de los Criscrossers.