CAPÍTULO 3
La noticia de que Evaristo, el dueño de El Pica-lletres, ha sido encontrado sin vida dentro de su establecimiento despierta a Demarenys.
Son las nueve de la mañana y medio pueblo se ha congregado frente al local.
La calle se va llenando de curiosos, vecinos, clientes y amigos.
La cinta policial continúa impidiendo el paso.
Las conversaciones se mezclan en pequeños corrillos.
—No me lo puedo creer.
—Ayer mismo estuve hablando con él.
—Era un hombre estupendo.
—Siempre me recomendaba novelas.
Me invade la nostalgia cuando entramos de nuevo en la librería. Imagino la cara de Evaristo, sonriente, dándome esos abrazos que, creo, solo a mí me daba, cuando noto un golpe seco en el brazo.
—¡Eh! ¿Qué te ocurre hoy? ¿Otra vez ausente?
Veo que nos hemos detenido delante de la mancha roja y la estatuilla, que sigue tirada en el suelo.
—Dime que crees que puede haber sido un accidente. Mira allí arriba, en la parte alta de la estantería. Hay un hueco.
—Sí, hay un hueco, ¿y?
—Seguro que esa estatua estaba allí.
—Todo es posible, incluso que fuera un accidente, pero, según Marisa, alguien abrió la puerta.
—¿Y si no la cerró del todo? Recuerda a Fernanda, que lo entretuvo.
—¿Piensas que al ver la puerta abierta imaginó que había alguien dentro?
—Es probable. Y, si lo hizo a oscuras, es lógico que tropezara...
Miro una vez más la estatuilla caída junto a la escalera y recuerdo las fotos del cuerpo. No respondo, porque cuanto más observo aquella escena, menos me parece un accidente.
Nos giramos y observamos a la multitud del otro lado del escaparate, todos con semblante serio.
Entre ellos, dos hombres y una mujer de la radio local entrevistan a un hombre alto y corpulento que destaca entre aquel grupo de personas.
Viste chaqueta elegante y camisa perfectamente planchada.
Su cabello oscuro comienza a encanecer en las sienes.
Sonríe con facilidad ante los micrófonos.
—Ese es Santiago, el concejal, un político ambicioso.
—El segundo de la lista, ¿no? —le pregunto.
Me fijo en la mujer que habla con Xavier, el policía.
Es Cloti. Trabaja desde hace años como ayudante en la librería.
Tiene poco más de treinta años, es de complexión delgada y aspecto sencillo; llora mucho, demasiado, y permanece inmóvil con los ojos enrojecidos.
Lleva el cabello castaño recogido en una coleta práctica y unas gafas de montura fina que le dan aire de bibliotecaria.
A su lado, un hombre intenta consolarla.
Es mucho más joven que la mujer, aunque procura parecer mayor y más intelectual.
Viste chaqueta de pana y lleva un montón de hojas bajo el brazo.
Luce una barba cuidadosamente recortada y unas gafas redondas que parecen elegidas para reforzar su imagen.
Pero en su cara aparece un gesto incómodo mientras observa el interior de la librería. Le pregunto a Miquel si lo conoce.
—¿El que está al lado de Cloti? —dice Miquel—. Ese chico es Rogelio. Seguro que es el de la lista. Escritor local frustrado que ha intentado sin éxito publicar su novela en varias ocasiones.
A pocos metros, Marisa, envuelta en una bata floreada, gesticula señalando a una mujer; por los gritos que profiere, sabemos quién es: Fernanda.
Al contrario de la vecina chismosa, ella viste elegante y supera a Evaristo en altura por varios centímetros.
Va impecablemente peinada, como recién salida de la peluquería.
Sus gafas graduadas de una conocida marca realzan un rostro inteligente y sereno.
Tiene el aspecto de una profesora universitaria o de una crítica literaria, alguien acostumbrado a pasar más tiempo entre libros que entre redes sociales.
Al otro lado del grupo de gente, es imposible no fijarse en la que acaba de llegar: Merceditas, que se ha acercado a la librería y se frota los ojos llorosos.
Cuando Fernanda se va, algo amargada por las insinuaciones de Marisa, esta sigue explicando su versión de los hechos por quinta vez, respondiendo a preguntas que nadie le hace.
—Fui yo quien avisó a la policía.
—Sí, Marisa, ya nos lo has contado —responde un vecino.
—Pues lo repetiré las veces que haga falta. —Marisa señala la librería—. Me asomé para respirar aire fresco y vi la puerta abierta. Abierta de par en par. Supe enseguida que algo iba mal.
—¿Y no entraste?
—¿Entrar yo? ¿En una librería oscura a esas horas y con tres maleantes dentro? No soy tan curiosa.
Varios vecinos intercambian sonrisas discretas. Es probablemente la afirmación más sorprendente que Marisa ha pronunciado en años. Miquel y yo nos miramos, como preguntándonos si debemos creer la declaración de la mujer. Con pocos minutos de diferencia ha pasado de ver una silueta a tres.
Observo al fondo a Joanna y a Justo. Se han acercado y preguntan a otros vecinos para ver qué sucede.
Decidido, le entrego la correa de Watson a Miquel y me dirijo afuera para saludarlos.
Watson se revuelve, y como siempre hace, se enreda en la correa.
Cloti, acompañada de Xavier, el policía, entra en ese instante. Tiene la voz temblorosa.
—Hola, Cris. He visto desde ahí fuera que esa balda está vacía.
Señala hacia arriba.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Miquel, manteniendo un ojo en la escena y otro en el perro, que se ha tumbado sobre su zapato.
—Dicen que Evaristo ha muerto por un golpe dado con un Premio Goya. Teníamos uno ahí arriba.
Levanto la vista hacia la balda vacía, lo que parece confirmar las sospechas de Miquel. Luego bajo los ojos hacia el suelo: allí descansa la estatuilla. Algo no encaja. Absolutamente nada.
—¿Qué piensas? —pregunta Miquel.
Permanezco unos segundos en silencio antes de responder y tomo las fotos de la mano de Miquel. Las repaso una vez más y se las devuelvo.
—Pienso que, si esto fue un accidente...
—¿Sí?
—Entonces alguien tendrá que explicarme qué estaba haciendo Evaristo exactamente aquí abajo con la cabeza mirando hacia el suelo.
Me acerco a Cloti, que está visiblemente afectada, buscando con la mirada el cuerpo de su jefe. Noto su respiración agitada y cómo se frota las manos con nerviosismo.
—Esa estatuilla significaba mucho para Evaristo. Se la regaló un amigo suyo que murió hace un par de años.
—¿Ese Goya es real? —pregunta Miquel, entornando la cabeza mientras lo mira.
—Entonces pesa lo suyo —añado yo.
—Como cuatro kilos... —responde ella antes de romper a llorar.
Cuatro kilos. El dato me queda grabado.
—Anoche, ¿te dijo algo Evaristo?
Cloti niega con la cabeza, incapaz de articular palabra. Tomo la agenda de la mesa, la abro y le muestro la página.
—¿Sabes por qué quería hablar contigo hoy?
Cloti sigue en silencio, moviendo la cabeza con nerviosismo. Miquel me entrega la correa y se acerca a ella, buscando respuestas.
—Es importante que nos cuentes todo lo que sabes. Si no cooperas...
Cloti lanza un grito y sufre un espasmo; le cuesta respirar. Watson tira de la correa asustado. Me doy cuenta de que, al apartarse Miquel, ha dejado al descubierto la mancha del suelo. Xavier, el policía, hace una señal y una de las sanitarias se lleva a Cloti hacia el furgón.
Salgo tras ellas y saludo a Justo y a Joanna. Watson me sigue.
—Me he enterado cuando iba a comprar el pan —comenta Justo mientras me abraza. Luego, Joanna me da dos besos.
—¿Es cierto lo que dice esa...?
Me señala con la mirada a Marisa.
—Sea cierto o no, es la única que ha visto y escuchado algo —responde Miquel mientras los besa y abraza.
—Es una mentirosa y lianta —insiste Joanna.
—¡Eh! —la regaña Justo—, no hables mal de alguien que, como tú...
—¿Cómo yo qué?
Lo mira rabiosa, levantando ligeramente la voz.
—¿Insinúas algo?
—Pues no insinúo, solo quiero que recuerdes que tú eras...
—Chicos, ¡basta! —intervengo—. Aquí no.
Le doy la correa a Joanna. Me coloco entre los dos y los rodeo con mis brazos, apartándolos de la librería.
—Me gustaría que esto quedara zanjado.
Los miro.
—Todos sabemos lo que hemos sido; para bien o para mal, eso es pasado, lo que importa es lo que somos ahora.
—¿Me perdonas? —le pide Justo a Joanna con los ojos parecidos a los del Gato con Botas de la peli de animación.
—Me lo pensaré... —exhala Joanna.
—Ven aquí.
Los dos se funden en un abrazo y se besan.
A Miquel lo reclaman en el interior de la librería. Nosotros nos despedimos y nos dirigimos al centro. Tomo el teléfono y escribo en el WhatsApp del grupo de la Triple C: «En la terraza del hotel a las siete».