CAPÍTULO 2
Afuera, los curiosos se acumulan tras la cinta que prohíbe traspasar el cerco policial. Miro los cartelitos indicadores y busco la zona de «Misterio». Mientras me dirijo hacia allí, cerca de la entrada, me reafirmo con ciertos detalles.
—Dejaba abierta la máquina registradora adrede, para que no se la rompan si entran a robar.
Me acerco y tiro del cajón. Hay dinero; no parece faltar nada.
—Apagaba las luces y recorría la librería por última vez, como imagino que hacía cada noche; al marchar, pasaba el dedo por el lomo de varios libros...
—¿Cómo puedes saber que hacía eso?
—Mira.
Lo arrastro para que vea la estantería a contraluz con la claridad que entra por el escaparate.
—¿Ves la línea marcada con el dedo en el polvo de los lomos?
El inspector asiente asombrado. Llego a la zona que busco y, como hacía Evaristo, paso el dedo por el lomo de mis libros expuestos en la estantería, esperando a que alguien se los lleve a casa.
Sonrío al ver que mi última novela, recién publicada, ya está junto a las otras cuatro anteriores.
Tomo el libro y lo huelo. Hace poco que hablé con Evaristo de hacer la presentación y firma de la quinta entrega de la serie.
Todo se quedó en que hablaríamos cuando llegara la primera remesa.
—¿Cris? ¿Qué te ocurre hoy? ¿Otra vez ausente?
—Lo siento... era mi amigo, puede que uno de los que más me comprendía en Demarenys.
—Te entiendo... pero ahora necesito que te centres; tu opinión me importa mucho.
—Gracias.
Le doy unas palmadas en la espalda.
—La señora Marisa dijo en la llamada que primero salió Cloti y luego, como siempre hacía Evaristo, se quedaba unos minutos, apagaba las luces al salir y comprobaba que la puerta quedara cerrada. Pero anoche, cuando iba a hacerlo, Fernanda se acercó a él y...
—¿Quién es Fernanda?
Miquel saca del bolsillo su bloc de notas y lo abre.
—Según doña Marisa, «es una vieja buscona que compra un libro cada semana».
—Creo que no le cae muy bien esa mujer. ¿Sabes si alguna de las dos hizo algo especial o fuera de lo normal?
—Nada —comprueba las notas—. Hablaban mientras se alejaban.
Cierro un instante los ojos e imagino la escena. Demarenys a esa hora de la noche está tranquila. Las luces amarillentas de las farolas iluminan las calles mientras la brisa marina trae olor a sal. Miquel me habla:
—Acompáñame, vas a conocer a Merceditas.
Abro los ojos y vuelvo a la realidad. Doy un par de palmas y Watson se acerca con la correa entre los dientes. Salimos los tres de la librería. Miquel levanta la cinta para que pase. Watson sale corriendo, se enreda en la cinta policial y se da la vuelta sobre sí mismo.
Seguimos andando en la misma dirección que tomaron Evaristo y Fernanda la noche anterior. Miquel observa el bloc de notas una vez más.
—Según doña Marisa, Evaristo saludó a varias vecinas durante el camino: la Reme, Lourdes, Isa la florista y Mariel.
Al llegar a la panadería Patonet, le dio dos besos a Fernanda en la mejilla y se despidió.
Tardó más de lo habitual en comprar el pan.
De regreso a casa, Teresa, la charcutera, le deseó buenas noches, y él le respondió con la misma frase.
Eva, la de la tienda de zapatos, le preguntó si había tenido mucho trabajo y Evaristo le respondió: «Aunque no lo parezca, los libros nunca descansan».
—¡Es buena! ¿No has pensado en contratar a Marisa? —me burlo.
—Hazla socia del club del crimen. No te digo...
—Vale, me callo… ¿Sabes? No sabía que Evaristo era tan conocido.
—Ni yo que tuviera tanto éxito con las mujeres —Miquel murmura esto último con una cara que no le había visto antes—. ¿No te has dado cuenta? No saludó a ningún hombre.
Miro a Miquel. Sé cosas de Evaristo que él desconoce.
—Volviendo a la señora Marisa, tiene buena memoria esa mujer. ¿Dónde estaba ella?
—En su casa —responde Miquel—. Es la que está enfrente de la librería.
—¡Vaya! Algo apartada de donde estamos... ¿Qué edad tiene?
—Setenta y algo.
—No solo tiene buena memoria, también tiene muy buen oído para su edad, ¿no crees?
Miquel encoge los hombros y dibuja una mueca en su cara.
—El problema es que es cotilla y... —se acerca al oído— algo mentirosa.
Miro la casa. Observo que sale una mujer al balcón y se apoya en la barandilla.
Imagino que es Marisa. Bajita y regordeta, de setenta y pocos años.
Lleva una bata floreada y unas alpargatas gastadas.
El cabello, teñido de un rubio imposible, está sujeto por varios rulos que parecen formar parte permanente de su peinado.
Sus ojos, pequeños y vivaces, observan constantemente todo cuanto ocurre en la calle.
—¿Es esa? —indico levantando la barbilla.
Él lo confirma.
La panadería está a pocas casas de distancia y, al llegar, ato la correa de Watson a la entrada. Watson se sienta y se inclina hacia un lado con la lengua fuera.
Lo primero que haces al entrar es mirar a Merceditas, la dependienta.
La chica ronda los veinticinco años. Es una joven de sonrisa fácil y carácter alegre, con una coleta alta y mejillas sonrosadas por el calor constante de los hornos; quizá por eso tiene tantos botones desabrochados de su bata.
Tiene esa clase de belleza luminosa que atrae miradas sin proponérselo, aunque algunos en el pueblo aseguran que es perfectamente consciente del efecto que causa.
—¿Qué? —Me guiña el ojo—. ¡No me digas que no compras el pan aquí!
—Lo compro al lado de casa.
Me aguanto la risa. La cara de Miquel ha cambiado por completo. Hasta me ha parecido que sacaba pecho y escondía barriga. Me centro y le pregunto a la panadera por Evaristo.
—¿El librero? —Su rostro cambia y hace la señal de la cruz—. En paz descanse. Pobre hombre. Qué pena me da. A él sí que le han dado el Goya... y bien dado.
Hago una mueca y entrecierro el ojo derecho.
—Eso no ha tenido gracia.
—Lo siento.
—¿Lo conocías bien?
—Cada viernes compraba un pan redondo calentito.
No hacía falta que lo reservara, ya se lo guardaba.
Era de esos que dicen que las tradiciones hay que respetarlas.
Yo le recibía con un «ahí entra el hombre más inteligente y guapo de la calle» y él me soltaba algún piropo como «estás para mojar pan» y cosas de esas que los hombres de cierta edad suelen decir.
—¿Suelen piropearte mucho?
—Sí, no sé por qué.
La observo con más detalle. No me extraña que despierte tantos comentarios en el pueblo; no sé si por los botones abiertos o si posee una simpatía natural y una seguridad en sí misma que rara vez pasa desapercibida.
—¿Te dijo algo distinto a otros días?
—No, esperó su turno calladito y luego se marchó.
—Sabemos que estuvo más tiempo de lo habitual aquí dentro.
—Será porque anoche le dio a todo el pueblo por comprar pan y sentarse en la terracita. Cuando le tocó el turno al librero, pagó, me hizo un guiño como siempre y me dijo que luego volvería. Me deseó buenas noches con una gran sonrisa.
—¿Te dijo que volvería? —pregunto.
—Sí, pero no lo hizo.
—Al salir de aquí y regresar hacia su casa, se detuvo —Miquel frunce el ceño—. ¿Lo viste?
—Mire, no me pagan para mirar a la calle. Además, ya se lo he dicho, estaba lleno de clientes y era tarde; y cuanto más vendo, menos tengo que recoger de los estantes con el pan que no se ha vendido.
Miquel se despide mientras observa el escote.
—¡Gracias, guapa!
—Vamos —lo agarro del brazo y casi me lo llevo a rastras hacia afuera—. Muchas gracias, señorita. —Contengo la risa—. Y tú, ya puedes deshincharte y respirar normal.
—¿Qué insinúas...?
Salimos de la panadería. Watson levanta la cabeza y se pone en pie. A la vuelta, nos quedamos los tres al otro lado de la calle, frente a la librería, quietos, observando a los curiosos.
—Evaristo también se detuvo justo ahí.
Escuchamos una voz de mujer a nuestra espalda. Ambos nos giramos y, detrás de la forja del enorme ventanal, Marisa, desde su casa, también tiene puesta la mirada en la librería. Se agacha y acaricia a Watson, que se revuelve y le lame la mano.
—Algo no encajaba. La puerta parecía entreabierta. Se acercó despacio. Escuché que dijo: «Juraría que la he cerrado». La empujó ligeramente y la hoja de madera cedió con un leve chirrido. Dentro estaba todo oscuro.
—Perdone —me dirijo a ella—, si estuvo todo el tiempo fisgoneando...
—¡Eh! Un poco de respeto, yo solo me asomé a tomar aire fresco.
—Discúlpeme usted... Si por casualidad observó lo que sucedía, ¿no vio quién entró en la librería cuando Evaristo estaba en la panadería?
—No, porque... Eso da igual.
—No, señora —interviene Miquel—. No da igual.
—Tengo... —baja el tono de voz—, tengo incontinencia urinaria y, como comprenderá, me ausenté un momento. Cosas de la edad.
—Usted conoce la rutina de su vecino —le pregunto—. ¿Hizo algo distinto a otros días?
—No, exactamente lo mismo que cada viernes, excepto por esa mujer, la Fernanda, que lo acosa. Es una buscona.
—¿Cómo puede insinuar eso?
—¿Quién compra un libro cada semana si no es para ver al librero?
—Hay mucha gente a la que le apasiona leer.
—No a esa víbora. —Marisa gruñe—. Fernanda es una cazaherencias. —Baja de nuevo el tono de voz—. Ya ha enviudado tres veces. ¿No les extraña?
—Hablaré con ella. —Me dirijo a Miquel—. ¿Sabes su dirección?
Marisa responde mientras saca la mano por la reja, señalando a su derecha, sin dar tiempo a responder al inspector:
—Camine sin bajar de la acera hasta el final de la calle. Vive en la casa esquinera.
La casa de Justo y Joanna está también en la misma acera, en medio de estas dos mujeres. Imagino que las conocerán bien a ambas.
Miquel se da media vuelta y mira a la mujer.
—En la llamada de esta noche, ha comentado que escuchó hablar a Evaristo antes de entrar en la librería. ¿Puede recordarme sus palabras?
—Abrió la puerta y dijo: «¿Hola?». Nadie respondió.
Luego dio un paso dentro y otro más. La calle estaba silenciosa y se escuchaba todo.
Preguntó de nuevo y puso la oreja. Me pareció ver una silueta moviéndose entre los pasillos de libros y creo que él también la vio, porque gritó: «¿Quién anda ahí?
». Luego avanzó y escuché que decía: «Mire, si necesita ayuda... ».
Marisa se queda en silencio, mirando el escaparate, resguardada detrás de la forja negra del ventanal. Watson levanta las largas orejas. Se sacude, se da la vuelta sobre sí mismo, como esperando saber más, como yo.
—¿Y? —pregunto nervioso.
—Me asusté y fui al salón a llamar a la policía. Y desde allí escuché un grito ahogado. Y después... ¡Clang! Un fuerte sonido metálico.
Watson, que hasta entonces había estado algo desganado, suelta un gruñido agudo y se lanza contra la reja buscando más caricias.
—¿No vio salir a nadie? —pregunto de nuevo.
—No, ya se lo he dicho; entré a pedir auxilio.