Un Premio Goya por morir (Crisálida Cross y el Club del Crimen de los Criscrossers 6) CAPÍTULO 1
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Un Premio Goya por morir (Crisálida Cross y el Club del Crimen de los Criscrossers 6)

Un Premio Goya por morir (Crisálida Cross y el Club del Crimen de los Criscrossers 6)

Por Josep Molet Rosel

© inepub.com

CAPÍTULO 1

Cuando a las ocho y media de la mañana recibo la llamada de Miquel, estoy, como acostumbro a estar a esa hora, en la primera mesa de la terraza del hotel Demarenys según subes por el paseo.

Desayuno como siempre, un café con leche con un chorrito de leche condensada y cuatro gotas del licor de hierbas aromáticas Calisay.

Por supuesto, todo ello acompañado de un cruasán de mantequilla caliente y crujiente.

Me acompaña Watson, un cachorro de basset hound de menos de un año, con orejas tan largas que le tapan los ojos cuando baja la cabeza y patas cortas que resbalan contra el suelo de la terraza.

Es un perro torpe, enérgico, entusiasta.

Lo que los viejos nobles ingleses no serían ni en sueños.

Pero tiene algo especial: parece entenderlo todo.

Al finalizar la llamada, ha comprendido que nos vamos; por eso toma la correa entre los dientes, la deja caer sobre mis zapatos y la recoge de nuevo con un gruñido agudo.

Nos acercamos lo más rápido posible a la calle Ample, como se conocía antiguamente, lugar donde me ha citado Miquel; por suerte, está a solo cinco calles, bajando hacia el mar.

Watson tira de la correa y casi me hace tropezar.

Al doblar la esquina del ayuntamiento, observo a un grupo de curiosos apostados tras la cinta policial frente a la librería El Pica-lletres, junto a un par de coches patrulla con las luces destellando.

Alguien levanta la mano efusivamente: es Miquel.

Desde el exterior, la fachada de la librería conserva toda su esencia original.

Destaca el escaparate de madera trabajado a mano, que enmarca con delicadeza las novedades editoriales, y la imponente doble puerta de madera, alta y robusta, que invita a entrar.

En el cristal del escaparate, justo en la parte alta, el nombre de la librería luce como un elegante grabado pintado a mano en tonos verdes y oro, que se mantiene vivo a pesar del paso del tiempo.

—Por tu llamada he deducido que no se trata de un accidente doméstico.

—Ojalá fuera tan sencillo.

—¿Qué ha sucedido?

—Anoche recibimos la llamada de auxilio de una vecina. Al entrar, hallamos el cuerpo sin vida del dueño de la librería.

Exhalo con fuerza y cierro los ojos.

Cuando los abro, veo que el inspector me conduce al interior del establecimiento. Al cruzar el umbral, el tiempo parece detenerse bajo la alta techumbre, donde las robustas vigas de madera noble sostienen más de un siglo de historia del edificio modernista.

A mis pies, el mosaico original de baldosas hidráulicas con dibujos geométricos en tonos tierra y azul guía mis pasos hacia un círculo central.

Allí hay un cómodo sillón verde al servicio de quienes desean leer las primeras páginas de un libro antes de comprarlo.

Encima, suspendida desde el techo, cuelga una imponente araña de cristal cuyas lágrimas centellean.

Levanto la vista y, tras el resplandor de los cristales, diviso las columnas de hierro forjado que se elevan como tallos hacia el techo, culminando en delicadas figuras vegetales.

Me fijo en que los libros siguen perfectamente ordenados y la caja registradora no presenta señales de haber sido forzada.

—No parece un robo.

—Eso pensamos nosotros —Miquel señala una mesa cercana—. Encontramos esto.

Sobre ella descansa una libreta abierta.

Varias páginas contienen anotaciones sobre libros antiguos, fechas y referencias históricas.

Al leer las notas, me quedo helado: en la última página escrita hay una lista detallada con las características de una primera edición de El escarabajo de oro , de Edgar Allan Poe.

—¡No puede ser! —exclamo, sorprendido—. Sabía que Evaristo coleccionaba rarezas, pero nunca me habló de que tuviera ese ejemplar.

Fijo mi vista en una caja de cartón con sobres; todos ellos llevan un corazón dibujado a mano en el centro.

Extraigo un par de cartas y leo. Son poemas de amor escritos por la misma persona, lo sé por la firma, una T.

Al lado, un objeto más. Una agenda abierta.

La hoja corresponde a la fecha de hoy. Cinco nombres escritos a toda prisa: «Cloti, Santiago, Rogelio, Marisa, Merceditas».

Debajo, una orden perentoria: «Hablar sin falta con ellos».

Algo en la urgencia de esa letra me inquieta.

Evaristo no era hombre de prisas; era de pausas, de lecturas en voz baja, de esperar a que el cliente encontrara el libro que no sabía que buscaba.

—Curioso.

—Según la nota, hoy pensaba decirles algo —añade Miquel.

—¿Sabemos por qué?

—No.

—¿Quería reunirlos a todos juntos? ¿Uno a uno?

—No sé nada —Miquel niega con la cabeza.

Señalo con el dedo uno de los nombres mientras Watson se tumba bajo la mesa, resbalando contra el mosaico hasta quedar boca arriba, con las orejas extendidas como alas.

—Cloti es la chica que trabaja aquí. ¿Conoces al resto?

—¿Santiago? No se me ocurre nadie más que el concejal.

Paso el dedo por encima del siguiente nombre.

—Solo hay un Rogelio en el pueblo y, además, tiene algo que ver con Evaristo; si no me equivoco, es escritor. Marisa —sigue hablando al pasar el dedo por encima de este nombre—, imagino que es la vecina, y a Merceditas... ahora la conocerás.

Lo miro extrañado. Su cara ha cambiado al hablar de esa Merceditas.

Dejo la agenda sobre la mesa y observo una mancha roja en el suelo, el lugar donde imagino que descansaba el cuerpo sin vida de Evaristo.

Saber que alguien conocido ha muerto no tiene el mismo impacto emocional que si es un desconocido.

Exhalo de nuevo, nervioso. Entorno los ojos un momento y respiro profundamente para calmarme.

Observo como a lo largo de las paredes, estanterías de madera maciza, oscurecidas por el paso de las décadas, se alzan hasta perderse en la penumbra.

Las lámparas de cristal opalino conviven con discretas tiras de luz led ocultas en los estantes, que resaltan los lomos de los libros como si fueran pequeñas joyas.

Es un santuario donde la modernidad se rinde ante el encanto de lo eterno, donde se mezcla el olor a papel antiguo de encuadernaciones de cuero, con libros recién impresos; el silencio no me sorprende, pues conozco bien esta librería y a Evaristo, su dueño.

Tirada en el suelo yace una pesada estatuilla decorativa que representa una copia de un premio cinematográfico: un Goya, para ser exactos. Watson se levanta de un brinco, se acerca olfateando y golpea la estatuilla con la cola. El Goya se mueve un centímetro. Miquel aparta a Watson con el pie.

—De todos es sabido que los viernes por la noche siempre eran especiales para Evaristo.

Quizá porque la librería cerraba un poco antes o porque le gustaba empezar el fin de semana con un buen pa amb tomàquet i fuet y, luego, acomodarse en el sofá de su casa para ver un par de episodios de su serie de misterio favorita: Se ha escrito un crimen .

—¡¿Ah, sí?! Pues yo no lo sabía.

Miquel hace una mueca.

—Resumiendo, hablar de Jessica Fletcher, la escritora de novelas policíacas y detective aficionada... es como si estuviera hablando de mí.

—Cris, ¿vas a ayudarme o estás pensando en cómo escribir tu próxima novela?

—No hay diferencia entre ayudar o escribir; todo es imaginar qué pudo haber sucedido aquí dentro anoche.

Xavier, policía local y ayudante de Miquel, se acerca a nosotros con un sobre en la mano y se lo entrega.

Cuando Miquel lo abre, saca unas fotos. Las vemos juntos.

Son las del cuerpo sin vida de Evaristo, tomadas la noche anterior.

Está tumbado boca abajo junto a una escalera de madera apoyada en la estantería, con un clarísimo golpe en la parte posterior de la cabeza y la estatuilla manchada con su sangre.

Sin apartar la vista de las fotos, Miquel intenta ver luz en esta muerte.

—Si no fue un accidente, ¿crees que tenga algo que ver que solo queden dos librerías en Demarenys?

—¿Quieres decir que si la otra...? No lo creo.

Es cierto que la de Evaristo lleva abierta al público más de setenta años y es la más antigua...

pero no puedo imaginarme que sea eso. Y mucho menos por lo que me has contado por teléfono sobre la declaración de la vecina que llamó a la policía cuando escuchó el grito.

—La señora Marisa.

—¿Marisa? —Frunzo el ceño y señalo la agenda—. ¿La de la lista?

—Puede...

—¿Nadie más escuchó ese grito?

Miquel se acerca a mi oído.

—Doña Marisa es una de las más cotillas del pueblo; siempre está espiando desde su ventana lo que hacen los vecinos.

—Vaya, más o menos como Joanna.

—No digas eso. Desde que Joanna está con Justo se ha moderado bastante y hay que decir a su favor que, si no fuera por ella, no habrías resuelto algún caso.

—Tienes razón.

—Por cierto, gracias por venir tan rápido y... quiero decirte que estás muy elegante con ese vestido azul marino.

Miro a mi amigo de forma amenazante.

—Gracias, Miquel, pero no empieces. Volvamos con Evaristo y su rutina de los viernes por la noche antes de ir a su casa.

La verdad es que no me extraña que se fije en mí; el vestido azul es uno de mis favoritos, muy marinero, como corresponde al vivir en un pueblo pesquero como Demarenys.

A Watson le he puesto un lazo al cuello del mismo color, por eso de ir conjuntados; porque, aunque tengas que hacer de detective, no tienes por qué perder tu estilo.

—¿Has hablado con Cloti?

—Aún no; estará al caer. Falta poco para abrir la librería.