12
Después de asegurarse de que me había fijado bien en su culo, se detuvo y me dejó pasar, para guiarla hasta mi viejo carro, que parecía una reliquia aparcado entre tanto cochazo.
―Joder, Marcos, ¿todavía sigues con eso?
―Sí... me lo ha dejado mi padre.
―Llevas unos meses trabajando, pensé que lo primero que ibas a hacer era comprarte un coche nuevo...
―A mí me gusta, y por cierto, ¿tú cómo has venido?
―En taxi... luego tenía pensado volver en otro, o que me llevaras tú... ―dijo montándose en el asiento del copiloto con el cigarrillo en la mano―. Ya se me había olvidado lo poco que me gustaba esta tartana...
―No fumes aquí, por favor, a mi padre no le gusta el olor a humo ―le pedí y ella abrió la ventanilla con el elevador manual.
―¿Así te vale?
―Buenooo, preferiría que...
―Está bien ―y apuró el cigarrillo y tiró la colilla al parking―. Arranca anda, antes de que alguien me vea en este trasto..., vamos si quieres a algún sitio más apartado, por aquí está el pinar y podemos aparcar allí...
―Perdone, usted, ¿y qué coche tiene tu novio?, si se puede saber...
―Un Q3 Sportback..., ya sé que suena superficial, pero uno de los motivos por los que no volvería contigo sería solo por no ir en este coche, ¡me da mucha vergüenza!
―Tranquila, que no pensaba volver. ¡Joder, Lucía!, una hora y ya estamos discutiendo, parece que no ha pasado el tiempo, bah, esto es un error, no sé qué estoy haciendo aquí con lo tranquilo que...
―Vete por ahí ―me indicó, cambiando de tema.
Salimos a la carretera y fuimos cinco minutos en silencio, mientras ella montaba la pierna izquierda sobre la derecha, mostrándome todo el muslo y hacía el amago de encender un nuevo cigarrillo. Lucía también estaba muy nerviosa. Igual que yo.
Me tenía muy desconcertado su comportamiento de niñata, y enseguida recordé aquellas semanas tan jodidas después de nuestra ruptura. No quería volver a pasar por eso y sin embargo, allí estaba, como un imbécil, conduciendo empalmado por donde ella me indicaba.
―Tira por allí ―me guió cuando apareció un camino de tierra que ella parecía conocer bien.
―¿Por ahí?
―Sí, al final hay una pista y un par de parkings...
Y tal y como me dijo, fuimos por una pista de tierra hasta que llegamos a un aparcamiento de tierra del pinar en el que no había ningún coche. Paré el motor y me giré hacia ella.
―¿Por qué hemos venido aquí, Lucía?
―Abre un poco más la ventana, ¡hace mucho calor!..., pues no sé, tú dirás, querías que te contara lo de Juan y Cristina, ¿no? ―dijo encendiendo un cigarrillo y dándole una calada.
―Has sido tú, a mí me daba igual... y apaga el cigarro, por favor ―contesté de mala gana, pues ya empezaba a estar un poco harto de sus modales de niña caprichosa.
―Ya que estamos aquí, no me importa contarte lo que quieras, pero no te emociones, eh... ¡no pienses por lo más mínimo que tú y yo vamos a follar!, no quiero hacerlo contigo y además, tengo novio... ―y casi me echa el humo en toda la cara.
―Yo también... y joder, Lucía, para ya con el puto cigarrillo...
―Vale, por eso, es mejor aclarar las cosas ahora antes de que...
―Pensé que habrías cambiado, pero veo que sigues igual, no llevamos ni una hora juntos y no has parado de tocarme los huevos...
―Eso es lo que te gustaría, seguro que los tienes bien cargados con esa empalmada que llevas, ja, ja, ja ―se jactó de mí, señalando mi paquete con el dedo y después tiró el cigarrillo por la ventana del coche, después de darle otra buena calada.
Me tenía hasta las narices y yo hice el gesto de arrancar el coche.
―Vale, vale, no te puteo más, solo era una broma, Marcos... ―me pidió sujetándome la mano―. ¡Uf, qué puto calor hace aquí!, por eso no hay más coches ahora, esto suele estar más concurrido, es que nos da el sol de pleno..., bueno, entonces, ¿quieres que te cuente lo de Juan y Cristina o no?
―Ya me da igual, pero deja de putearme, Lucía, bastante mal me lo hiciste pasar en su momento...
―Aquel viernes fuimos a su casa ―me interrumpió―.
Nos habíamos besado antes en el reservado, pero yo tampoco iba con la idea de hacer nada, quizás tomar una copa, morbosear con Juan un poco más, como mucho darnos otro beso...
, pero ya en el salón, noté que él estaba muy excitado, y a mí me puso muy cachonda ver su cara, nos comimos la boca delante de su mujer, me tocó las tetas, las piernas, y después metió la mano bajo mi falda...
―me soltó, sacando un abanico del bolso para darse un poco de aire.
Estaba sofocada.
―Vale, lo entiendo, ya me hago una idea, no sé si quiero saber el resto...
―Cristina no dejaba de mirarnos, Juan me levantó el vestido y apartó el tanguita para que su mujer pudiera verlo bien y ella me pidió que me abriera de piernas, mientras Juan me follaba con los dedos...
―¡Joder!
―Fue todo muy rápido, era demasiado excitante y yo le dejé que me masturbara, mmmmm, en un par de minutos consiguió que me corriera por primera vez, era tan distinto a ti..., ¡uf, Juan sabía lo que se hacía con los dedos! ―murmuró apoyando una mano en mi muslo.
―¡Lucía!, ¿qué... qué haces?
―¡Mmmmm, cómo me pone recordarlo!, ¿quieres sentir lo mojada que estoy?
―Sí... ―susurré en bajito.
―Ven, déjame a mí ―y ella me cogió la mano y la guió hasta su entrepierna, por debajo de la falda.
Y yo estiré el dedo y noté la humedad de su prenda más íntima.
Antes no me había mentido. Tenía el tanguita empapado.
Hice una ligera presión entre sus labios vaginales y ella gimió, flexionando la pierna derecha, hasta apoyar el pie en el asiento.
Se apartó el pelo sudado de la cara y se pasó la melena por un hombro, tratando de refrescarse un poco, porque ya le sudaba hasta el cuello.
―Bueno, vale ya ―me dijo apartándome la mano de repente, pero siguió con la pierna flexionada, con la rodilla apoyada en la ventanilla y se quedó en esa posición tan lasciva.
Se le había subido el vestido, y ella se giró hacía mí, situándose casi de frente; desde mi posición se veía todo su tanguita y una mancha de humedad justo en la zona de su coño.
Ella sonrió al darse cuenta de que yo no podía dejar de mirar su entrepierna y todavía fue peor cuando se pasó los dedos por su muslo desnudo y luego se acarició ella misma por encima del tanguita.
―¡Mmmmm, estoy cachondísima!, ya se me había olvidado lo que era esto... ¡me encantaba estar así contigo!, no teníamos que haberlo dejado, ¡lo pasábamos tan bien!
―Te recuerdo que me pusiste los cuernos...
―Uffff, si hubieras venido aquel viernes, mmmm, todo habría sido muy distinto... ―gimió elevando las caderas para luego dejarse caer y apoyar otra vez el culo en el asiento.
―No puedes salirte siempre con la tuya, Lucía... yo no quería hacerlo, te lo he repetido hasta la...
―La puta gorda me ordenó que se la chupara a su marido y yo estaba demasiado caliente en ese momento, me acababa de correr, me exhibía para ellos abierta de piernas en el sofá, con el tanguita a un lado, y yo se lo mostraba todo...
, entonces nos miramos desafiantes y ella pensó que me dejaría intimidar, pero le saqué la polla a su marido y sin dejar de mirarla a los ojos, me la metí en la boca...
, tendrías que haber visto la cara de viciosa que puso la muy cerda, se desabrochó la camisa y se quedó tan solo con un sujetador negro, ¡tenía unas tetazas enormes!
―ronroneó, pasándose el dedo muy despacio entre los labios vaginales.
―¡Joder, Lucía!, ¿por qué me haces esto ahora? ―gimoteé agarrando el volante con las dos manos.
―Porque es lo que te gusta... estás cachondísimo escuchando cómo te puse los cuernos por primera vez, ¡joder, reconoce de una puta vez que esto te encanta!
, aaaaah ―gimió tensando las caderas, echando la cabeza hacia atrás un segundo―.
Ya no tienes que disimular conmigo... lo podíamos haber pasado taaaan bien...
―¡Fuiste tú la que lo jodiste todo!, no me quieras echar a mí la culpa...
―¡No!, ¡fue tu puto orgullo, Marcos!, si hubieras reconocido que te gustaba verme con otros, nada de esto habría pasado.
―¡Que no me gusta eso, joder!, y tú hubieras actuado igual, no te importaba lo que yo opinara, ya tenías la decisión tomada y actuaste por tu cuenta...
―Solo podía pensar en ti mientras se la chupaba a ese tío delante de su mujer, te lo juro...
―¿Es que te remordía la conciencia?
―¿La conciencia?, ja, ja, ja, todo lo contrario, Marcos, no me sentía nada culpable, aaaah, ¡estaba fuera de sí!, ¡y ahí comprendí que me daba un morbazo brutal ponerte los cuernos!, aaaaah ―siguió hablando mientras se masturbaba.
―¡Hija de puta!
―¡Insúltame si eso te hace sentir mejor!
no me importa, aaaaah, joder, no puedo más ―jadeó apartándose el tanga para mostrarme su coño desnudo y empapado―.
¡Mira qué mojado lo tengo, mmmm!, ¿no lo has echado de menos?
, te encantaba chupármelo, decías que te sabía muy rico y que era muy bonito, te gustaba mirarlo...
, ¿el de tu novia está tan dulce como este?
―me preguntó dándose unas palmaditas, y el sonido de ese chapoteo me puso más caliente todavía.
―¡Lu... Lucía!
―¿Qué te pasa?, aaaahhhg... ―y se metió un par de dedos, echando la cabeza hacia atrás y movió las caderas en círculo muy despacio―. Venga, no seas tímido, si quieres sácate la polla y hazte una paja mientras te cuento cómo me folló Juan...
―No te voy a dar ese gustazo... ¡vete a la mierda, Lucía!, ¡yo no soy un puto cornudo!
―Aaaaah, aaaah, aaaaah, cuando terminé de chupársela, Cristina nos pidió que fuéramos al dormitorio, y allí me desnudó por completo ella misma, me dijo que estaba muy buena, me soltó un pequeño azote en el culo, me ordenó que me subiera en su cama y que me pusiera a cuatro patas; luego le dijo a su marido, “vamos, fóllate a esta zorrita”.
Después se sentó en un butacón que había junto a la cama y comenzó a hacerse un dedo diciendo toda clase de cerdadas, y entonces se acordó de ti...
―¿De mí...?