11
El domingo me levanté asqueado, confundido. Enfadado con el mundo.
Me gustaría que todo hubiera sido un mal sueño y poder dar marcha atrás.
Miré el móvil y repasé la conversación con Lucía, y es que todavía no podía creerme que hubiera quedado con ella.
Con mi ex. Llevábamos sin vernos más de un año, apenas tenía noticias suyas, salvo por las fotos que colgaba en sus redes sociales y aquello no tenía ningún sentido.
En su momento lo pasé muy mal con la ruptura, Lucía me gustaba de verdad, y ahora estaba en un gran momento con Lorena, pero verla con Juanlu la noche anterior, en actitud íntima y cariñosa, me había provocado un tremendo ataque de celos.
Por la mañana no dejé de mirar el móvil para ver si Lorena me escribía, esperando que al menos me dijera algo, pero al llegar la hora de la comida, ella todavía no se había puesto en contacto conmigo y eso era mala señal.
Muy mala. No parecía que tuviera muchas ganas de quedar por la tarde y que fuera a su casa, como me había prometido.
A pesar de eso, yo no me sentía bien, era como si le estuviera siendo infiel, solo por verme con Lucía sin decírselo, así que sobre las cuatro y media de la tarde, le mandé un mensaje.
Hola, Lorena
Esta tarde no voy a poder pasarme por tu casa
Así que ya el lunes te veo
Q tal ayer?
Hola, nene
No puedes pasarte ni un ratito?
Aunque sea por la tarde noche
Tengo muchas ganas de verte
Ayer muy bien, terminamos muyyyy tarde
Y bastante borrachos
Me he levantado con una buena resaca
Pero con ganas de verte
Joder, casi mejor que no me hubiera escrito eso. Si ya me remordía la conciencia antes, después de leer su whatsapp me sentí como un miserable. Apenas quedaba una hora para mi encuentro con Lucía y mi primer instinto fue entrar en su privado de Instagram y cancelar la cita.
Pero no podía hacerlo. No es que quisiera volver a salir con ella ni nada por el estilo, pero creo que necesitaba cerrar esa herida antes de poder seguir avanzando con Lorena, y es que cuando cortamos casi de un día para otro, me quedé con demasiados interrogantes.
Le dije a Lorena que intentaría pasarme por su casa a última hora de la tarde y comencé a prepararme para mi cita con Lucía.
Mientras me vestía, noté que estaba demasiado nervioso y traté de calmarme, pensando que tan solo se trataba de charlar con una vieja amiga, de tomar un café, pero en el fondo, sabía que reencontrarme con mi ex, podía volver a poner todo mi mundo patas arriba.
Quería ir guapo, pero tampoco demasiado arreglado, así que me puse una camisa de rayas por fuera del vaquero, pijo, pero informal, y unos minutos más tarde, le pedí a mi padre su viejo coche para ir hasta Los chopos, una terraza que solía tener muy buen ambiente de tardeo.
Solo esperaba no encontrarme a ningún conocido y mucho menos a cualquiera de mis amigos. Ellos no hubieran entendido qué hacía allí, volviendo a quedar con Lucía. Yo sabía que ella nunca les había caído bien, pero cuando cortamos me soltaron todo lo que pensaban de Lucía.
Se despacharon bien a gusto.
Todavía tenía sus palabras grabadas en la cabeza, “piji-progre con aires de grandeza, calientapollas, engreída, niñata presuntuosa de las que te miran por encima del hombro...”, y unas cuantas lindezas más, que en su momento pensé que me decían solo para animarme.
Luego comprendí que era lo que realmente pensaban de ella, y que para mis colegas también había sido un alivio perderla de vista cuando separamos nuestros caminos.
Llegué puntual a Los chopos, hacía una tarde increíble, soleada, rondando los 18 grados, con un brisa agradable, y me sorprendió que al entrar al bar, Lucía ya me estuviera esperando. Tragué saliva y mi corazón se disparó a mil pulsaciones.
No la había vuelto a ver desde que cortamos y seguía tan guapa como siempre.
Incluso más.
Con su carita aniñada, el pelo suelto y apenas maquillaje, se había puesto un vestido negro demasiado ajustado a su cuerpo. Escote palabra de honor, sin sujetador y falda muy corta. Aquel trapito no dejaba nada a la imaginación. Lucía quería provocarme y de buenas a primeras lo consiguió.
Sonrió al verme y se acercó a darme dos besos.
―Marcos, ¡me alegro mucho de verte!, ¡cuánto tiempo!, estás muy guapo.
―Gracias, tú también, te queda muy bien ese vestido.
―¿Vamos fuera y pillamos mesa antes de que se llene esto?
―Sí, claro...
Salimos al jardín y enseguida vino una chica a tomarnos nota. Yo una Coca-cola zero y ella una caña.
―Bueno, ¡qué bien!, me sorprendió que me escribieras ayer por la noche, acababa de llegar a casa...
―Y yo también.
―¿Qué pasa?, ¿llegaste borracho y te acordaste de mí?, ja, ja, ja...
―No, si ya no bebo...
―¿Ah, no? ¿y entonces?, ¿cómo es que te dio por ahí?, ¿todo bien con tu novia o habíais discutido?, que eso suele ser muy normal...
―Sí, sí, todo bien con ella...
―Te he visto en el Insta con tu chica, la verdad es que es muy guapa...
―Muchas gracias...
―Aunque es un poco mayor para ti, ¿no?
―Tampoco tanto, me saca seis años.
―¿Y lleváis mucho tiempo juntos?
―No, unos cinco meses ya...
―Y entonces, ¿todo bien con ella?, ¿seguro?
―Sí.
―¿Dónde la conociste?, perdona, que ya sabes que soy muy cotilla, si no quieres contestar...
―Es compañera del hospital, es enfermera.
―Ah, vale, me alegré mucho cuando me enteré que habías aprobado la opo, yo ahí sigo también...
―¿Y qué tal vas con los estudios?
―Las mías son bastante duras, pero al final las voy a aprobar, cueste lo que cueste... ya sabes que siempre me salgo con la mía ―me dijo y puso esa cara de niña mala que tanto me gustaba.
Lucía se estaba preparando las oposiciones para jueza, una vez que había terminado la carrera de derecho.
Sin tener una familia de clase alta que la respaldara ni contactos, sacar esa plaza era extremadamente difícil, pero Lucía, sin ser de las mejores de su promoción, era tenaz y si se le había metido en la cabeza, iba a luchar por ello hasta el final.
Mientras hablaba, no dejaba de jugar con su pelo, enredándolo en su dedo, para luego alisarlo.
Se notaba que ella también estaba un poco nerviosa, aunque lo disimulaba mejor que yo.
Me pilló un par de veces mirando con disimulo su escote palabra de honor; no es que se le viera nada, pero era evidente que no llevaba sujetador bajo la tela y se le marcaban demasiado los pezones de sus pequeños pechos.
Me miró a los ojos mientras le daba el primer trago a su cerveza y por un momento me sentí mal.
Fue como reabrir una herida que me había costado mucho cicatrizar, lo que era absurdo, y no entendía qué hacía allí con ella, pudiendo estar en casa de Lorena, follándomela toda la tarde.
Sin embargo, había preferido quedar con Lucía y tomar algo en aquella terraza tan concurrida, a la que empezaba a llegar demasiada gente.
Solo esperaba que ningún conocido me viera allí con ella.
Estuvimos hablando un buen rato de las oposiciones, nos pusimos al día con algún amigo en común y mientras charlábamos, ella cruzó las piernas varias veces, haciendo que inevitablemente mi vista se fuera hacia esos muslos.
Y es que el vestido era tan corto que se le veía todo cada vez que cruzaba las piernas.
Y después de media hora, yo también le pregunté por su novio.
―¿Y tú qué tal?, también he visto que estás con un chico, ¿no?
―Sí... ―contestó en un tono seco, sacando un cigarrillo y encendiéndolo.
―Pensé que lo habías dejado.
―He vuelto... ―me dijo como si estuviera enfadada conmigo; ella sabía que no me gustaba nada que fumara, y por eso tuvimos varias peleas cuando éramos pareja, pero reconozco que ese mal hábito todavía le hacía más sexy a la cabrona.
―¿Y...?, ¿lleváis mucho? ―insistí al ver que solo me contestaba con monosílabos o frases cortas.
―Unos seis meses.
―Ah, pues está genial, ¿y estás bien con él?
―Sí, sí, aunque es muy distinto a ti.
―Ya lo he visto, no nos parecemos en nada, ja, ja, ja...
―No solo físicamente, quería decir, que también tiene otro carácter.
―¿Mejor, peor que yo?
―Distinto.
―Bueno, espero que con él sí encuentres lo que buscas...
―No creo, Borja no es de esos...
―¿De esos?, ¿qué quieres decir?
―Sí, como tú, ya sabes a lo que me refiero, él por ejemplo, no aceptaría nunca ir a un club de intercambio como hicimos nosotros, ni tampoco se quedaría mirando excitado mientras hablo con otro chico.
Touché. Menuda hija de puta.
Jamás me imaginé que se fuera a atrever a sacar ese tema, pero vaya si lo había hecho. Apenas había necesitado una hora de charla. Y su cara cambió de repente.
―¿Nos tomamos otra? ―dijo enseñándome el vaso―. ¿Estás bien?, te has quedado pálido, parece que has visto un fantasma...
―Sí, por mí bien... si quieres...
Al pasar la camarera le pidió lo mismo, aunque yo cambié mi refresco por una cerveza para acompañarla.
―Antes me habías dicho que ya no bebías alcohol...
―Hace calorcito y bueno, hoy sí me puedo tomar una, se está muy bien aquí ―me excusé.
―¿Sabes?, he pensando mucho en lo nuestro y me arrepiento de lo que te hice, quizás me precipité y no te di el tiempo necesario.
―¿El tiempo necesario a qué...?
―A que lo fueras aceptando poco a poco, yo creo que te gustaba ese mundo, lo pasábamos muy bien, ¿te acuerdas?, y ahí fui muy egoísta quedando con Juan y Cristina...
―Sí, a partir de ahí ya se torció todo, el último mes casi ni nos hablábamos, fue una pena que termináramos tan mal...
―Si aquel viernes hubieras venido conmigo, quién sabe lo que habría pasado entre nosotros, seguramente seguiríamos juntos...
―Yo no quería hacer eso, Lucía...
―Te mentí, te dije que no había ido a la cita ese viernes, pero sí lo hice y luego quedamos varias veces más, de hecho nos estuvimos viendo durante todo el mes, hasta que te conté lo de mi infidelidad el día de la “gran discusión” ―e hizo el gesto de las comillas con las dos manos.
―Nuestro último día.
―Sí, ahora me arrepiento mucho, fui un poco cabrona, porque tampoco me sinceré del todo ese día...
―¿Por qué?
―Te dije que solo me había acostado una vez con Juan y era mentira, ya el primer viernes que no viniste, follé con él...
―¡Joder, Lucía!, casi prefería no haberlo sabido, ¿y ahora por qué me sueltas esto?
―Porque quería contarte la verdad...
―Da igual, Lucía...
―Y luego repetí seis, siete veces más hasta que cortamos, no sé, me encoñé con ese tío ―dijo como si nada, bebiendo su cerveza―. Bueno, y con ella también, te acuerdas de su mujer, ¿no?
―Sí, claro, Cristina.
―Ella estaba presente en todos nuestros encuentros, era la que dirigía la escena... le decía a su marido cómo me tenía que follar, y eso me daba mucho morbo...
―¡Joder!
―¿Qué pasa? ―me preguntó sonriendo. Y volvió a cruzar las piernas, apagando su cigarrillo.
―No, nada, nada...
―Ahora que ya no estamos juntos podemos hablar de esto, ¿no?, si quieres te lo cuento...
―No, claro, no me importa, ya me da igual... ―mentí, pues en cuanto me mentó a Cristina y me dijo que ella le decía al marido lo que tenía que hacer con Lucia, se me puso dura al instante.
Esa confidencia fue demasiado morbosa. Y Lucía se dio cuenta de que aquello me había excitado. Me conocía demasiado bien.
―El famoso viernes estuve a punto de anular la cita, pero al final estaba tan cabreada contigo, que acudí solo por fastidiarte...
―Y salirte con la tuya ―añadí.
―Pues eso, que al final quedé con ellos. Me invitaron a cenar en un restaurante de lujo, en la azotea del Luxure Hotel, ya sabes, el de cinco estrellas... nos tomamos una copa y luego fuimos al reservado de una discoteca. Ojalá hubieras estado.
―Y te gustaron esos lujos, quisieron impresionarte y tú caíste en su trampa...
―Por supuesto, me sentí muy bien con ellos. En el reservado, Cristina me permitió que me sentara con su marido en un sofá apartados, estuvimos hablando un rato mientras ella nos miraba, y ahí nos besamos por primera vez.
―Vale, Lucía, ya me imagino el resto, tampoco hace falta que entres en detalles...
―No me importa hacerlo... si tú quieres ―murmuró con una voz erótica y muy sensual.
Yo permanecí unos segundos callado, mirándola, sin saber qué decir, entonces encogí mis hombros y negué con la cabeza.
―No, está bien así, déjalo...
―¿Seguro?, vale, ya me callo, pero solo si eres sincero... ―dijo volviendo a encender otro cigarrillo.
―¿Sincero...?
―Y dime la verdad, eh ―me pidió inclinándose sobre la mesa, acercándose a mí mientras expulsaba el humo de su boca―. ¿Se te ha puesto dura con lo que te acabo de contar? ―y luego volvió a dejarse caer hacia atrás en el respaldo de la silla.
Miré sus muslazos de manera involuntaria y su sonrisa burlona hizo que todavía me empalmara más. Una erección que amenazaba con traspasar mis pantalones. Me palpitaba sola, y hasta noté que me empezaba a babear. Ya debía haber mojado el calzón.
Y yo afirmé como un idiota.
―Sí ―susurré tan bajito que casi no me escuchó.
―¿Por qué has querido volver a quedar conmigo hoy, Marcos?, ¿es que quieres follarme? ―me preguntó humedeciéndose los labios con la lengua y le dio otra calada.
Ella también estaba nerviosa.
―No, claro que no... solo es que...
―Joder, ha sido recordar lo de Juan y Cristina y buffff, ver tu cara, y ya me he puesto muy cachonda, te lo juro que tengo el tanguita pegado... mmmm, reconoce que esto te excita tanto como a mí, eres igual que yo...
―Lucía, vale ya, no quiero hablar de esto, ni seguir con...
―¿Has venido en coche?
―Sí, claro...
―Si quieres vamos a un sitio más discreto, tú y yo solos, y te cuento todo lo que quieras, lo que pasó ese mes, nuestro último mes, te lo cuento con detalle...
―No, por favor, Lucía...
―No seas tonto, si lo estás deseando, venga, vamos... ―dijo poniéndose de pie, y tiró de la falda hacia abajo, aunque era tan corta que apenas logró taparse ni tan siquiera los glúteos.
Avanzó un par de pasos y yo seguí con la mirada su pequeño culo, embutido en ese minivestido negro tan sexy, y después me levanté y caminé como un autómata detrás de Lucía. Ella ni tan siquiera se giró para ver si la acompañaba. No hacía falta.
Sabía de sobra que yo iba detrás de ella como un puto perrito faldero... y además con la polla bien dura...