Capítulo 16
Cameron en su carruaje observó venir el carro de la prisión.
Se detuvo a unos diez metros y dos carceleros saltaron del pescante para abrir el candado de la puerta de atrás.
La puerta se abrió lentamente y vieron como extendía sus manos engrilletadas.
Abrieron los grilletes y el duque bajó del carro mostrándose como era hace meses.
Su pelo estaba impecablemente cortado, se había afeitado y su ropa estaba a la última moda, lo que indicaba que habían ido a hacerle esa ropa a prisión.
Cameron miró al frente. Su padre sentado ante él cerraba los puños con fuerza y sintió su impotencia. —Vamos…
Abrieron la puerta y en ese momento Scott salió de su carruaje con una caja en las manos. Llegaron hasta el padrino del conde que era su tío y abrió la caja para mostrar las pistolas. Ellos llegaron ante los contendientes y se detuvieron a dos metros para observar.
Dalbert sonrió. —Tío, me alegra verte. Cameron, ¿has venido a ver el espectáculo?
Ninguno de los dos le respondió y el duque perdió la sonrisa. —¿Qué ocurre?
—¿Qué ocurre? —dijo su tío con ganas de matarle él mismo—. ¡Mi hija está al borde de la muerte por tus mentiras! ¡Ni te atrevas a hablarme!
Dalbert dio un paso hacia él. —¿Vivianne?
—Acabemos con esto —dijo Scott—. Elige arma, a mí me da igual.
—¡No, quiero saber qué le ocurre a Vivianne! —Dio un paso hacia su tío. —¿Se está muriendo?
—Lady Prudence ha perdido la cabeza por la carta que le escribiste a su marido y esta noche ha apuñalado a mi hija, seguramente no sobrevivirá.
Dalbert palideció dando un paso atrás como si le hubiera golpeado. —Pero yo no pretendía… ¡Solo quería recuperarla! —Se llevó las manos a la cabeza. —Mi Vivianne.
Scott perdió la paciencia y le agarró de la pechera acercándole a él.
—Es mi Vivianne, cabrón, y lo será para siempre a pesar de ti.
¡Ahora coge una puta pistola de una vez porque será lo último que hagas!
—Le empujó hacia la caja y Dalbert la miró cogiendo la pistola que apuntaba hacia su adversario. Scott cogió la otra.
—De espaldas, caballeros —dijo el duque—. Diez pasos y un solo disparo. —Se alejó lo suficiente y empezó a contar. —Uno. —Se alejaron el uno del otro. —¡Dos!
Dieron otro paso. Cameron apretó los labios viendo como avanzaban hasta el paso número nueve y su corazón se aceleró cuando el duque gritó —¡Diez!
Se volvieron y Scott fue el primero en disparar dándole a Dalbert entre los ojos, un disparo tan certero como mortal con el que no tuvo ninguna posibilidad.
Scott tiró la pistola al suelo y se acercó a su cuerpo aún con rabia en su interior.
Entonces vio un sobre que salía de debajo de su chaqueta.
Se agachó para cogerlo y vio que era una carta para Vivianne.
—Maldito cabrón, ni muerto puedes dejarla en paz.
—Dámela, no te pertenece —dijo el conde.
Scott se resistía a entregársela, pero Cameron dijo —No la leas, es lo mejor para todos. Encárgate de tu futura esposa, nosotros nos encargaremos de mi primo.
El conde miró la carta con desprecio y la dejó caer sobre su cuerpo. —Tenéis razón, no pienso malgastar ni un minuto más pensando en este hombre. —Se volvió y fue hacia su carruaje subiéndose a toda prisa. El cochero emprendió el camino que les sacaba de Hyde Park.
Cameron se agachó para cerrar los ojos de su primo. —Descansa en paz.
—Dios mío… —El conde intentó reprimir las lágrimas. —Nunca pensé que asistiría a su entierro.
—Ni yo. —Se levantó cogiendo la carta y se la tendió a su padre. —¿La vas a leer?
—No, mejor dejar las cosas así, tu hermana ya ha sufrido bastante y más que va a sufrir cuando se entere de su muerte. No, no voy a leerla —La rompió en dos. —Nadie lo hará.
Vivianne acalorada y con la lengua acartonada sintió el agua que corría lentamente por su boca. Tragó y escuchó —Eso es, preciosa.
—¿Dalbert? —susurró en sueños. Vio su sonrisa y ella le correspondió.
—Hola, preciosa.
—Estás aquí —dijo casi sin fuerzas.
—Por supuesto que estoy aquí. —Cogió su mano y la besó con ansias. —Nada me separaría de tu lado.
—Debería odiarte, me has hecho daño.
—¿Y no me odias?
—No, eres mi Dalbert, debo aceptar que siempre tendrás un hueco en mi corazón.
Él sonrió con tristeza. —Y tú en el mío.
—No te vayas —dijo agotada durmiéndose de nuevo.
—Me quedaré aquí, a tu lado.
—No quiero que me dejes —balbuceó antes de dormirse del todo.
Scott volvió la vista hacia Elva que intentaba reprimir las lágrimas. —Habla su fiebre no ella.
—Pero es interesante que lo primero que le haya venido a la cabeza, sin fiebre o con ella, sea ese hombre que le ha hecho tanto daño.
Elva no sabía qué decir, el dolor en su rostro la dejó muda y Scott suspiró levantándose. —Ahora que se ha despertado, aunque solo sean unos segundos, me siento más tranquilo.
—Está mejor, la fiebre está bajando como dijo el doctor.
—Lo más conveniente es que vaya a casa a descansar un poco y a cambiarme —dijo mostrando el traje de noche que llevaba desde hacía tres días aún con la sangre de su amiga.
—Yo me quedaré con ella.
Él asintió yendo hacia la puerta. Elva se dio cuenta de que no besaba a Vivianne como había hecho en otras ocasiones en las que había tenido que ausentarse porque había ido a aliviarse o a comer algo.
—Conde…
Scott se volvió. —Habla la fiebre no ella. Vivianne desearía que fuera usted quien esté a su lado.
No respondió antes de salir de la habitación y Elva negó con la cabeza. —Ni muerto te va a dejar en paz.
Vivianne se agitó en su pesadilla y chilló sobresaltándose mirando a Scott como si no le conociera. —Preciosa, todo está bien.
Con la respiración agitada y sudando agarró su mano. —Me perseguían.
—¿Quién? ¿Quién te perseguía? —preguntó mientras le pasaba un trapo húmedo por la frente.
—No lo sé. —Cerró los ojos aliviada por el frescor del paño. —No le veía la cara.
—Era una pesadilla, preciosa.
—Estás aquí.
—Siempre.
Abrió los ojos. —¿Qué ha pasado?
—Te lo contaré todo cuando te recuperes. Tu cuerpo necesita fuerzas para salir adelante, no para pensar en cosas que solo pueden hacerte daño.
—Prudence llevaba un cuchillo. Fue ella, ¿verdad?
Él apretó los labios antes de mojar el paño de nuevo, se lo volvió a poner en la frente. —¿Tienes sed?
—Dímelo, por favor.
—No te hace bien.
—Soy yo quien decido.
Le presionó ligeramente el paño en la frente y se emocionó por como la cuidaba. —Por favor, cuéntame lo que me ha pasado.
Él suspiró. —Antes bebe. —Le acercó el vaso y ella bebió con ganas haciéndole sonreír.
—Eso es. —Dejó el vaso sobre la mesilla de noche.
—Prudence ha perdido la cabeza, cielo. Leyó una carta de tu primo dirigida a su esposo, en ella Dalbert le amenazaba con contarle a su esposa ciertas cosas si no le ayudaba a recuperarte.
Entre ellas pensaba decir que Carlton no la amaba.
Eso la hundió hasta hacer que perdiera el norte.
—No dejaba de gritar. —Cerró los ojos. —No debería haberle dicho que sería feliz.
—Tú lo hiciste con buena intención.
—Me ha hecho mucho daño, ¿verdad?
—No sabemos bien lo que pasó, no sabemos si al estar bailando lo clavó mal o que una de las ballenas de tu corsé desvió la punta del cuchillo.
El caso es que la hoja cortó la piel de tu espalda por encima de tu omoplato y se clavó en el costado justo debajo de la axila.
El filo tocó una arteria importante y por eso sangrabas tanto.
Pero afortunadamente el doctor pudo salvarte la vida. Le debemos mucho.
—Sí, le debo la vida. —Apenada dijo —Mi vestido… Sé que es una tontería, pero me apena que se haya arruinado. Se ha arruinado como todo lo demás.
—Tu vestido como todo lo demás se repondrá.
—No puedo creer que haya ocurrido en nuestra noche de compromiso, ¿por qué no me dejan en paz? —preguntó con lágrimas en los ojos.
—Se ha acabado, preciosa. Se ha acabado para siempre.
Le miró sin comprender hasta que se dio cuenta de algo. —El duelo —dijo sin aliento—. Fuiste al duelo.
Él no contestó.
Sintiendo que algo temblaba en su interior susurró —Está muerto, ¿verdad? —Sollozó cerrando los ojos.
—Shusss…
—¿Te dijo algo? —Le miró. —¿Te dijo algo de mí?
—No, preciosa. Todo fue muy rápido.
—Dios mío… —Se echó a llorar. —Me hubiera gustado verle una última vez, me hubiera gustado decirle que le perdonaba. Se habrá ido pensando que le odiaba.
—Lo siento, preciosa.
—Me siento culpable.
—Tú no tienes la culpa de nada. —Acarició su frente. —Ahora tienes que recuperarte, ¿de acuerdo? Necesitas recuperarte.
Se quedó en silencio y cerró los ojos. —Eso es preciosa, descansa, necesitas descansar.
Una semana después Stephen forzó una sonrisa cerrando el maletín. —Estoy contento con tus progresos.
Recostada sobre las almohadas pensando en sus cosas con la mirada perdida ni le escuchaba. Se la quedó mirando durante un rato y suspiró acercándose a ella. —Vivianne, ¿qué ocurre?
Volvió la vista hacia él. —¿Crees que hay vida más allá de la muerte?
—Por supuesto que sí, creo en Dios. —Se sentó a su lado. —¿Tú no?
—Sí, claro que sí.
Su amigo cogió su mano. —Piensas en él, ¿no es cierto?
—Es que desde que me enteré de su muerte no puedo dejar de pensar que me amaba y que yo fui quien le traicionó al no esperarle. ¿Por qué me torturo de esta manera?
—No lo sé. La mente a veces nos juega malas pasadas.
—¿Recuerdas lo que me dijiste cuando Elva me disparó en el muslo?
—Te dije muchas cosas.
—Que alguien que miente como mentía él, era capaz de hacer cualquier cosa para conseguirme. Creo que esas fueron tus palabras.
Stephen asintió. —Lo recuerdo.
—¿Y si tenías razón? ¿Y si me amaba a su manera?
—Eso da igual, amiga. Ese amor no era sano, te hacía daño como sigue haciéndotelo ahora. Ha llegado el momento de dejarle ir.
Sollozó. —¿Por qué es tan difícil? Tengo a Scott, amo a Scott, sin embargo…