Capítulo 15 #3
—Ha debido ocurrir algo con su esposo, no dejaba de gritar que no había conseguido la felicidad que le había prometido Vivianne. Ha perdido totalmente la cabeza.
La puerta se abrió y Scott vio que Elva entraba con el rostro desencajado. —¿Ha muerto?
—Stephen dice que está muy grave, ha perdido mucha sangre.
Le ha cosido una vena o eso he entendido —dijo con la voz congestionada intentando no llorar—.
No sabe si la sutura aguantará ni si la falta de sangre la matará.
Está revisando la herida en este momento listo para cerrar, pero ha querido que venga a informaros.
—¿Mi hija se va a morir? —preguntó Elizabeth al borde del desmayo.
—Ha hecho por ella todo lo que ha podido y más.
—Dios mío… —dijo Scott al borde de la locura.
—¿Dónde está mi mujer? —gritó Carlton en el hall.
Elva se volvió hacia él y con rabia gritó corriendo hacia el duque para golpearle en la cara. —¡Maldito, malditos todos! —Sollozó sintiendo que le faltaban las fuerzas. —Asesinos… Ellas no os importaban nada.
Espantado Carlton miró a los demás que habían salido tras ella. —¿Qué ha pasado?
—Tu esposa ha intentado matar a Vivianne —dijo Cameron—. Ha perdido la cabeza, amigo, está totalmente fuera de sí.
Un chillido al otro lado de la casa puso a Carlton en guardia y corrió hacia el salón de baile donde ahora la retenía la policía. Pálido se acercó a su mujer que estaba engrilletada en el suelo. —¿Prudence?
—¡Todo esto es culpa tuya! —Sollozó. —¿Cómo has podido?
—Lo siento, lo siento. —Se agachó a su lado y acarició su mejilla con ternura. —No fue mi intención hacerte daño, mi amor.
—Ahora nos vas a explicar por qué tu mujer ha estado a punto de matar a la mía —dijo Scott con un arma en la mano.
Levantó la pistola y la policía gritó que bajara el arma—.
¡Silencio! —ordenó haciendo que todos se callaran en el acto.
Apuntó a Carlton a la cara y este se incorporó poniéndose ante su esposa como si quisiera protegerla—.
Te juro que como no digas la verdad, te voy a matar a ti y después a tu mujer —dijo con rabia—.
Y me importa poco acabar mis días en prisión.
Carlton apretó las mandíbulas con fuerza.
—Hace dos días volvimos del campo. Prudence se encontró mal y me di cuenta de que el doctor que la asistía dejaba bastante que desear, así que preferí traerla a la ciudad donde tendrá más cuidados.
Al llegar me dieron mi correspondencia y yo la dejé sobre mi escritorio esperando leer las cartas al día siguiente cuando estuviera más descansado.
Pero Prudence estaba muy interesada en saber si alguien nos había invitado a alguna cena durante nuestra estancia fuera y en medio de la noche, cuando yo dormía, bajó a mi despacho y leyó una carta.
—De Dalbert.
—Me la envió a mi casa de Londres hace una semana. Debió pensar que ya no estaba en el campo porque la última no la respondí.
—¿Y la razón?
—Su insistencia por recuperar a tu prometida… Yo no estaba de acuerdo, ella había elegido y debía dejarla ir.
—Así que te escribió a Londres.
—Me dijo que como no le ayudara en esto, le diría a Prudence que en realidad no la amaba. Que todo había sido un engaño para conseguir la dote. Que tenía deudas que pagar.
—Tu esposa se lo creyó todo.
—Absolutamente. Al venir en una carta dirigida a mí creyó que todo era cierto.
Vi como mi esposa perdía la alegría y se quedaba con la mirada perdida durante horas.
Intenté hacerle ver que era falso, le enseñé hasta mis cuentas, hice venir al administrador, pero dijo que todo era mentira.
—Su labio inferior tembló. —Con esas líneas Dalbert había destruido mi matrimonio, pero hoy me asusté de veras porque no quiso comer y era evidente que no había dormido en toda la noche.
Estaba en un estado de nervios que llamé al doctor y él le dio algo para dormir, pero cuando llegué a la habitación ya no estaba.
Prudence sollozó con la mejilla contra el suelo. —Vivianne me dijo que sería feliz.
Carlton arrodilló una pierna a su lado. —Escúchame bien, ella quería que fueras feliz.
Levantó la vista hacia su marido. —¿De veras?
—Sí, cielo. Vivianne no hizo nada malo.
Lloró como una niña. —La quieres a ella, ¿verdad?
—No, preciosa —dijo desesperado—. Te quiero a ti, solo a ti.
—Milord tenemos que llevárnosla a comisaría —dijo uno de los policías.
Horrorizado miró a Scott. —Por Dios haz algo, necesita ayuda.
—Desgraciadamente no puedo hacer nada.
—¡No quieres hacer nada!
El rostro de Scott se endureció aún más. —¡No quiero hacer nada por ninguno de vosotros! ¿Me he expresado con claridad?
Carlton pálido asintió antes de decirle al policía. —¿Puedo ir con mi esposa?
Entre dos policías la levantaron y entonces Prudence miró a Scott y rio. —Estaba preciosa, ¿verdad? Bailaba tan bien…
Cameron tuvo que sujetar a Scott para que no cometiera una locura. —Contente, ha perdido la cabeza.
—Dios mío… —dijo Roseanne destrozaba—. Cuanto daño ha hecho Dalbert.
—Por eso va a morir —dijo Scott entre dientes antes de salir del salón de baile.