Capítulo 11 #3
—Creo que ya lo sabe, la intervención de la reina. Hay pocas cosas que pasen en palacio de las que yo no me entere. Ni en Newgate. —Sus ojos se encontraron con los de Vivianne. —Al parecer has entrado en razón, la reina estará contenta.
—Había cosas que no sabía. Seguro que sabes mucho más tú que yo.
—Es evidente que sí. Ahora dime qué buscas siguiéndome.
Se le cortó el aliento, pero era evidente que era muy listo y que no podía mentirle. —Mi tía pensó que casándome contigo mi familia podría salir de casa con la cabeza alta.
—¿Y te prestaste a ello?
—Al principio no.
—¿Por lo que sientes por tu primo?
—No, porque no me parecía bien casarme sin amor —dijo sinceramente.
Él sonrió de medio lado. —¿Y por qué cambiaste de opinión?
—Porque pensé en mis futuros sobrinos y no quiero que pasen por lo que acabo de pasar yo.
Él asintió mirando a su padre. —¿Está de acuerdo?
—Yo ya no sé qué pensar, ha llegado un punto en que me dejo llevar. Todo esto me está sobrepasando —dijo pálido. Miró por la ventanilla—. Maldito el día en que le di la mano de mi hija a mi sobrino.
—No toda la culpa la tuvo él, aprovechó el momento para hacerse rico, pero su hijo y el duque de Ostenford tuvieron mucho que ver. Y que su hijo embarazara a una doncella no ha ayudado nada.
—Ya no sé qué hacer con él —dijo entre dientes haciendo que Vivianne le mirara asombrada—. No me mires así, hija, no es nada responsable. Va a ser conde, por el amor de Dios.
—Padre, es Elva.
—Y yo también le tengo cariño, pero siempre hay que poner límites.
—Pues ahora será condesa —dijo su salvador—. Eso ya no tiene vuelta atrás. —Miró a uno y luego al otro. —No voy a negar que tu propuesta me tienta.
Dejó caer la mandíbula de la impresión. —¿De veras?
—Mi mayor deseo es dejar un heredero que continue cuidando el condado.
Odio al sobrino de mi difunto primo que es quien heredaría mi título y sé que nada le fastidiaría más que mi esposa dé a luz a un niño.
En las últimas dos ocasiones no tuve suerte, mi primera esposa murió de neumonía y la segunda se ahogó en un accidente marítimo antes del año de casados.
—Gruñó como si ese inconveniente fuera una auténtica molestia.
—Tú buscas un fin y yo otro, haríamos un matrimonio medianamente decente.
Tú amas a tu primo y yo no tengo que fingir que te amo.
Si aceptara el trato, por supuesto no podrías volver a verle.
Jamás. Es mi única condición. Eso solo alentaría los rumores y no quiero enfrentarme a que cuando estés en estado alguien dude sobre quién es el padre.
Se puso como un tomate. —Yo jamás traicionaría a mi marido.
—Da igual lo que tú opines —dijo muy serio—.
Lo importante en este momento es lo que opinaría la gente.
Delante de mí no dirían nada, por supuesto, pero como has dicho de tus sobrinos, no quiero que nadie pueda poner en duda su paternidad.
En cuanto lord Lownes salga de prisión no volverás a verle, nunca más.
Miró a su padre de reojo, sabía lo que le dolía eso, pero increíblemente a ella no le dolía tanto, sería que con todo lo que había sufrido, su alma y su corazón ya no querían pensar en ello. —¿Padre?
—No volverá a pisar mi casa, ya se lo dije cuando fuimos a visitarle a prisión.
—Por supuesto no pisará la mía —dijo el conde divertido—. La cuestión es, ¿podrás volverle la cara si lo encuentras en cualquier sitio, por ejemplo en la calle?
Le miró a los ojos. —Dalbert está fuera de mi vida para siempre. Le volveré la cara si es lo que quieres. Pero tienes que conseguir que mi familia restituya su imagen ante todos.
—Eso no será difícil —dijo muy seguro de sí mismo—. Solo tengo que hablar con un par de personas para que todos se pongan de vuestra parte.
—¿De veras? —preguntó el conde asombrado—. ¿Y qué les diría, conde?
—¿No te has dado cuenta todavía, padre? Diría que Dalbert está en prisión por orden de la reina. Le responsabilizaría de todo a pesar de que acaba de decir que no fue del todo responsable.
—La buena sociedad necesita un culpable a todo lo ocurrido. Sus deudas eran de dominio público, no les extrañaría saber que todo fue un engaño para hacerse rico.
—Necesitan una cabeza de turco.
—Exacto, ¿se la vas a dar Vivianne?
Sintiendo un nudo en la garganta supo que no podía hacerlo, Dalbert había hecho mil cosas mal, pero no podía hacer que todo el mundo le odiara, porque para qué negarlo aún le quería.
Puede que no le amara como para cerrar los ojos a todo lo sucedido y ser su esposa, pero siempre sentiría amor por él y por el Dalbert que ella conoció.
—No —dijo sinceramente—. No se la voy a dar.
Y no se la voy a dar porque aunque ya no vaya a ser su esposa, es alguien que he querido.
Hizo cosas mal, pero jamás expondría a sabiendas a alguien a quien quiero al escarnio público.
Él se adelantó sonriendo de medio lado. —Si hubieras dicho otra cosa, no te hubiera creído.
Separó los labios de la impresión. —¿Qué piensas hacer?
—¿Hacer? Nada, creo que acabas de comprobar que me temen, nadie tocaría a nadie de mi familia por no desatar mi furia, que te aseguro que cuando se desata es temible.
Algo en su interior se calentó de manera alarmante por la intensidad de su mirada y perdió el aliento esperando sus siguientes palabras.
—¿Quieres ser mi esposa, Vivianne?
—Sí —dijo sin pensar sintiendo que era realmente lo que quería.
Él sonrió. —Por cierto, milady, me llamo Scott Fitsimmons.
—Un placer, milord.