Un placer, milord Capítulo 11 #2
64%

Capítulo 11 #2

—¿Sí, cielo? Estamos decidiendo si celebramos la boda mañana y… —Al volverse vio la decisión de sus ojos verdes. —Veo que ya lo has decidido.

—¿Dónde puedo encontrarle?

Rosanne sonrió. —Eso déjalo de mi mano, querida. Conocerás a tu conde, tengo el presentimiento de que sois perfectos el uno para el otro.

Muy nerviosa se apretó las manos mirando por la ventanilla. Hacía un frío atroz, los ladrillos calientes que tenían a los pies hacía tiempo que habían dejado de calentar y el cochero de su tía se había olvidado las mantas. —Deberíamos volver a casa —dijo al ver que su tía tenía la nariz sonrojada.

—Tonterías, puedo con esto y mucho más. —Miró por la ventanilla. —Tiene que estar a punto de salir, prepárate.

—Llevas diciendo eso dos horas. El cochero debe estar congelado sobre el pescante.

—¡Ahí, ahí está!

Vivianne volvió su rostro para ver bajar los escalones del club a un hombre tan atractivo que separó los labios de la impresión.

Debía tener treinta años y su cabello negro estaba impecablemente cortado.

No llevaba bigote o barba como muchos hombres y viendo como caminaba calle abajo se fijó en el traje gris que llevaba.

Sin saber por qué se preguntó de qué color tendría los ojos. —¡Venga, lo vas a perder!

—Oh… —Abrió la portezuela y a punto estuvo de que se la llevara por delante otro carruaje.

Lo esquivó por un pelo y pasó corriendo al otro lado de la calle, caminando por la acera en dirección a ese hombre.

Viéndole caminar hizo una mueca de apreciación porque menuda planta tenía, de hecho, su corazón ya acelerado por los nervios se puso a mil siguiéndole de cerca.

Cuando llegó a ella el olor de su colonia gimió de gusto, impresionada pensó que era un olor muy masculino.

Algo confusa giró tras él en la calle pensando que no era normal que sintiera esas cosas por alguien que no conocía.

¿Es que sus sentimientos por Dalbert no eran sinceros?

Vivianne, no digas tonterías, sentiste todo eso por él.

Pensó en ello intentando analizarlo cuando el conde se detuvo en seco y ella se chocó con él cayendo al suelo.

Él la miró tirada en el suelo y levantó una ceja. —¿No ve bien, milady?

Se puso como un tomate porque tenía los ojos grises más impresionantes que vería nunca. —Lo siento.

Como si fuera una molestia alargó la mano para coger la suya. —Tenga cuidado, si va tan despistada puede atropellarla un coche de caballos.

—Gracias, milord. —Se miró el vestido. —Oh, qué desastre.

Él asintió. —Y que lo diga. —Miró a su alrededor. —¿Y su carabina o sirvienta?

—Iba a reunirme con mi tía al final de la calle. —Estiró el cuello como si la buscara. —Pero no veo su carruaje. —Dio un paso e hizo un gesto de dolor.

La cogió por el brazo. —¿Se encuentra bien?

—He debido hacerme daño en el tobillo, pero no es nada, no se preocupe.

—¿Cómo voy a dejarla así? La llevaré con su tía.

—Es muy amable…

Cogida a su brazo dio un pasito cojeando y él gruñó. —Milady, tengo algo de prisa, ¿me permite?

Le miró sin comprender. —¿Si le permito qué?

Él la cogió en brazos dejándola sin aliento y pasmada vio que iba calle abajo tan rápido como podía. —Es usted muy fuerte —dijo sin aliento.

—Ya, ya…

—¿Se lo dicen mucho? —preguntó sorprendida.

—Tengo dos torceduras de tobillo a la semana, así que estoy más que acostumbrado a ayudar a damiselas en apuros.

Jadeó. —¿Qué insinúa? ¿Que estoy fingiendo?

—Se cayó de culo, milady, su tobillo no ha sido afectado en absoluto.

—Pues me duele —dijo entre dientes. Señaló el carruaje de su tía—. Ese es.

—Perfecto.

Su tía sacó la cabeza por la ventanilla sonriendo de oreja a oreja. —Pero mira a quien tenemos aquí. Conde, le hacía en el campo.

Se detuvo en seco. —La baronesa de Wolborn, la hacía en Venecia.

—He venido a ver a mi sobrina. —Sonrió aún más. —Y ya se conocen. Cielo, no me lo habías dicho.

—No, tía, no le conozco de nada —dijo entre dientes roja como un tomate porque estaba haciendo un ridículo espantoso—. Ni ganas que tengo.

El conde la miró. —Eso podía ser creíble hace una hora. Baronesa, ¿podría abrir la puerta para que su lesionada sobrina se suba? —preguntó con sorna.

Se revolvió entre sus brazos. —Suélteme.

La puso de pie al lado del carruaje y ella subió el escalón por sí misma. —Vaya, un milagro, ¿ya no le duele, milady?

—¡En lugar de reírse de posibles pretendientas, debería apiadarse de ellas porque es evidente que están ciegas y son tontas! —Dio un golpe al techo y el cochero empezó a andar dejando al conde con la palabra en la boca.

Su tía parpadeó. —¿Se puede saber por qué le has dicho eso?

—Me ha pillado, tía. —Gruñó mirando por la ventanilla. —Lo de la torcedura de tobillo debe ser algo que está de moda.

—Ya estaba de moda en mi época, ¿cómo crees que pillé a mi marido?

—Pues necesitamos trucos más modernos para cazar marido.

Su tía sonrió como la gata que se comió al ratón. —¿Qué te parece?

Miró a su tía y dijo sinceramente —No podías haber elegido mejor.

Su padre se metió el dedo entre el pañuelo y su cuello como si se estuviera ahogando. —Hija, qué fácil lo tuve con la pedida de mano de tu primo.

—Padre, no me recuerdes a Dalbert que no es el momento —dijo tirando de su otro brazo, incomprensiblemente estaba deseando encontrarse de nuevo con su conde—. Date prisa, se nos va a escapar.

—La gente nos mira.

—Claro que nos mira, apenas hemos salido después de tanto escándalo.

—Qué rápido camina.

—Padre a partir de ahora caminarás más, estás algo bajo de forma.

—¿Yo? Estoy hecho un chaval.

—Que cruza, que cruza…

—Se va a dar cuenta.

—Claro que no, la calle está llena de gente.

Una dama pasó a su lado y le escupió a la cara. Atónita se detuvo en seco volviéndose para mirarla. —Sois una vergüenza para los nuestros —dijo con rabia.

Vivianne lo vio todo rojo. —¿Qué ha dicho? —Dio un paso hacia ella limpiándose la cara. —Repítalo si puede.

—¡Escoria!

Vivianne gritó tirándose sobre la mujer que chilló cayendo al suelo y le empezó a dar manotazos para quitársela de encima.

Viv le arreó un tortazo tirando de su sombrero y arrancándole la peluca que llevaba, mostrando los cuatro pelos que le quedaban a la mujer.

Su padre intentó agarrarla, pero le fue imposible porque la mujer le pegó un par de patadas que le tiraron al suelo y Vivianne fuera de sí gritó que repitiera eso de que era escoria.

Alguien la cogió por la cintura apartándola con sombrero y todo.

—Vuelve a decirlo, vuelve a escupirme y a decir que soy escoria, ¡zorra!

Padre, suéltame que… —Le miró y se quedó sin aliento al ver esos ojos grises que le provocaron un vuelco al corazón. —Oh, eres tú.

Él chasqueó la lengua. —Ese sombrero no es tuyo, déjalo.

Miró el sombrero que tenía en la mano y al ver que era el pelo de la mujer chilló soltándolo. La mujer estaba siendo recogida por dos caballeros y mirándola con odio dijo —Esto lo vas a pagar, furcia.

—Uy, lo que me ha llamado…. ¡Suéltame conde, que le voy a dar su merecido!

—¡Basta ya! —gritó el conde haciendo que la mujer le mirara pálida—. Condesa discúlpese ahora mismo.

—¿Que me disculpe yo?

—¡Sí, ya que parece ser que los insultos empezaron por su parte! ¡Discúlpese ahora mismo sino quiere que vaya a hablar con su marido!

Pálida la miró a ella. —Lady Merfield siento lo ocurrido.

Impresionada por el poder que tenía ese hombre ni supo qué contestar porque no se lo esperaba.

—Para reparar el daño debería comprarle a milady otro vestido —dijo el conde muy serio—. Espero que vaya a la mejor modista de la ciudad para pagar la factura.

—Lo haré con gusto. —Cogió el sombrero que le tendían y se volvió muy tiesa caminando con una evidente cojera hacia el final de la calle.

—¿Ahora puedo soltarte? —preguntó él con ironía.

Carraspeó. —Si me haces el favor…

La dejó en el suelo y se volvió. El conde miró a su padre. —¿Se encuentra bien?

—Jamás he pasado tanta vergüenza en la vida —dijo azorado.

—Usted no tiene que avergonzarse de nada, conde. —La miró a los ojos. —Así que eres la famosa lady Vivianne Merfield, cuando te vi con tu tía no lo relacioné.

—Es lógico, tiene diez sobrinas por parte de su marido.

—Avergonzada porque había presenciado su salida de tono tras aquella provocación, levantó la barbilla mostrándose orgullosa.

—Gracias por su ayuda. —Cogió del brazo a su padre.

—Buenos días. —Tiró del brazo del conde y preocupada le miró. —¿Estás bien?

—Sí, cielo. Deberíamos ir pensando en irnos de la ciudad, ni podemos salir a la calle.

—Disculpen…

Se volvieron hacia el conde que dijo —Si quieren les puedo acompañar a casa, tengo mi coche allí mismo.

—Es muy amable, conde —dijo su padre de lo más avergonzado—. Si nos hace el favor.

—Será un placer. —Le hizo una seña al cochero que de inmediato cruzó la calle para acercarse a ellos lo máximo posible. El mismo conde abrió la puerta. —Permíteme ayudarte, Vivianne.

Lo dijo de una manera que le cortó el aliento y le miró a los ojos. Él cogió su mano y a pesar del guante sintió un cosquilleo en su piel que le aceleró el corazón. —Ten cuidado con el escalón se mueve un poco.

—Gracias. —Entró en el carruaje y vio el escudo del condado bordado en el tapizado, lo que demostraba que había sido cuidado hasta el último detalle. Su padre se sentó a su lado y el conde ante ellos.

Al ver que la mano de su padre estaba raspada jadeó y abrió a toda prisa su bolsito buscando un pañuelo. De repente apareció uno ante ella y levantó la vista para ver que se lo ofrecía el conde. —Gracias.

—No es necesario que me des tanto las gracias, Vivianne. —Miró a su padre. —Veo que están en problemas.

—Desde que se han enterado de que mi hijo se ha casado con Elva, no puedo ni salir a la calle. Antes era vergonzoso sentir todas esas miradas, pero ahora se están envalentonando.

—Entiendo su dilema. Y eso que no lo saben todo…

Su padre y ella se tensaron. —¿Qué quiere decir, conde?