Capítulo 11
Stephen suspiró sentándose a su lado. —Menudo lío en el que estás metida. Esta familia no gana para sobresaltos.
—Y que lo digas.
La miró fijamente. —¿Y qué piensas hacer? Puede que quiera casarse contigo, pero todo lo que hizo…
—Lo sé, es abyecto, imperdonable, me repugna solo pensarlo.
Stephen se apretó las manos. —¿Por qué me lo has contado? —La miró a los ojos. —¿Por qué a mí?
—Somos amigos.
—Cierto, pero esto es muy gordo para contárselo a cualquiera.
—Tú no eres cualquiera, eres un amigo, además sabes tanto de esta familia que da igual un secreto más.
Stephen sonrió. —Así que quieren que seduzcas al conde de Crinslock, pues no es mal partido.
—¿Le conoces?
—Sí, una vez le traté un corte en una mejilla por un duelo. Es letal con la espada y con la pistola ya no digamos.
—Todos hablan maravillas de él.
—Porque es un hombre de palabra.
Se le cortó el aliento porque eso captó su interés. —¿Lo es?
—¿Quieres saber si él te hubiera hecho lo mismo?
Asintió.
—Jamás. Su palabra es ley, lo sabe todo el mundo.
Suspiró y se miró las manos sintiendo un nudo en la garganta. —¿Me he empeñado en algo que no tenía sentido?
—No, Vivianne, le quieres, ¿cómo no vas a quererle? Pero eso no significa que Dalbert merezca tu amor.
—Podría haberlo dejado estar, podría haber esperado la anulación y no volver a intentar que le amara de nuevo…
Stephen se la quedó mirando.
—¿Qué?
—¿No te das cuenta? Me lo dijo cuando te curé la pierna, eres suya.
Se le cortó el aliento. —¿Dijo eso?
—Te considera suya. Si te ha dicho que mientras esté en prisión te lo pienses, es solo para quedar bien.
Para él eres suya, siempre lo has sido, todo lo demás es un teatrillo.
Está convencido de que cuando salga, estarás esperándole ansiosa.
Por Dios, si tú misma se lo dijiste ante la reina, cuando salgas de prisión directo a la iglesia.
Solo te dijo que te lo pensaras para quedar bien, para que lo que le reprochaste ante la sala del trono no pudieras reprochárselo de nuevo cuando os casarais, al fin y al cabo, él mismo te dijo que te lo pensaras.
Además, si quería que te lo pensaras, ¿por qué tantas cartas mientras está en prisión?
Lo justo sería que os vierais al salir, pero no, quiere seguir sabiendo lo que piensas a cada minuto sobre vuestra relación, por eso quiere que le escribas.
Pensando en ello recordó sus cartas que apenas decían nada, pero siempre le animaba a que ella lo contara todo. Creía que lo hacía porque él no podía vivir esas situaciones, pero lo que decía Stephen tenía todo el sentido.
—Voy a ir a verle a prisión.
Stephen se tensó. —Estás cometiendo un error, dirá que las circunstancias hicieron que las cosas salieran así.
—Quiero decirle a la cara que sé lo de la dote y que esto se acaba aquí por mucho que me duela.
—No se lo creerá, intentará abrazarte, besarte puede que hasta llegara a comprometerte, todo para que sigas siendo suya. —Preocupado dijo —Por favor, piénsatelo. Esta es la mayor decisión que tomarás nunca.
Se bajó del carruaje con su padre y cogió su brazo para entrar en la prisión.
En la puerta les esperaban dos funcionarios vestidos con trajes negros y les siguieron por una entrada con el suelo de piedra hasta pasar una puerta doble tan enorme como la de un castillo medieval.
Esa puerta se abrió a un patio y Vivianne al ver una rata cruzar ante ellos se estremeció de arriba abajo.
Su padre apretó su mano y al llegar al otro lado uno de los hombres sacó una llave y abrió una puerta de hierro.
Subieron unas empinadas escaleras y al llegar arriba el hombre abrió otra puerta.
—Cinco minutos, milady —dijo el carcelero muy serio.
—Gracias —susurró viendo a Dalbert mirándola sorprendido.
Estaba de pie ante su cama, tenía la barba muy larga y su cabello necesitaba un corte, pero por lo demás su ropa estaba limpia al igual que la habitación.
Sorprendida dio un paso hacia él viendo libros y hasta un escritorio con todo lo que pudiera necesitar.
—¿Esta es tu celda? —preguntó viendo que tenía varias hojas en las manos que estaban escritas por su puño y letra—. ¿Qué es eso?
—¿Qué haces aquí? —preguntó aún sin salir de su sorpresa.
—Venir a verte, ¿no te alegras?
Se acercó a ella y la abrazó con fuerza. —Claro que me alegro, preciosa. —Se apartó para mirar su rostro. —¿Has llorado?
—¿A quién escribes?
La miró sin comprender. —¿Qué quieres decir?
Ella le arrebató las hojas de las manos y empezó a leer a toda prisa. Sin esperárselo levantó la vista hacia él. —¿Es una carta para Carlton?
—Sí, está en el campo, ha ido allí con su esposa hasta el alumbramiento.
—¡Eso ya lo sé! —dijo furiosa—. ¡Prudence ha sido muy amable al informarme de lo felices que son!
Dalbert la miró sin comprender. —Preciosa, ¿por qué te pones así?
Entonces al fin lo comprendió, al fin su corazón se dio cuenta de que él no la amaba, no lo había hecho nunca, era alguien que estaba ahí, la prima con la que se casaría porque era lo que se esperaba de él.
Su corazón se estremeció porque fue en ese momento cuando comprendió que eran de dos mundos distintos y lo demostraban sus cartas, Dalbert no sabía que contarle cuando a su amigo le había escrito tres páginas enteras.
Al fin se había quitado la venda de los ojos y comprendió que ese hombre no era para ella.
Sonrió con tristeza con los ojos llenos de lágrimas de la decepción.
—Lo siento, no es culpa tuya, me acabo de dar cuenta de que es culpa mía por desear que me amaras por encima de todo.
—¿Pero qué dices? —Miró a su tío. —¿Por qué la has traído?
—Cualquier otro novio estaría encantado de ver a la mujer que ama, hijo.
—¿Te extraña que no quiera que me vea aquí?
—He venido... —Él se volvió hacia Vivianne. —Para decirte que no me casaré contigo.
Dalbert se tensó. —¿Qué has dicho?
—Me he dado cuenta de muchas cosas, pero sobre todo me he dado cuenta de que no me amas ni me amarás nunca. —Apretó los labios. —Es más, si ahora llegaras a amarme mi respuesta seguiría siendo no.
—Hace unos meses estabas dispuesta a perdonarme…
—Hace unos meses me dejé llevar por el amor que siempre sentí por ti y al verte en peligro, al ver que te metían en prisión mi instinto quiso protegerte, pero es evidente que tú no necesitas que te protejan, ¿no es cierto?
—Preciosa, no sé qué ocurre, pero…
—¿Qué ocurre? —Señaló las cartas. —A mí cinco líneas, eso ocurre.
—¡Joder, escribo a Carlton una vez al mes, a ti cada maldito día!
—Cada maldito día… Pues ya no hace falta que me escribas más. —Se volvió y Dalbert la cogió del brazo deteniéndola. Se miraron a los ojos. —Suéltame.
—¿Qué ha pasado para que me rechaces? —preguntó fríamente—. ¡Qué ha pasado para que te hayas vuelto atrás!
Era evidente que tenía que ser más dura con él. —Me he dado cuenta de que mi dote no es suficiente para ti. Al ritmo que adquieres deudas, mi dinero y el de Prudence no te duraría mucho y yo quiero estabilidad para mis hijos.
Él separó los labios de la impresión. —Te has enterado.
—Espero que disfrutes mucho de esas libras —dijo entre dientes antes de soltar el brazo de malos modos—. Y no vuelvas a tocarme.
Dalbert se enderezó y sonrió con tristeza yendo hasta el escritorio para tirar las hojas encima. —Me lo merezco.
Ella se mantuvo en silencio.
—Pero si lo hice fue precisamente por ti.
Que dijera eso le repugnó tanto que le miró como si no le conociera. —¡Quería una vida mejor para ti!
—Me das asco —dijo yendo hacia la puerta.
—¡Quería darte la vida que te mereces! ¡Cuando murieron mis padres perdí la cabeza y solo cuando estuve a punto de que me lo quitaran todo, me di cuenta de lo que había hecho! —Ella salió de la celda sin querer escuchar más. Empezó a bajar la escalera. —¡Vivianne no te vayas así!
Roger miró con desprecio a su sobrino. —No puedo creer que hayas caído tan bajo como para llegar a echarle la culpa a ella de tus acciones. No quiero que vuelvas por casa —dijo antes de salir cerrando de un portazo.
—¡Tío! ¡Salvé la vida de tu hijo! —gritó con furia.
El conde siguió bajando y cuando se encontró con su hija la cogió del brazo para sacarla de allí a toda prisa. —¿Quién era ese hombre? —preguntó horrorizada.
—No lo sé, hija, pero ya ha salido de tu vida.
Su tía firmó los papeles y sonrió a Elva, que preciosa con un vestido verde agua se apretaba las manos muy nerviosa a su lado. —Pues ya eres mi hija. —Rosanne se levantó y la abrazó. —Bienvenida a la familia.
—No sé cómo agradecerle… —Se echó a llorar y Cameron se acercó para abrazarla.
—¿Qué ocurre?
—Siente que en parte traiciona a su difunta madre al hacer esto.
—Niña, estaría orgullosa porque estás luchando por lo que amas.
Elva se pasó el pañuelo por la nariz y asintió. —Tiene razón, milady. Ella era una luchadora.
—Como lo eres tú, y a partir de ahora llámame madre.
—Como diga madre.
Vivianne miraba por la ventana y vio pasar a dos damas que señalaron la casa y rieron.
Apretó las mandíbulas con rabia por ese gesto.
Eran el hazmerreír de la ciudad. Todo el mundo se había enterado del embarazo de Elva y sabían que era hijo del futuro conde.
Eso por no decir que la reina ya había tenido a su hijo, pero no había disminuido la pena de Dalbert ni un solo día a pesar de los regalos y tenía la sensación de que su tía tenía algo que ver en el asunto, porque cuando se enteró de la noticia sonrió con satisfacción demostrando que era la que más carácter tenía de la familia.
Una niñera pasó con un cochecito de bebé y entonces se dio cuenta de algo, su sobrino no podría llevar la cabeza alta cuando fuera a Eton.
Si tuvieran una niña en el futuro no podría presentarse en sociedad, no pedirían su mano al considerarla poco más que una bastarda y que alguien pudiera pensar eso de ellos le revolvió las tripas y la encolerizó sobremanera.
Se volvió moviendo de golpe sus faldas y levantó la barbilla. —¿Tía?