Un placer, milord Capítulo 10
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Capítulo 10

Entró en casa totalmente destrozada con su perrito en brazos y fue hacia las escaleras con la mirada perdida.

Elva salió del salón con Cameron y ambos la siguieron con la mirada.

Los condes también destrozados entraron en la casa y el futuro conde preguntó —¿Qué diablos ha pasado?

¿Dónde está Dalbert? ¿No ha venido con vosotros?

¿Y cómo ha llegado Hércules hasta aquí? ¿No estaba en Venecia?

Roger dándole su sombrero a Luke dijo —Hablemos en privado, hijo. Órdenes de la reina.

Cameron miró a Elva antes de seguirle al despacho a toda prisa y la doncella corrió escaleras arriba para encontrarse a su amiga sentada ante la ventana mientras su perrito estaba tumbado a sus pies. Vivianne lloraba en silencio. —Dios mío, ¿qué ha ocurrido? ¿Te ha reprendido la reina?

Volvió la vista hacia ella. —Esto no puede salir de aquí, temo que si enfadamos a la reina la condena sea más severa para castigarnos.

—¿Condena? —Se sentó a su lado. —¿Qué condena?

Vivianne sollozó. —Ha condenado a Dalbert a un año de prisión por todas sus manipulaciones y las mentiras que contó.

Su doncella se llevó la mano al pecho de la impresión. —¿Se lo has dicho todo a la reina?

—No, jamás hubiera hecho eso, pero ella ya lo sabía todo.

—Dios mío, ¿cómo?

—La tía Roseanne le escribió desde Venecia y la puso sobre aviso.

Había cosas que no le encajaban y decidió investigar a los duques.

Les siguieron y seguramente a nosotras también.

Presenciaron hasta el secuestro de ayer.

Toda esta situación la ha enfurecido, ha anulado su matrimonio y Prudence podrá casarse con Carlton, pero ha condenado a prisión a Dalbert haciéndole responsable de todo.

—Pero él no tiene la culpa de los actos de su amigo, si inició todo esto fue para salvar a su primo.

—Podría haber hecho las cosas de otra manera. —Miró por la ventana. —Creo que lo que enfureció a la reina fue que drogaran a lady Prudence para embarazarla. —Hizo una mueca. —Aunque creo que el secuestro de ayer no ayudó tampoco.

—¿Hicieron eso?

Le contó lo que los hombres de la reina habían relatado y todo lo que había sucedido desde que habían entrado en el salón del trono. Bufó sintiéndose una estúpida. —No pude hacer nada por él.

—No hubiera cambiado de opinión.

—Un año. —Sollozó. —Hay gente que no sobrevive ni dos meses a Newgate.

—Los nobles son mejor tratados, he oído que tienen mejores celdas, parecidas a habitaciones.

—El año pasado murió allí un noble que había sido encarcelado por sus deudas y no sobrevivió ni dos meses por culpa del frío invierno.

—Tu padre le ayudará, sobornará a los carceleros y no le pasará eso, ya verás.

Sus ojos brillaron. —Sobornar a los carceleros…

—Por Dios, ¿qué estás pensando? ¿No querrás sacarle de allí? La reina os enviaría a la horca como la contradigáis.

Salió corriendo de la habitación y bajó los escalones como una exhalación. Cuando llegó al despacho de su padre, abrió la puerta sobresaltando al conde que se tiró la copa de coñac sobre la pechera. —¡Ya sé lo que tengo que hacer!

—¿De qué hablas, hija?

—Voy a sobornar a los carceleros para que me dejen pasar la condena con él.

El conde dejó caer la copa de la impresión y su hermano se levantó de la silla más que espantado. —¿Acaso estás loca, hermana?

—Piénsalo padre, al principio la reina se escandalizará, pero luego querrá darme una lección dejándome a su lado.

El conde entrecerró los ojos. —Sí, probablemente se comporte así.

—Y ahí entrará la tía Roseanne.

—¿Tu tía? ¿Mi hermana? —preguntó incrédulo—. ¿La que nos ha metido en este lío por meticona?

—Exacto, me adora, ¿crees que no presionará a la reina para que nos suelte? Imagínate que muero en prisión, ¿cómo lo explicaría la reina?

—¡Pues ordenando que nadie diga nada, hija! Anda, vete a la habitación que todo esto te está afectando y no piensas con claridad.

—Padre tiene razón, imagínate que la reina se enfada contigo y te envía a la zona de mujeres.

Palideció mientras sus hermosos ojos se llenaban de lágrimas de la frustración. —Tengo que hacer algo, siento que en parte es culpa mía.

Su hermano dio un paso hacia ella. —Tú no tienes la culpa de nada, de absolutamente nada, así que deja de pensar en esas tonterías y sube a descansar.

Escucharon el timbre de la puerta y cuando Luke abrió escucharon decir —¡Dónde está mi sobrina!

Vivianne corrió hacia ella y Roseanne al ver su rostro lleno de lágrimas abrió los brazos. Vivianne la abrazó con fuerza. —Lo siento, cielo, no sabía todo lo que había ocurrido, solo trasladé mi temor a la reina y ella hizo el resto.

—Sé que no me perjudicarías a propósito.

Acarició su espalda y la cogió por los hombros para mirarla a la cara. —Bueno, bueno, menos lágrimas, ya sabes cómo debe comportarse una dama. —Le limpió las mejillas como si fuera su niña y sonrió. —He estado hablando con Victoria.

Sus ojos mostraron esperanza.

—No, niña, la condena sigue en pie, al menos de momento.

—¿De momento?

Roseanne miró a su alrededor. —Entremos en el salón.

Toda la familia fue hasta allí a toda prisa y fue su tía quien cerró las puertas. —Vamos, hermana, no nos tengas en ascuas, ¿qué ha dicho la reina?

—Hoy estaba de muy mal humor como ya sabéis y se lo he comentado, le he dicho que igual la sentencia ha sido demasiado severa y me ha contestado que lo pensará.

A Vivianne le dio un vuelco al corazón. —¿Se lo pensará?

—No la sentencia, niña, sino el tiempo que debe estar allí, puede que haya conseguido que se la reduzca un tiempo, pero su condena se mantiene de momento. —La miró directamente. — Así que si estabas pensando en hacer algo, y digo esto porque te conozco muy bien, olvídalo, podría cambiar de opinión.

—Rayos. —Se volvió furiosa. —¿Por qué tiene que pagar solo él? ¿Y Cameron? ¿Y Carlton?

—Él se autoinculpó, reconoció que todo había sido idea suya.

—No es justo —dijo Cameron—. Sin nuestra colaboración no hubiera podido hacer nada.

—¿Pero de qué estáis hablando? —preguntó Elizabeth espantada—. Acaso quieres que tu hermano vaya a prisión.

—Claro que no, madre. Pero no es justo que Dalbert pague por toda la culpa. —Suspiró desmoralizada. —Habrá que esperar, ¿no?

—Habrá que esperar a que dé a luz y ahí actuaremos —dijo su tía—.

Quedan cuatro meses más o menos, no ha querido decirme la fecha exacta cuando le pregunté, pero no puede quedarle mucho más.

En ese momento esta familia la agasajará a regalos traídos de todo el mundo y después de un comportamiento intachable de todos durante ese tiempo, estoy segura de que claudicará.

Elizabeth asintió. —No hay momento más feliz en nuestra vida que cuando llega un hijo.

—Exacto. Será tanta su dicha que será benevolente, así que a esperar y nada de escándalos que puedan hacer que cambie de opinión.

La esperanza empezó a renacer en Vivianne. —¿Cuatro meses?

Rosanne asintió. —Estoy convencida de que funcionará.

Cerró la carta de Dalbert sorbiendo por la nariz y abrió su cajón para mostrar las otras que le había escrito en esos tres meses.

Apenas decía nada, unos pocos párrafos diciéndole que estaba bien y los libros que había leído, mientras ella le escribía páginas y páginas de cosas que le sucedían en cada día para que no se perdiera nada de lo que ocurría en la familia.

Elva colgó uno de sus vestidos. —¿Qué te dice?

—Nada, cada vez escribe menos.

—Para alguien tan activo como el duque, estar allí debe ser muy duro.

—Sí.

Su amiga la miró. —No desesperes, ya queda menos para que la reina de a luz a su segundo hijo. Tus padres ya tienen preparado todo para enviárselo al palacio de Buckingham. Y si es niño, si al fin da a luz un varón, su dicha se multiplicará por mil.

—Adora a la princesa Victoria.

—Sí, pero un varón es un varón, ya lo sabes.

Si ella es reina, es porque no quedaba nadie más para subir al trono porque todos los demás se habían ido al otro mundo.

Dicen por ahí que si es varón lo llamará Eduard como su padre.

—Elva se mordió el labio inferior y cogió las toallas para ir hacia la puerta.

Vivianne se dio cuenta de que estaba inquieta. —¿Ocurre algo, amiga?

Se sonrojó. —No, claro que no.

Se levantó de la silla mostrando su hermoso vestido azul claro de seda con puños de encaje. —Es que he tenido la sensación de que algo te preocupa.

—No, de verdad, estoy bien. Enseguida vuelvo. ¿Te traigo algún libro de la biblioteca?

—No, gracias, todavía tengo el de ayer sin terminar.

Su amiga forzó una sonrisa antes de salir. Teniendo la sensación de que le ocultaba algo, regresó a su escritorio y cogió la pluma para escribir a Dalbert.

15 de octubre de 1841, Londres

Mi amado Dalbert:

He leído tu carta y siento cada vez más ansias de verte, de poder oír tu voz…

—¿Pero qué estás diciendo?

Vivianne se volvió de golpe por la pregunta de su hermano al otro lado de la puerta.

—Shusss…

Escuchó que se alejaban y Vivianne intrigadísima dejó la pluma a toda prisa para ir hasta allí.

Acercó la oreja, pero no escuchó nada, así que abrió lentamente para sacar la cabeza.

Al no ver a su hermano en el pasillo, salió y de puntillas fue hasta su habitación.

Se arrimó a la puerta y puso la oreja. —Dios mío…

—dijo su hermano como si estuviera desesperado.

—Lo siento, lo siento. —La voz de Elva le hizo separar los labios. —Necesito dinero.

—¿Dinero para qué?

—¿Para qué va a ser? Para quitármelo. No pienso tener un hijo bastardo. Una de las muchachas tiene una tía que realiza abortos, iré a verla y lo solucionaré. No se enterará nadie, te lo juro.

Vivianne se quedó en shock y se enderezó palideciendo. Abrió la puerta de golpe y su amiga la miró asustada. —Viv…

—¿Y no me lo dijiste?

Los ojos de Elva se llenaron de lágrimas. —No quería que te preocuparas.

—¿Cómo no voy a preocuparme?

—Esto no es asunto tuyo, hermana —dijo Cameron muy tenso.

Puede que tuviera razón, pero se trataba de su sobrino y algo tenía que decir. —¿Sabes lo que pasará si la reina se entera de esto?

—Lo sé muy bien —dijo tenso.