Capítulo 9 #2
—Ese escandalo intentó ser tapado, pero alguien a quien aprecio muchísimo me puso sobre aviso.
Me extrañó su carta, en ella me contaba lo destrozada que estabas por un compromiso del que nadie sabía nada, pero lo que me llamó la atención fue que estando en Italia el duque de Ostenford intentaba seducirte.
¿Lord Lownes en Venecia intentando casarse con la antigua prometida de su mejor amigo?
Me olió muy mal, sobre todo porque en palacio se sabe mucho de las andanzas de estos dos caballeros y jamás se habían traicionado.
Es más, alguna vez incluso se habían retado a duelo por las faltas que habían cometido y siempre se cubrían las espaldas el uno al otro.
Vivianne miró a Dalbert como si no le conociera y él apretó los labios.
La reina rio por lo bajo mirando a su padre que estaba de lo más incómodo.
—Oh, sí, el duque ha tenido una vida intensa después de la muerte de sus padres.
Pero eso es agua pasada, ¿por dónde iba?
Ah sí, por ese extraño noviazgo. Entendí perfectamente que lady Vivianne quisiera casarse con él, no había un partido mejor, ¿pero cuáles eran los intereses del duque de Ostenford?
Es bella, eso es cierto, pero tenía mujeres igual de bellas persiguiéndole por toda la ciudad y que le darían menos complicaciones.
¿Se había enamorado de ella? Era posible.
Así que quise asegurarme antes de que el corazón de milady saliera herido.
—Hizo un gesto con la mano y la puerta se abrió.
Vivianne separó los labios de la impresión al ver entrar a su tía con su perrito, que corrió hacia ella deseando saludarla. —Hércules. —Se agachó de inmediato y le abrazó emocionada. Miró a su tía que muy seria se acercó a la reina poniéndose a su lado. —Tía has venido...
—Tu pequeño deseaba verte —dijo con cariño—.
Me lo dejaste porque sabías que me haría compañía, porque así no me sentiría tan sola.
A pesar del amor que sentías por él me lo diste, un acto tan generoso y tierno que no olvidaré nunca, mi niña.
Pero es tuyo, tú eres su dueña y te ha echado tanto de menos que no podía hacer otra cosa que devolvértelo.
Con los ojos llenos de lágrimas sollozó besando la cabecita de Hércules. —Gracias.
—No, gracias a ti, porque me has mostrado lo maravillosa que eres y por eso estoy aquí.
—Lady Kepler me puso en alerta, preocupada porque su sobrina tomara una mala decisión por pura venganza y yo hice lo que tenía que hacer, enterarme de lo que sucedía a su alrededor.
—Dos hombres con trajes negros entraron en la sala.
—Estos hombres me han informado de los movimientos de cada miembro relacionado con su casa, conde, y la casa del duque de Ravencord.
—Miró a los duques fríamente. —Cada uno de sus movimientos y puedo asegurar que me sorprendieron todos ellos.
—Podemos explicarlo, majestad —dijo Carlton.
—Lo dudo mucho. —Miró a Dalbert. —Mis hombres iban a intervenir cuando secuestraron a lady Vivianna y a su doncella, pero se dieron cuenta de que todo era una teatralización para asustarlas.
—¿Secuestro? —preguntó Roger asombrado mirando a su sobrino—. ¿De qué está hablando?
—Jenkins, informe al conde de todo lo sucedido desde el principio —dijo la reina fríamente sin dejar de mirar a Dalbert.
El hombre en cuestión dio un paso al frente sacando una pequeña libretita.
Empezó a dar cada uno de los datos, desde como los duques se reunían en el club para tramar sus planes, hasta como Cameron solo sabía lo que les interesaba para conseguir sus fines.
Relató una investigación tan detallada que el conde de Pulford no salía de su asombro con sus tejemanejes.
Pero cuando el investigador dijo que el duque de Ostenford había comprado a una curandera un tónico basado en una planta africana de la que ni supo pronunciar el nombre, al hombre tuvieron que agarrarle entre tres para evitar que se tirara encima de Dalbert.
Cuando consiguió calmarse, miró a su hija que tenía los ojos como platos mirando al informante y Prudence preguntó directamente —¿Para qué quería ese tónico?
Jenkins la miró. —Su intención fue drogarla a usted, milady. Esa noche el duque cenó en su casa, quiero decir en la casa de su esposo y según mi informante, después de la cena usted cantó, bailó y subió las escaleras besándose con el duque que no era su marido, milady.
Prudence atónita volvió la cara hacia Carlton que carraspeó. —Intentaba… —Se pasó la mano por los ojos. —Lo siento.
—¿Lo sientes? ¿Para una vez que te toco no me he enterado de nada?
Vivianne miró hacia ella. —Tuviste sueños.
Se puso como un tomate. —Es cierto, tuve sueños. Que al parecer no fueron sueños. —De repente rio como una loca haciendo que la reina parpadeara. —Y yo pensando que había perdido la cabeza. Uff, menudo alivio.
—No parece molesta, milady —dijo la reina atónita.
—¿Molesta? Le aseguro que esos sueños han sido lo mejor que me ha pasado desde que me casé.
—¡Hija! —dijo su padre escandalizado.
—Calla, padre, ¡espero un hijo del duque! —dijo loca de contenta—. Qué alegría, pensaba que me había encamado con cualquiera.
Carlton sonrió y ella se sonrojó de nuevo.
—A ver si lo entiendo —dijo la reina—. ¿No le molesta?
—Majestad, entiendo que la confunda, pero amo a ese hombre desde hace tres años, desde que le vi por primera vez en mi baile de presentación.
He soportado innumerables propuestas de matrimonio cuando solo quería la suya, pero mi padre no quería ni verle y así pasó un año y otro sin que pudiera acercarse a mí con intenciones matrimoniales.
¿Sabe hasta qué punto llegó mi desesperación porque sabía que nunca conseguiría que me cortejara?
Pero mi padre dijo que debía casarme y eligió al que ahora es mi marido.
Carlton era su amigo, al menos podría verle, estar con él, escuchar su voz.
¿Cómo me va a molestar que haya intentado estar conmigo?
¡Si lo estaba deseando! Si el duque ha hecho todo esto, si me ha dejado embarazada debe tener algún plan en mente para que acabemos juntos, ¿no?
La reina asintió y ella soltó una risita loca de contenta. —Pues me parece bien. De hecho, si me hubiera comunicado sus planes hubiera colaborado en todo, majestad. Al menos me hubiera enterado de algo. —Al darse cuenta de lo que había dicho se sonrojó con fuerza. —Quiero decir…
—He entendido perfectamente lo que quería decir, milady.
—Los sueños debieron ser muy agradables —dijo Vivianne por lo bajo.
—Ni te lo imaginas, los repetiría una y mil veces —dijo antes de soltar una risita.
La reina carraspeó y serias la miraron. —Es evidente que los duques han cometido varios actos que si no son delitos deberían serlo.
Secuestro, drogar a una dama que aunque está encantada podía no ser así…
¡Y si no es delito, es indecente! ¿No podían haber hecho las cosas de otra manera?
¡Engaños, mentiras, rumores por todo Londres, incluso han salido en el periódico!
¿Y ahora cómo soluciono yo todo este galimatías?
—Se adelantó mirando fijamente a Dalbert.
—Dígame duque, ¿cómo lo soluciono? ¿Les meto en prisión?
A Vivianne se le pusieron los pelos de punta. —¿Prisión?
—Dios mío —dijo Elizabeth—. Marido di algo.
—No tiene nada que decir. Él no. —La reina siguió mirando a Dalbert. —Hable antes de que pierda la paciencia, duque.
—Soy el único responsable de lo ocurrido. Todo fue idea mía de principio a fin. Desde exponerme para evitar que Cameron se enfrentara a duelo, hasta el secuestro de ayer noche para que Vivianne volviera a confiar en mí. Si alguien tiene que ir a prisión ese soy yo, majestad.
—Está bien que lo reconozca. —La reina levantó la barbilla. —¿Y cómo pensaba restituir la reputación de lady Prudence si puede saberse?
—De momento lo que sabe la gente es que está en estado, de quién aún es un misterio por dilucidar.
Pensaba hacer que mi amigo confesara un encuentro fugaz con ella como se lo ha confesado a usted.
Conseguiría la anulación de mi matrimonio y sería libre para casarme con Vivianne.
Él por su parte cumpliría con su obligación.
—Obligando al conde a aceptarle como yerno.
—Así es, majestad.
—Brillante. Tiene una mente maquiavélica, duque. Con sus acciones ha provocado dolor, pero tenía un fin, ¿no es cierto?
—Le aseguro que ver sufrir a Vivianne es lo más duro que experimentaré en la vida, majestad. Hubo momentos en los que pensé en confesar, pero entonces todo ese dolor no hubiera tenido sentido, yo seguiría casado con una mujer que no amo y ninguno de los cuatro seríamos felices.
Victoria asintió. —Eso también demuestra su fortaleza, fortaleza que espero que pueda hacer que supere el trance que tiene por delante. Le condeno a un año de prisión en Newgate.
—¡No! —gritó Vivianne horrorizada mientras su madre se desmayaba de la impresión y el conde de Pulford sonreía satisfecho. —¡No puede hacer eso!
—¿Acaso me contradices? —preguntó la reina fríamente tuteándola, demostrando una proximidad con ella que no le había dado a los demás.
—Sé que ha hecho mal, ¿pero yo qué culpa tengo? —gritó muy asustada.
—¿No te das cuenta de que también lo hago por ti?
—¿Por mí? —preguntó asombrada.