Un placer, milord Capítulo 9
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Capítulo 9

Todos con sus mejores galas esperaban sentados en una sala a que les llamaran para la audiencia con la reina. Uno de sus secretarios estaba en la puerta con cara de funeral y ella le sonrió. —¿Se encuentra bien su majestad?

—Pues la verdad es que hoy no tiene su mejor día, ya me entienden.

Su madre gimió por lo bajo y ella le dio un codazo para que no abriera la boca.

Entonces la puerta se abrió y pasó un hombre mayor y una mujer preciosa de grandes ojos azules y un cabello tan claro que llamaba la atención.

Los hombres se levantaron de inmediato y su padre carraspeó. —Conde de Pulford, qué sorpresa.

El hombre muy tenso miró al secretario. —¿No podemos esperar en otro sitio?

—Lo siento, pero no —respondió secamente.

—Ven hija, nos sentaremos allí al lado de la ventana…

Atónita siguió con la mirada a la muchacha que parecía a punto de llorar, no se parecía en nada a la muchacha que había conocido en la finca de sus padres, había adelgazado al menos veinte kilos.

Se imaginó cómo se sentiría ella si le pasara algo así, además sin saber nada de nada de lo que realmente había ocurrido.

Debía ser terrorífico. Decidida se levantó y toda su familia la miró horrorizada mientras se acercaba a ella que tímidamente la miró.

—No sé si me recuerda, nos conocimos en la finca de mis padres la primavera pasada —dijo amablemente—. Soy lady Vivianne.

—La recuerdo —dijo mirando de reojo a su padre que estaba a punto de soltar cuatro gritos—. Al parecer estaba comprometida con Dalbert.

—Así es, pero yo no lo sabía. Por lo visto ambas hemos sido víctimas de toda esta situación. Siento lo que le ocurre y todo lo que se dice de usted.

Ella agachó la mirada —Gracias.

—¿Puedo sentarme? —Antes de que pudieran decir nada cogió una silla y se sentó con ellos. Sonrió al conde. —Encantada de verle de nuevo.

—Mucho gusto, milady —dijo muy tenso.

La volvió a mirar, pero estaba tan avergonzada que no elevaba su rostro. Se le encogió el corazón por todo lo que había sufrido por culpa de Dalbert. —Entiendo que su padre, al obligar a mi primo a este matrimonio solo quería lo mejor para usted.

Miró de reojo a su padre, pero no abrió la boca. —Por supuesto que sí —dijo el conde.

—Como es lógico cualquier padre quiere un futuro prometedor para su hija. ¿Qué dice su madre de todo lo sucedido?

—Mi madre se fue al continente hace meses, no la he vuelto a ver.

—Entiendo. —Era evidente que el conde se había deshecho de su infiel esposa de manera discreta enviándola al continente. —Lady Prudence, ¿puedo hacerte una pregunta? —preguntó intentando ser más cercana tuteándola.

Su padre asintió dándole el visto bueno. —Sí, pregunte.

—¿Antes de que mi primo aceptara tu mano en matrimonio, habías pensado en casarte con él?

Negó con la cabeza.

—¿Habías pensado casarte con otro hombre?

El conde se tensó demostrando que esa conversación no le gustaba nada. —Discúlpeme conde, pero estoy segura de que quiere lo mejor para su hija y ella ahora mismo necesita toda la ayuda que podamos darle. —Miró a Prudence. —Dime la verdad, ¿querías por esposo a otro hombre?

—Sí —dijo con lágrimas en los ojos.

—¿Y su nombre es?

—Usted le conoce, se comprometió con él.

—Teniendo en cuenta que mi otro compromiso fue con un hombre que no querías como esposo, ¿su nombre es Carlton Jointer, Duque de Ostenford?

—Sí —respondió apretándose las manos.

—Bien, ahora dime de quién es tu hijo.

La miró sorprendida. —¿Perdón?

—Vamos, no seas ingenua. ¿Estás en estado y no sabes de quién es?

Prudence apretó los labios mirando de reojo a su padre. —Bueno, he tenido sueños, pero no puede ser…

—¿Por qué no puede ser?

—Porque es imposible que fuera él. Es un hombre muy recto, no le haría eso a su mejor amigo.

—A veces puede sorprenderte la naturaleza humana. Es Carlton, ¿verdad?

Prudence se echó a llorar. —No sé lo que pasó. En mis sueños estaba con él, era feliz y de repente me despertaba y estaba sola. Ahora estoy en estado y no es de mi marido… Yo no quería esto, lo juro, yo quería ser feliz. Estoy a punto de volverme loca —dijo con desesperación.

—Tranquilízate Prudence. —Se levantó y cogió sus manos agachándose ante ella. —Vas a ser feliz.

—Mi hija se irá a vivir con su madre, partirá en el primer barco —dijo el conde—. Ya no puede soportar la presión, allí llevará una vida tranquila fuera de todos esos…

—Tranquilícese conde, lo solucionaremos. Encontraremos la mejor solución para todos y su hija será feliz.

El conde se emocionó. —Nada me gustaría más.

—¿Y está dispuesto a hacer lo que sea?

—Por supuesto.

—Muy bien. —Un lacayo dio dos golpes contra el suelo con un bastón dorado que tenía en la mano haciendo que todos se pusieran en pie. —Entonces síganme la corriente ante la reina y su hija saldrá de aquí con una reputación algo remendada, pero tolerable.

—Si me ayuda, le deberé la vida, milady —dijo el conde sinceramente.

—No será necesario que me deba nada, me conformo con que todos tengamos una vida pacífica y que en un futuro logremos ser amigos.

—Haré lo que sea por conseguir satisfacerla, milady. Salve a mi niña, consiga que pueda ir con la cabeza alta y seremos amigos hasta la muerte.

Asintió apretando las manos de Prudence, que miró de reojo a Dalbert. Vivianne apretó los labios porque a su primo no le había importado pisar su reputación por conseguir sus intereses y eso no le gustaba nada. Pero nada en absoluto.

Un lacayo abrió la puerta y le dijo algo al secretario que de inmediato se volvió hacia ellos. —Pueden pasar, sean breves, la reina no se encuentra bien.

Teniendo en cuenta de que les había llamado ella no sabían qué decir. Se acercó a su familia y cogió el brazo de Dalbert para seguirle. Miró hacia Prudence y le guiñó un ojo haciendo que le sonriera tímidamente cogiendo del brazo a su padre.

—Preciosa, ¿qué estás haciendo? ¿Piensas dejarme en evidencia?

Se le cortó el aliento volviendo la vista hacia él. —¿Eso es todo lo que te importa? Has destrozado mi vida, la de esa muchacha cuando eras mi prometido y su marido, tu obligación era protegernos y solo nos has causado dolor, ¿y ahora me preguntas eso?

Él apretó los labios. —Hice lo que creía mejor para todos.

—Desde luego no era lo mejor para mí ni para Prudence.

Puede que tu amigo y tú os salgáis con la vuestra y nos veamos obligadas a aceptaros para mantener nuestra reputación, pero te aseguro que yo no lo haré por gusto —dijo mientras caminaban hacia la enorme puerta dorada—.

Si fuera por mí jamás aceptaría tu mano y después de ver cómo habéis destruido a esa muchacha mucho menos.

—Aceptó este matrimonio, sabía muy bien lo que hacía —dijo entre dientes.

No pudo disimular su desprecio. —Ahora no solo eres cruel sino también estúpido.

Sabía que no se casaría con el hombre que amaba y te aceptó a ti porque su padre la presionó.

Estoy segura de que fue un alivio no compartir tu lecho y que sintió la pequeña esperanza de ver, aunque fuera de vez en cuando a tu mejor amigo, por eso se casó contigo.

La gran puerta se abrió. —Preciosa, todo esto lo hice por salvar a Cameron.

—A veces el fin no justifica los medios —dijo entre dientes—. Te agradezco que salvaras a mi hermano, pero todo el dolor que vino después no tiene justificación. Podías haber hecho esto de mil maneras distintas y elegiste la peor.

Sus padres llegaron ante el trono e hicieron una reverencia ante su majestad que estaba pálida y era evidente que no estaba de buen humor.

Pero lo que la sorprendió aún más fue que Carlton estaba de pie a su lado mirando hacia ellos.

Su amigo asintió mirando a Dalbert y ella temiéndose lo peor preguntó a su primo —¿Qué has hecho?

—Preciosa déjame a mí e intenta comportarte como la Vivianne que eras antes de todo esto, ¿de acuerdo? Aquella que era tímida y apocada en público, ¿la recuerdas?

Ella jadeó y la reina miró directamente hacia ella. —Condesa apártese —dijo la reina Victoria—. Estoy deseando conocer a su hija.

Sus padres se apartaron y Dalbert dio un paso hacia ella poniéndose ante el trono. Vivianne hizo una profunda reverencia. —Su majestad…

—Levántese milady, no estoy para irme por las ramas.

—Siento que no se encuentre bien, majestad.

El conde se acercó y puso a su hija justo a su lado. Esta hizo una reverencia muerta de la vergüenza y el rostro de la reina se suavizó. —Eleve esa barbilla, milady. No tiene de qué avergonzarse.

Prudence sollozó tapándose el rostro con las manos y Carlton apretó los labios dando un paso hacia ella, pero la reina levantó una mano impidiéndoselo. —No duque, no se acerque a ella.

Esa frase puso en tensión a su primo que la miró asombrado. —No, no me mires así, lo que ha ocurrido en estas familias es intolerable y eso que seguramente solo sé la mitad de la mitad —dijo molesta—. Duque póngase al lado de su cómplice.

—Pero…

Carlton parecía de lo más confundido. —¡Ahora! —ordenó la reina—. ¡Y más le vale que no me mienta más!

Él muy tenso bajó los tres escalones y se colocó al lado de Dalbert, que apretó los puños sabiendo que aquello no acabaría bien. Victoria sonrió. —Deben pensar que soy estúpida, caballeros.

—Ni se nos ocurriría pensar algo así, prima —dijo Carlton muy tenso.

—Prima muy lejana, y ha abusado en exceso de esa gota de sangre que compartimos.

—Miró hacia ellas y al ver la confusión en sus rostros la reina sonrió con tristeza.

—Siento deciros que los hombres en los que confiabais os han manipulado.

—Miró a Prudence. —Primero tu padre da tu mano a un hombre que no te ama y no te quiere en su vida, un hombre que traicionó a su prometida de varias maneras y después cuando fue tu marido te manipuló para que esa mujer volviera a su vida. —Miró a Vivianne. —Tú.

—Sí, majestad.