Capítulo 8
El trayecto a Londres estaba siendo horrible.
Llovía tanto que los caminos estaban inundados y dos veces los hombres tuvieron que bajarse para empujar el coche porque las ruedas habían quedado hundidas en el barro.
Vivianne medio tumbada en el asiento frente a ellos estaba incomodísima, pero no podía quejarse porque el doctor estaba empapado, al igual que Galbert que iba en el pescante con el conductor y el duque ni siquiera tenía ropa decente para no pasar frío.
Fueron las cuatro horas más incómodas de su vida y eso sin mencionar que el doctor no dejaba de hablar de enfermedades y operaciones que hasta le revolvían el estómago.
Se notaba que estaba entusiasmado con su profesión.
Estaba siendo tan crudo con los detalles que hasta Elva tuvo que carraspear de vez en cuando.
—Perdone si soy tan pesado, milady. Pero la gente suele preguntar sobre esas cosas y solo quería entretenerla.
—Mejor dejemos el resto de la conversación para cuando me visite en casa del conde —dijo desfallecida.
—Claro, en casa de sus padres… Es que esto usted no lo sabe, pero en mi última visita a casa de sus padres me exalté un poco.
—¿Se exaltó? ¿Por qué?
—Me dieron tanta rabia los comentarios que había sobre usted en la ciudad y sabiendo que todo había sido provocado por la inconsciencia de sus padres y su prometido, se me fue un poco la lengua.
Le miró divertida. —¿Y qué les dijo exactamente?
Él se lo contó y Vivianne rio por lo bajo pensando en la cara que habría puesto su padre.
—Es usted muy amable, doctor. Gracias por su defensa.
—Miró por la ventanilla pensando en ello.
—Pero después de lo que me ha contado, veo que yo también he cometido errores.
Nunca debí comprometerme con Carlton, porque no le amaba, así que debo ser muy cauta antes de mi siguiente paso.
Stephen parecía preocupado. —¿Me está advirtiendo? Claro, es culpa mía, mi comportamiento ha sido impropio.
—No, claro que no.
—Disculpe, milady, pero si me está advirtiendo debo decirle que no tiene que hacerlo, sé que no me ama, y yo no aspiro a conseguir su amor.
No pudo disimular su sorpresa. —Ah, ¿no?
—Pues no, no solo somos de mundos distintos, sino que ni muerto viviría como usted y usted jamás podría vivir como yo. Aunque sí siento que me gustaría conocerla mejor, aunque solo sea como un futuro amigo…
No pudo evitar mirarle con sorpresa. —No pide mucho, milord.
—Sé que después de todo lo sucedido debe estar confusa, que querrá esconderse de los hombres y de cualquier tipo de compromiso presente o futuro, lo comprendo perfectamente y es una reacción natural a los últimos acontecimientos.
—Sonrió de manera encantadora. —Además yo tampoco la amo, milady, ¿cómo voy a hacerlo si no la conozco?
Pero sí me agrada mucho lo que ya conozco de usted y me gustaría conocer mucho más.
Si me da permiso para visitarla lo haré con gusto.
—¿Como amigo? —preguntó asegurándose de que no se hacía ilusiones.
—Como amigo.
Vivianne sonrió. —Gracias Stephen.
—Es un gusto, Vivianne. —Miró por la ventanilla y suspiró del alivio. —Menos mal, ya hemos llegado a la ciudad. Siento este viaje tan accidentado y lo incómoda que ha estado.
Se sonrojó porque se había dado cuenta. —No diga eso, solo puedo agradecerle su amabilidad.
Se la quedó mirando y ella se sonrojó. —¿Qué está pensando, doctor?
—Debo confesar que por impulso le he dicho cosas al duque de las que me arrepiento.
—¿De veras? ¿Qué tipo de cosas?
—Le he insinuado que pensaba conquistarla, pero le juro que solo lo hice por fastidiarle.
Sonrió maliciosa. —Eso debió sentarle muy mal.
—Y también le he dicho algo que puede enviarme a la cárcel.
Vivianne perdió la sonrisa de golpe. —¿No será lo de su título?
—Exactamente milady, mi padre era leñador.
—Oh, Dios mío, ¿pero cómo se le ocurre?
—Es que me di cuenta de que él pensaba que yo no era suficiente para usted y mi orgullo habló por mí.
—¡Pues claro que es suficiente! Si me interesara, claro, que…
—Chasqueó la lengua. —No vuelva a mentir, doctor.
Cuando tenga un minuto aclararé esto con Dalbert y asunto olvidado.
Oh, Dios mío, como se entere alguien que sepa la verdad de sus orígenes, puede estar en graves problemas.
No se preocupe, que yo me encargo de todo.
Él sonrió. —Pondré mi reputación en sus manos.
—Diré que fue un malentendido. Usted estaba enfadado por mi situación, cosa que le agradezco mucho y alguien debió oír mal la conversación que tuvo con el duque.
Pensativo se la quedó mirando. —Esto es muy interesante, milady.
Todo lo que ha sucedido esta noche, donde no me he creído una sola palabra de las explicaciones del duque y donde yo también he mentido como un bellaco, me ha hecho darme cuenta de que cualquier hombre estaría dispuesto a mentir por usted, milady.
Se puso como un tomate. —Exagera.
—No, hablo más en serio que en toda mi vida. —Suspiró. —Hace que los hombres quieran protegerla.
—Pues le aseguro que no hago nada porque eso pase —dijo muy incómoda.
—No me malinterprete, no la estaba culpando. Usted no tiene responsabilidad en las acciones de los demás. Lo que se me ha pasado por la cabeza, es qué haría un hombre que realmente quisiera conquistarla. Da miedo pensarlo, ¿no? Supongo que estaría dispuesto a mentir como un bellaco.
Se le cortó el aliento por lo que acababa de decir.
—Cuidado, amiga, ese hombre estaría dispuesto a dejarse la vida por conseguirla. —El coche giró entrando por la parte trasera de la casa y el doctor sonrió. —Fin de trayecto.
—Gracias, Stephen, me ha dado mucho en lo que pensar.
La puerta se abrió de golpe y allí estaba Dalbert con cara de pocos amigos. —Vamos, tienes que estar agotada.
La cogió en brazos antes de que pudiera impedirlo y ella gimió de dolor al apretar su muslo. —Lo siento, preciosa.
—No pasa nada. ¿Vendrás a revisarme, Stephen?
—Por supuesto Vivianne, mañana mismo estaré aquí.
Ella sonrió antes de que la metiera en casa. —¿Ahora le llamas por el nombre? —preguntó Dalbert enfadado—. Le has dado muchas confianzas a ese medicucho.
—Déjalo ya, ¿quieres? —Apoyó la mejilla en su hombro. —Estoy cansada para discutir contigo.
El rostro de Dalbert se suavizó y el mayordomo se le acercó de inmediato. —Gracias a Dios que han llegado, mis señores pensaban que se habían fugado.
—Avise al conde, rápido.
—A ver cómo le explicas esto a mi padre…
—A ver cómo se lo explicas tú, preciosa. Yo solo te seguí.
Entonces pensó en lo que le había dicho Stephen y mirando su perfil mientras subía las escaleras se dio cuenta de que todo lo que había hecho era porque quería estar a su lado, todas las mentiras, las trampas, la declaración de Carlton, su chivatazo a la prensa, todo había sido para que ella no se casara con otro.
¿La pregunta era por qué? Porque habían mentido tanto cuando él ya estaba casado, a no ser que pensara deshacerse de su esposa desde el principio, por supuesto.
Separó los labios de la impresión porque las mentiras habían empezado hacía meses.
Desde el principio… —Dios mío ¿qué has hecho?
Él dejándola sobre su cama la miró sin comprender. —¿Qué?
—¿Qué le hiciste a lady Prudence?
Dalbert se tensó en el acto. —No sé qué quieres decir.
—Te habían obligado a casarte con ella, te conozco, tú no te quedarías de brazos cruzados. ¿Qué hiciste? —Se apoyó en sus manos para sentarse mirándole espantada. —No habrás mentido respecto a su embarazo, ¿no es cierto?
—Preciosa no sé por qué has pensado esas cosas…
—¡Será porque no dejas de mentirme!
Sus padres llegaron en ese momento para escuchar —Será porque me pusiste de cebo a tu mejor amigo para que creyera que me amaba y así que no me casara con otro.
—¿Qué has dicho? —preguntó su padre espantado.
—Sí, padre, ¡le hizo ir a Italia a conquistarme!
Dalbert se tensó. —Así que lo sabes.
—¡Como también sé que todo fue una pantomima, su enamoramiento por mí fue planeado por ti de principio a fin!
¡Tú le dijiste que hablara con la prensa y lo contara todo para dejar en evidencia a lady Prudence y que yo rompiera mi compromiso con él!
Pero si hiciste eso con el fin de que yo no me casara con otro, fue porque tenías un plan y ese plan implicaba deshacerte de tu esposa.
¿Qué le has hecho? —gritó exigiendo una respuesta.
Él suspiró y miró al conde. —Lo siento, lo hice porque estaba furiosa y podía tomar una mala decisión.
—Hijo, llegaron a comprometerse —dijo entre dientes—. ¿Sabes las noches que he pasado sin dormir por esto? ¿El escándalo al que nos estás sometiendo?
—Era necesario, tío.
—¿Qué le has hecho a tu esposa? —gritó Vivianne—. ¿Es realmente tan bruja como nos has dicho? No, claro que no, tenías que justificar tus mentiras. ¿Qué le has hecho?
Apretó los labios. —Digamos que un par de noches bebió unas copas de vino que no le sentaron bien y se desinhibió con un amigo.
Jadeó llevándose la mano al pecho. —¿Compartió lecho con un amigo tuyo?
—Tenía que embarazarla. Y para que conste no se la forzó en ningún momento, porque yo sabía que Prudence se sentía atraída por él. Solo dejamos que sus instintos se desataran.
Con los ojos como platos Elva dijo —¿Con quién? ¿No será Cameron?
Todos miraron hacia él. —Pues no, fue Carlton.
—Oh Dios mío, no tenéis ningún escrúpulo —dijo impresionada—. Y por supuesto ella no recuerda nada.
—No.
—Pobre muchacha —dijo Elizabeth escandalizada—. Y ahora su reputación está por los suelos.
Carraspeó. —Eso no es problema. Carlton está dispuesto a pedir su mano, lleva enamorado de ella desde hace tres años. Teníais que ver como lloraba mi esposa al enterarse de vuestro compromiso. —Hizo una mueca. —Menudo disgusto se llevó.
Separó los labios de la impresión. —Dios mío, eres un genio. Después de todo el escándalo has conseguido forzar al conde a que acepte su mano, ¿no es cierto?
—Digamos que sus familias nunca se han llevado bien y yo sabía que Carlton estaba muy interesado en Prudence.
Cuando el conde me forzó a este compromiso, hablé con mi amigo y lo ideamos todo.
Ahora el conde estará encantado de que Prudence se case con el duque.
De hecho, él ya hablado con la reina para que solucione todo este galimatías.
—Hijo tienes una mente privilegiada —dijo Roger con admiración—. Por eso la reina quería ver a Vivianne.
Jadeó llevándose la mano al pecho. —¿Quería verme?
—Sí, cielo, envió ayer mismo una invitación al palacio de Buckingham. Dentro de tres horas deberías estar allí.
Chilló saltando de la cama. —Elva mi mejor vestido y un baño, que aún huelo a pescado podrido.
—¿Pero vas a ir? Estás herida —dijo Dalbert.
—Ni siete tiros me impedirían ver a la reina en persona.
Se acercó al tocador cojeando y se le cayó la manta mostrando que estaba en ropa interior. Su padre carraspeó. —Creo que esperaré abajo.
Elizabeth se acercó ansiosa. —¿Entonces vamos a ir?
—Por supuesto, madre, es una oportunidad única para hablar con ella. —Se puso unos pendientes cerca del lóbulo. —¿Qué opinas? Son los mejores que tengo.
—Te traeré los de esmeraldas.
—Gracias, madre. —Se volvió hacia Dalbert que parecía confundido. —¿Qué haces aún ahí? ¿No vas a cambiarte?
—Espera preciosa, que algo se me ha ido de las manos…
—Por supuesto que sí, la reputación de tu esposa está por los suelos, a ver cómo solucionas eso para que no tenga que ir con la cabeza gacha el resto de su vida. —De repente jadeó. —Lo de esos lacayos… ¿Cómo pensabas solucionar eso?
—Esas declaraciones nunca se hicieron a la policía, preciosa. Mentí.
Gruñó mirando a Elva que había sacado un vestido azul de muselina. —¿No hará demasiado frío para ese vestido? No, no quiero que piense que me lo he puesto porque es el mejor que tengo. El verde de seda que es de manga larga. Con las joyas de madre valdrá.
—Perfecto —dijo su doncella.
—Preciosa, te veo muy tranquila.
—¿Porque no me pongo a gritar como una loca por tus mentiras y tejemanejes? Será que ya me estoy acostumbrando —dijo irónica.
Él carraspeó. —Muy graciosa.
—Eso no significa que te haya perdonado, por supuesto que no.
Gruñó con disgusto. —Lo suponía.
—Yo lo he pasado mal con todo esto, pero no me quiero ni imaginar cómo lo ha pasado tu esposa.
Sin saber con quién había compartido lecho…
Es horrible. Me moriría si estuviera en esa situación.
Y con ese padre que tiene. —Se le cortó el aliento volviéndose hacia él.
—Espero que te hayas asegurado de que la trata bien.
—Peter la adora, jamás le haría daño.
Suspiró del alivio. —Bueno, habrá que aclararlo todo ante la buena sociedad.
Frunciendo el ceño dio un paso hacia ella. —¿Cómo aclararlo todo?
—No como estás pensando, claro. Carlton no puede decir que ella bebió demasiado, quedaría igual de mal.
—Amiga, va a quedar igual de mal, le ha puesto los cuernos a su esposo y con su mejor amigo nada menos. Su reputación nunca se repondrá.
Fulminó a Dalbert con la mirada. —¡Mira lo que has hecho!
Dalbert carraspeó. —Te olvidas de que ella dijo que sí a esta boda.
—¡Porque pensaba que nunca se casaría con Carlton!
—¡Pero dijo que sí!
—Mira, ahora no quiero discutir contigo. ¡Iremos a ver a la reina a ver qué dice y después decidimos como arreglar este desaguisado que habéis montado entre tu amigo y tú!
—¿Y si la reina pregunta de quién es el niño?
Le miró fijamente. —Diremos la verdad, a ver por dónde van los tiros.