Capítulo 7
Después de cerrar la herida, el doctor le hizo un gesto al duque para que salieran de la habitación mientras el doctor del pueblo y Elva se encargaban de la paciente.
—¿Qué opina, doctor?
—Opino que me han mentido —dijo muy serio—. ¿Un asalto? ¿Y nadie se dio cuenta de nada? ¿No gritó el cochero? ¿Me toman el pelo? Aquí están pasando cosas muy raras.
—No sé qué decirle. Si quiere, puede tocar el chichón que tengo en la cabeza.
—No ha sido un robo y pienso informar de esto al alguacil.
El duque se tensó. —¿Duda de mi palabra?
—La verdad, sí. ¿Y sabe por qué dudo? Porque milady lleva en el índice un anillo que cuesta una fortuna, ¿acaso los asaltantes no lo vieron?
—Es evidente que no.
—No me haga reír, duque. Es otra de sus artimañas que han afectado a milady, como lo de su compromiso y todo lo demás, como si lo viera.
Dalbert apretó los labios. —Muy bien, puesto que soy consciente de que sus mentiras pueden afectar a Vivianne y a su reputación, le voy a hacer una pregunta, ¿cuánto quiere por cerrar la boca?
El médico levantó una ceja. —Veo que nos vamos entendiendo. Quiero que se aleje de ella.
Entrecerró los ojos. —Eso no va a pasar. Vivianne es mía, lo ha sido desde hace años y eso no cambiará.
—Usted no le conviene, duque, ¿o no se ha dado cuenta? Desde que rompieron su compromiso casi se muere, tiene dolores de cabeza insoportables, la han humillado ante toda la ciudad y ahora le han disparado. ¿Hasta dónde va a llegar?
—Hasta donde haga falta para que vuelva a mi lado, para que vuelva a amarme como antes.
Stephen Clayton sonrió con ironía. —Eso no va a pasar.
—¿Y usted qué sabe? —preguntó entre dientes.
—Milady ha cambiado, cualquiera puede darse cuenta de ello, las circunstancias y sus intrigas la han hecho madurar. Necesita otro hombre en su vida.
Dalbert separó los labios empezando a comprender. —No me haga reír.
El doctor sonrió. —No ponga esa cara, duque, aquí donde me ve puedo aspirar a su mano, soy nieto de un conde y heredero de su título.
—Aléjese de ella —dijo entre dientes.
—Eso es lo que pensaba hacer, pero al parecer el destino la ha puesto en mi camino de nuevo y ahora ya no pienso renunciar a ella. Me necesita, necesita a alguien que la proteja de usted.
Volvió a entrar en la habitación dejándole con la palabra en la boca y Dalbert juró por lo bajo volviéndose.
La dueña de la casa le miraba con los ojos como platos y el duque carraspeó.
—Está enamorado de ella y se inventa historias para dejarme mal.
¡Dice que no hubo asalto, ja! No verían el anillo.
—Claro que sí excelencia, sino la dama no iría en paños menores por esos caminos.
—Está enamorado y se imagina cosas.
La mujer asintió vehemente, pero Dalbert vio en sus ojos que no se había creído una palabra y era porque el doctor había dado argumentos más que plausibles para desmontar su mentira.
Iba a entrar en la habitación de nuevo con la intención de no quitarle el ojo de encima a ese medicucho cuando la mujer carraspeó.
—Creo que su presencia en esa habitación ya no es necesaria con dos doctores dentro, excelencia. ¿Le gustaría tomar un té?
No podía llevarle la contraria en su propia casa. Se volvió para mirarla. —Es muy amable, me sentaría de maravilla.
—Claro, como está empapado… ¿Sabe duque?
Otra cosa que no cuadra en su relato es que no ha llovido en toda la noche.
Busque una excusa en lo que llega el alguacil.
—De repente sonrió. —Pero tranquilo, que yo le ayudaré a encontrar ese motivo, por cierto, soy la señora Gardiner.
Mi marido era militar, venga, venga que le cuente. Fue un héroe.
Horas después estaba a punto de dormirse mientras esa mujer, que obviamente había descansado durante toda la noche, no dejaba de parlotear sobre las batallitas de su Henry.
Cuando se abrió la puerta sobresaltándole, se levantó de inmediato para ver que en la cama Vivianne sonreía con cara somnolienta.
Se acercó a toda prisa pasando ante lord Clayton que sonreía irónico y se sentó a su lado cogiendo su mano. —¿Cómo te encuentras?
—Muy bien, casi no me duele. El doctor tiene unas manos milagrosas.
—Es por la medicación que le he administrado, milady, pero gracias de todas formas.
Le sonrió. —No se quite méritos, milord.
—Así que ya lo sabes —dijo entre dientes.
—¿No es loable que un hombre que puede vivir cómodamente, dedique su vida a salvar la de los demás? —dijo con admiración—. Con todas las enfermedades peligrosas que hay por ahí… Es un hombre con un corazón enorme.
—Es muy amable, milady. Y debo decir para que todos lo sepan, que es mi mejor paciente.
Soltó una risita. —No mienta doctor, nunca le hago caso.
—Pero ha aprendido la lección, ¿no es cierto?
—Absolutamente, a partir de ahora seré muy dócil en sus manos. Me dedicaré a descansar y a no meterme en líos.
—La vigilaré de cerca —dijo mirándola de una manera que la sonrojó.
Dalbert entrecerró los ojos. —Muy bien, nos vamos.
Le miró sorprendida. —¿Ya tienes transporte que nos lleve a Londres?
—No, pero lo conseguiré enseguida —dijo antes de besarle la mano con ansias y levantándose—. Volando estarás en tu casa.
Elva levantó una ceja. —¿Y si quién usted sabe está buscando a quién usted sabe?
—No buscan a nadie. ¿No ves que no han llamado a ningún médico?
Los dos doctores volvieron la cabeza hacia él, que carraspeó. —Cosas nuestras.
—No duque, cosas suyas, a milady no va a meterla en esto. —La miró a ella. —Si me permite puedo llevarla a Londres, mi coche está fuera y pensaba regresar hoy a la ciudad, no será ningún inconveniente llevarla.
—Oh, doctor, es tan amable… —Sonrió radiante. —Estoy lista para cuando quiera irse, no quiero entretenerle más con todas esas vidas que tiene que salvar.
—No me entretiene en absoluto. Partiremos después de que comamos un buen desayuno. —Miró a la mujer que estaba en la puerta sin perder detalle. —¿Sería tan amable?
—Por supuesto milord, mi cocinera ya lo está preparando.
—Muchas gracias por su ayuda —dijo Vivianne desde la cama—. Personas como usted hacen que crea cada vez más en la bondad humana.
La mujer se sonrojó de gusto. —Es un placer ayudarla. Mi marido era militar, ¿sabe? Del séptimo regimiento.
—Otro héroe, siento su pérdida.
—Ya hace muchos años que nos dejó, pero fue el gran amor de mi vida y siempre le tengo muy presente —dijo con orgullo.
—Como se merece, estoy segura.
—Iré a ver cómo va ese desayuno, milady tiene que recuperar fuerzas.
En ese momento llamaron a la puerta y el doctor Potter cogió su maletín. —Ese aviso es para mí, estaba esperando que me llamara una parturienta.
—Gracias por su ayuda, doctor.
—Ha sido un placer. —Miró a Stephen y le tendió la mano. —Espero volver a verte por aquí muy pronto.
—Vendré, amigo. Ha sido un placer visitarte. —Se apretaron la mano sonriendo.
—Hasta la próxima. —El doctor inclinó la cabeza hacia el duque y hacia milady antes de salir.
—Qué hombre más agradable —dijo ella sonriendo a su doctor—. Necesitamos médicos así en Londres.
—Nunca se irá de aquí, aquí vive su esposa y son muy felices.
—¿Y usted doctor, está casado? —preguntó coqueta haciendo que Dalbert la fulminara con la mirada.
—Pues no, pero no pierdo la esperanza de que una mujer tan maravillosa como usted algún día me guiñe el ojo —dijo divertido.
Ella se lo guiñó con descaro haciéndole reír por lo bajo mientras Dalbert no salía de su asombro. —Vivianne, ¿qué haces?
—Nada.
—¿Nada? ¡Le has guiñado el ojo! —exclamó indignado.
—Por supuesto que no, eso me convertiría en una descarada y no lo soy. ¿A que no, Elva?
Esta que había estado en una esquina escuchando atentamente contestó —En absoluto, milady.
El doctor rio por lo bajo. —No, milady no es descarada en absoluto. Iré a hablar con mi cochero para decirle que somos dos más.
—¿Cómo que dos? —preguntó el duque asombrado.
—Entiéndalo excelencia, milady debe tener la pierna estirada, usted no cabe en el coche.
—Iré en el pescante —dijo entre dientes—. Alguien de la familia debe acompañar a mi prima.
—Si es lo que quiere… Por mí me parece bien. —Entonces se escuchó un trueno. —Parece que va a llover.
—Me da igual —dijo entre dientes.
—Perfecto. Enseguida estoy con usted de nuevo, milady.
—Gracias, doctor.
Se fue de la habitación cerrando la puerta y Dalbert la fulminó con la mirada. —¿Estás flirteando con él?
—¿Yo? ¿Por quién me tomas? Las damas no flirteamos, duque.
—¿Estás intentando poner distancia entre nosotros? —Ella le miró sin comprender. —Siempre me llamas por mi título cuando estás enfadada. ¿Y la pregunta es por qué estás enfadada cuando te acabo de salvar el pellejo?
Tendría cara. —No estoy enfadada.
—Elva déjanos solos.
—Ni hablar, mi señora es soltera y usted… Bueno, en realidad no sé si usted está casado, soltero o es un simple truhan, así que de aquí no me muevo, que le veo a usted muy suelto.
Vivianne reprimió una sonrisa mirándole con cara inocente.
Estaba tan frustrado que parecía a punto de pegar cuatro gritos, pero no podía, por supuesto.
—Preciosa… —dijo con voz suave sentándose a su lado.
Cogió su mano y se la besó—. Me acaba de dar la sensación de que te sientes atraída por el doctor.
—Bueno, es muy atractivo con ese pelo castaño y esos ojos negros que le hacen parecer tan masculino. Además, tiene planta, ¿verdad que sí, Elva?
—Como diría mi madre está para comérselo, milady —dijo hurgando en la herida pues el duque la miró como si quisiera cargársela.
—Y es tan amable… —Suspiró ilusionada. —Y tan eficiente en su trabajo, eso es admirable…
—¿De veras me estás diciendo eso? Hace unas horas me besabas como si fuera el único hombre de la tierra.
Se sonrojó con fuerza y elevó la barbilla. —Me besaste tú. Y debo decir que no fuiste nada delicado.
—Que no fui… Preciosa… —dijo a punto de estallar.
—No quiero hablar más contigo de esto, Dalbert. Además, estoy convaleciente, ¿es que no tienes ni un mínimo de sensibilidad por mi estado? ¿Quieres alterarme?
—No, preciosa, no quiero alterarte.
Le miró fijamente a los ojos. —Mira, quiero ser franca, si antes te besé fue por las circunstancias.
—Las circunstancias.
—Claro que sí, nos habían secuestrado, temía por mi vida y era una situación excepcional, pero ahora estamos a salvo y me viene a la memoria todo lo que ocurrió en el pasado que no pienso mencionar. Pero eso no significa que lo haya olvidado. ¿Me he expresado con claridad?
Dalbert muy tenso dijo —¿Eso significa que no piensas perdonarme?
Le miró con horror. —¿Perdonarte? ¿Perdonar al hombre que me traicionó? Por supuesto que no. ¿Quién me dice que no vuelvas a hacerlo en el futuro?
—Lo hice por Cameron.
—Creo que me traicionaste en otras ocasiones. Como con esa amante tuya, ¿o acaso también la has olvidado? Porque es evidente que olvidaste nuestro compromiso cuando te convenía para estar con ella. Estabas ligado a mí y me ignoraste para estar con otras mujeres, ¿qué clase de hombre hace algo así?
Dalbert volvió la vista hacia Elva mirándola como si quisiera matarla y la doncella sin intimidarse levantó la barbilla. —Me debo a ella.
El duque al darse cuenta de que estaba casi como al principio, apretó su mano antes de mirarla a los ojos con decisión. —No pienso rendirme.
No pudo evitar que su corazón saltara en su pecho. —Pues deberías, pienso casarme y no será contigo. Ahora déjame sola con Elva, ¿quieres? Necesito que me asee el resto del cuerpo.
—Sí, amiga, todavía hueles a pescado podrido.
Jadeó. —¿Crees que se habrá dado cuenta el doctor?
Dalbert furioso salió de la habitación cerrando la puerta con una fuerza que la sobresaltó. —Menudos humos.
—Sí amiga... —dijo Elva—. Pero tú se los bajarás.
—Eso no lo dudes.