Capítulo 6 #4
—De acuerdo —dijo sin discutir advirtiendo con la mirada a Elva para que hiciera lo mismo.
De repente llegaron a un claro y allí había un carro lleno de heno que iba tirado por dos mulas. Qué casualidad. —Mira cielo, podemos coger eso.
—Estaba pensando lo mismo —dijo corriendo hacia el carro.
—Vamos, vamos, antes de que llegue el dueño —dijo Elva subiéndose a la parte de atrás. Ayudó al duque a que la subiera y Vivianne se acomodó en la paja mientras él corría al escalón y se subía en la parte de delante cogiendo las riendas. —¡Agarraos! —Agitó las riendas con fuerza. —¡Ja! ¡Ja!
Las amigas se miraron a los ojos y Elva gritó —¡Dese prisa duque, sangra mucho!
Él agitó de nuevo las riendas y salió del campo para entrar en un camino de tierra. —¡Ja, ja!
—¿Queda mucho para el pueblo? —preguntó Vivianne.
—No, preciosa, en unos minutos estaremos allí. —Miró sobre su hombro. —¡Elva apriétale la herida!
Elva lo hizo y al ver que daba un respingo susurró —Será cabrón, en lugar de llevarte a la casa de su compinche, donde estarías más cómoda hasta que llegara el doctor...
—Shusss, paciencia amiga, la venganza hay que servirla fría. ¡Ay! —gritó de manera exagerada. Hizo que sollozaba—. Duele.
—¡Aprieta Elva!
—¡Eso hago, excelencia!
Fueron dando botes todo el camino porque aquel carro no estaba hecho para ir tan rápido. Vivianne tuvo que agarrarse varias veces a los tablones que retenían la paja en el carro porque a punto estuvo de salir disparada.
—¡Ahí está el pueblo! —chilló Elva loca de contenta—. ¡Nos salvamos, Viv!
—Sí, nos salvamos —dijo como si estuviera aliviada.
En cuanto entraron en el pueblo varios salieron de sus casas para mirarles. El duque gritó pidiendo la ayuda del doctor y saltó del carro mientras dos muchachos salían corriendo para avisarle. Una mujer se acercó y al ver la pierna llena de sangre dijo —Métala en mi casa, milord.
—Gracias —dijo él cogiéndola en brazos—. Ahora te atienden, preciosa.
Sollozó y ni supo cómo hizo para que le salieran dos lágrimas de verdad e incluso se deslizaran por sus mejillas. Sería de la rabia que la estaba recorriendo porque no lo entendía.
—¿Qué les ha ocurrido? —preguntó antes de abrir la puerta de una habitación mostrando una pequeña cama.
—Nos han asaltado, nos lo han robado todo. Hasta los vestidos les han quitado cuando estaban inconscientes.
—Dios mío, es que ya ningún lugar es seguro.
—Y que lo diga, buena mujer.
—Herviré agua y traeré unos paños.
—Es muy amable —dijo Vivianne. La verdad es que la herida empezaba a asustarla de veras, ahora que ya había descendido la adrenalina empezaba a darse cuenta de la situación en la que se encontraba y sin poder evitarlo estiró la mano que él cogió al instante. —Dalbert…
—Te pondrás bien.
Más le valía que se pusiera bien, porque como se quedara coja por sus tejemanejes, le iba a hacer la vida imposible hasta que el señor le llamara para enviarle de un puntapié al infierno por mentiroso y cabrito.
Entonces escucharon a alguien hablar al otro lado de la puerta y esta se abrió mostrando al doctor Clayton que se detuvo en seco al verles. —No me lo puedo creer.
Ella se sonrojó. —Doctor, qué sorpresa.
—Para sorpresa la mía, milady —dijo acercándose a toda prisa.
—¿Les conoces, amigo? —preguntó un hombre que entró tras él.
—Soy el médico de la familia Merfield en Londres. Milady, le aconsejé ir al campo, pero no para esto. —Se sentó a su lado y sin perder el tiempo apartó la venda para mostrar la herida. —Amigo hay que operar, debemos sacarle la bala cuanto antes.
El otro médico no perdió el tiempo y abrió su maletín dándole instrucciones a la señora que tan amablemente les había ayudado.
—¿Qué ha pasado? —preguntó el doctor.
—Veníamos de camino a ver a un amigo y nos asaltaron —dijo Dalbert antes de que nadie pudiera abrir la boca—. En realidad estábamos dormidos en el carruaje.
—Nos debieron golpear en la cabeza —añadió Vivianne—. Cuando nos despertamos estábamos tirados en la cuneta, nos habían dejado en ropa interior —dijo como si estuviera asombrada.
—Seguro que su vestido es lo bastante caro como para que lo puedan revender. ¿Y su cochero?
—No sabemos dónde está —dijo Dalbert—. Y el carruaje tampoco. ¿Es grave?
—Milady ya ha pasado por mucho como para que se deje vencer por esto, ¿verdad lady Vivianne?
—Apueste por ello, doctor.
Mientras el otro médico se acercaba a él con instrumental, Vivianne levantó la vista hacia Dalbert que parecía realmente nervioso. —¿Puedo hacer algo?
—No excelencia, será mejor que espere fuera. —El doctor Clayton miró a Elva que estaba muy preocupada. —¿Te impresionará la sangre?
—No, pídame lo que necesite.
—Perfecto. —El doctor miró a Vivianne sonriendo. —Bueno, es hora de echar un sueñecito. —Alargó la mano y el otro médico le tendió un paño. —Nos veremos enseguida.
Asintió cerrando los ojos. Eso sí que la asustó, pero un segundo después sintió el paño sobre la nariz y la boca, por lo que aspiró el aroma que en apenas unos instantes la durmió bajo la atenta mirada de Dalbert, que no se había movido de la habitación.