Capítulo 6 #2
Le dio un pisotón con saña. —¡Te lo rogué! ¡Te rogué que no te casaras, que me amaras! ¿Y qué haces tú? ¡Casarte con esa zorra! —Se puso a arrearle patadas y Elva loca de contenta porque al fin conseguía desquitarse agarró el muslo del duque y le arreó un buen mordisco.
—¡Elva para!
—¿Qué hace, eh? ¿Qué hace? ¡No lo veo!
—¡Suéltame el pelo!
—¡Ni se te ocurra volver a acercarte a mí! —Se agachó de golpe desapareciendo dentro del barquito. —¡Elsa, detente, le vas a arrancar la carne!
—¡Tenía que haber mordido en otro sitio y asunto acabado! ¡No toque más a mi señora!
Dalbert suspiró del alivio mirando la casa y entonces entrecerró los ojos. —Amigo, te has pasado de la raya. —Se apoyó con ambas manos en la cubierta del barco y salió de un salto. —Vamos preciosa, hay que regresar a Londres.
—¿Estamos muy lejos? —preguntó alargando la mano.
—A unas dos horas en carruaje. —La cogió subiéndola a su lado y después ayudó a subir a su doncella. —Contigo ya hablaré después —dijo entre dientes.
Elva le sacó la lengua con descaro y Vivianne reprimió la risa por la cara que puso él, que no estaba acostumbrado a que la gente le tratara así. Pero decidió pasarlo por alto y el duque se acercó a la popa. —No hay timón.
—No encuentro remos ni nada por el estilo —dijo Elva.
—No querían que si salíamos llegáramos a la orilla. Habrá que nadar.
Ambas parpadearon y Vivianne se miró su vestido de viaje de terciopelo. —No puedo nadar con esto puesto.
—Pues quítatelo. Vamos, rápido.
Ninguna de las dos se movió y Viv levantó la barbilla como toda una dama. —¿Y después ir por ahí en ropa interior? ¿Ha perdido la cabeza, duque? —Se sentó con la espalda muy recta en el primer sitio que encontró. —Yo me quedo aquí hasta que venga Carlton y me rescate.
—¿Rescate? ¡Te ha secuestrado! ¿Crees que vas a salir de esta con vida?
—Quizás tú no, pero a mí no me hará daño, me ama.
—Preciosa, no vuelvas a decir eso… —Se pasó la mano por su espeso pelo negro y la miró fijamente. —Tú vienes conmigo, como si tengo que arrastrarte hasta Londres.
Entrecerró los ojos. —No te atreverás.
—Preciosa, ya me odias, todo lo demás ya no me importa. —La cogió en brazos haciéndola gritar de la sorpresa y la lanzó al agua. Elva jadeó acercándose al borde y ambos parpadearon porque no salía. —¿El vestido pesará tanto mojado como para hundirla? —preguntó él.
—¡Por supuesto que sí! ¡Cómo se nota que no los lava usted!
¡A por ella! —Le pegó un empujón que le tiró al agua.
Inquieta se apretó las manos porque no salían ninguno de los dos y entonces escuchó los ladridos de unos perros.
Con los ojos como platos miró hacia atrás y vio varios faroles descendiendo por los jardines e iban hacia allí.
—¡Vamos, vamos, nos vienen a cazar como a conejos!
¡Vivianne! —En ese momento emergieron y Vivianne tosió con fuerza demostrando que había estado a punto de beberse medio lago.
—Gracias a Dios. —Se arrodilló en el borde agarrando uno de sus brazos. —¿Estás bien?
—Este cabrito… —dijo entre dientes.
—Ya le darás su merecido después, tenemos que irnos —dijo apurada.
Sujeta al borde de la barcaza la miró sin entender.
—¡Nos van a cazar como a los zorros!
El duque rasgó el vestido de Vivianne por detrás y esta abrió los ojos como platos. —¿No se habrá atrevido? —Miró sobre su hombro. —¡Dalbert!
—Vamos, preciosa, llegan los perros.
—¿Perros? —preguntó asustada, a toda prisa se sacó el vestido por los brazos y este se deslizó por su cadera por su propio peso.
Miró hacia arriba y Elva ya estaba en ropa interior dispuesta a tirarse, mientras su duque tiraba del vestido por sus caderas y desataba sus faldones.
Su peso los deslizó hacia abajo mientras su amiga se tiraba y cuando Elva salió a la superficie empezó a nadar a toda prisa. —¡Espérame!
—¡Date prisa, ya vienen!
—Vamos, preciosa. —Vivianne empezó a nadar detrás de Elva sin saber muy bien a donde se dirigían mientras Dalbert nadaba tras ella. Asustada porque eso de los perros no le gustaba nada, miró hacia atrás. —¡Nada más rápido! —gritó tras ella.
Nadó lo más rápido que pudo y cuando llegó a la orilla lo hizo sin aliento.
Salió del agua de rodillas y tuvo que tomar aire durante varios segundos.
El ladrido de los perros le hizo levantar la vista hacia su izquierda.
Dalbert la cogió por la cintura levantándola.
—No hay tiempo para descansar. —La puso en pie. —¡Corre Elva!
Los tres corrieron entre los árboles sabiendo que se jugaban el cuello. ¿Es que Carlton había perdido la cabeza? Miró hacia atrás, parecía que se estaban alejando de ellos. Se detuvo soltando su mano.
—No, no… Vamos, preciosa han ido hacia el barco, pero no tardarán en darse cuenta de que no estamos allí.
Intentando respirar asintió y se enderezó. Él miró hacia sus pechos que se veían perfectamente porque la tela de su ropa interior era muy fina, al contrario de la de Elva, que jadeó cuando vio como mostraba su cuerpo, incluso su sexo. —Dios mío… —Elva intentó cubrirla. —Estás casi desnuda.
—Déjate de tonterías, tenemos que buscar un sitio donde encontrar ropa para vosotras, si continuamos así se helará.
Sonrojada asintió porque no le quedaba más remedio que continuar hasta encontrar algo que ponerse encima. Dalbert entrecerró los ojos. —Creo recordar que el pabellón de caza no estaba muy lejos de aquí. En el salón había mantas. Pasamos allí una noche ante la chimenea.
Caminaron lo más rápido que pudieron y empezó a amanecer. Vivianne estaba helada y se hizo daño en el tobillo al tropezar con una rama, pero no dijo nada porque los demás estaban igual y no solucionaría nada. —¡Allí! —gritó Elva corriendo hacia el pabellón.
—Vamos, preciosa, ahora entrarás en calor.
—Tenemos que irnos de inmediato. Si nos buscan a caballo no tendremos ninguna posibilidad.
Dalbert apretó los labios llegando hasta la vieja puerta de madera que obviamente estaba cerrada con llave. Elva frotándose los brazos susurró —No podremos entrar, es muy gruesa, parece hecha en la Edad Media.
El duque alargó el brazo y pasó los dedos por encima del marco de piedra haciendo caer unas hojas. Cuando les mostró la llave casi gritan de la alegría. —¿Cómo sabías que estaba ahí?
—Cuando vivía el padre de Carlton veníamos a menudo, aquí teníamos intimidad.
—Abrió la puerta y esta crujió al abrirse.
Cuando entraron fue evidente que allí no habían limpiado en años y Dalbert frunció el ceño.
—Qué raro, antes estaba impecable. De hecho, era muy acogedor.
—Fue hasta los sofás de cuero y agarró una de las mantas sacudiéndola con fuerza mientras se acercaba a ella.
—Lo siento, preciosa, pero es lo que hay.
Forzó una sonrisa. —Está bien.
Elva ya se estaba cubriendo sola y puso los ojos en blanco antes de mirar a su alrededor. Vio un cuchillo sobre una mesa y lo cogió a toda prisa para sujetárselo a la pierna con la liga. —Yo me llevo esto y a quien se me acerque le destripo vivo —dijo con cara de loca.
—Buena idea…
El duque fue hasta un viejo baúl y lo abrió mostrando armas muy antiguas. Sacó un hacha encorvada y Vivianne dijo —A ver si te cortas un pie o algo así…
—No pensaba llevar esto. —Lo tiró a un lado y cogió unos mosquetones. —Son viejos, pero funcionan.
—¿Estás seguro? —preguntó acercándose y cogiendo uno.
Él asintió sacando una bolsa de pólvora. —Ya los he probado.
—Venías mucho, ¿no?
—Un par de veces al año, desde antes de que mis padres murieran.
—Dios mío, ¿desde cuándo sois amigos?
—De toda la vida. Mis padres… —Apretó los labios. —Eran amigos, muy buenos amigos. De hecho, cuando tomaron la decisión de que no tuviéramos un tutor en casa, nos enviaron a Eton juntos para que no nos sintiéramos tan solos.
—¿Y cómo es que nunca le llevaste a casa? ¿Cómo no le conocí?
—Cuando murieron mis padres solo le veía en Londres de vez en cuando, aunque siempre que nos encontrábamos era como si no nos hubiéramos separado.
Al morir su padre él asumió también responsabilidades y estaba menos en Londres.
Yo también compré la casa cerca de Merfield Hall, fueron un cúmulo de circunstancias que nos fueron alejando poco a poco.
—La vida os separó.
—Digámoslo así.
Se le quedó mirando. —No le dijiste lo de nuestro compromiso, ¿perdiste la confianza en él por alguna razón?
Dalbert apretó los labios. —Preciosa…
—Cuéntamelo, tengo derecho a saberlo.
—Digamos que una mujer tuvo que ver. Éramos muy jóvenes y en aquel momento su mayor afición era poner los ojos en la mujer que me interesaba. Era como un juego, así que por precaución nunca se lo dije.
Palideció. —Dios mío, en Italia fue a conquistarme a propósito, ¿no? Era vuestro juego y yo era tu prima. Eso sumado a que le dije lo de nuestro compromiso aumentó su interés en mí.
—De hecho —dijo Elva—, ahí empezó a decir que estaba enamorado de ti. Maldito loco, ¿qué se propone?
—No lo sé. —Dalbert se acercó con la pólvora y las pistolas a la mesa. —Y en este momento no quiero averiguarlo, la verdad, solo quiero llevaros a casa. —Cargó las pistolas con unos balines que ella no había visto y cuando las tuvo listas las miró. —Nos vamos, no podemos perder el tiempo.
—¿Pero a dónde vamos? —preguntó Elva.
—Habrá que ir hacia el camino que lleva al pueblo, a ver si tenemos suerte y pasa alguien que pueda ayudarnos. El camino está bordeado por árboles, podremos escondernos si vemos algo extraño.
Vivianne hizo una mueca porque no llevaba calzado como para caminar millas y millas.
Sin decir nada fue hasta la puerta y tiró de la argolla mirando a Dalbert.
—Esperemos que haya suerte. —Abrió la puerta y Dalbert levantó el arma apuntándola directamente.
Gritó agachándose y Dalbert disparó dejándola atónita.
—¿Estás loco? —Miró hacia la puerta donde había hecho un buen agujero.
—¡Cierra! ¡Elva carga la pistola!
Cerró de golpe mientras su amiga hacía exactamente lo que había hecho él. Dalbert muy tenso movió el brazo apuntando a las ventanas.