Capítulo 6
La despertó el olor, un olor nauseabundo que la estremeció de arriba abajo.
Vivianne gimiendo abrió los ojos y se asustó porque no había luz, además sintió que su vestido estaba húmedo.
Acercó su mano mojada a la nariz y olió, el olor a pescado podrido casi la hizo vomitar y reprimió una arcada sentándose de golpe.
Su cabeza chocó con algo dándose un buen porrazo y gimió llevándose la mano a la frente.
Escuchó un gemido y alerta volvió la cabeza hacia su derecha. —¿Quién está ahí?
—¿Vivianne?
—Dios mío, Elva. —Alargó las manos. —¿Dónde estás? ¿Dónde estamos?
Su amiga gimió. —Lo último que recuerdo es que cerré los ojos en el coche de alquiler. Debí quedarme dormida. —Gimió de nuevo. —Pero por el chichón que tengo en la cabeza, es obvio que me han pegado un porrazo para que no me despertara.
—A mí no me han pegado.
Su amiga gruñó. Vivianne se puso a cuatro patas. —No te levantes, aquí casi no hay altura.
—¿Dónde estamos?
—Eso me gustaría saber a mí, aquí huele fatal. —Palmeó el suelo para acercarse a su voz y su mano chocó con algo que la hizo chillar de miedo.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Hay algo en el suelo.
—Habrá ratas, estamos en la bodega de un barco.
Parpadeó. — ¿Y eso cómo lo sabes?
—Nos movemos, Vivianne.
—¿De veras? Debo ser una marinera nata porque ni lo he notado.
—Se mueve más que un barco grande —dijo su amiga acercándose.
Vivianne fue a su encuentro y ambas alargaron la mano tocando algo de tela en el suelo. —¿Qué es esto? —preguntó Elva.
Entrecerró los ojos palpando hacia su derecha. —¿Será comida? Parece un jamón. —Alargó más la mano y palpó más hacia la derecha apretando. —Parecen pelotitas, creo que hay dos. Y algo blandito encima.
—¿A ver? —Sus manos se tocaron y palparon a la vez. —Lo que yo estoy tocando no es un jamón, milady —dijo Elva—. Esto es, a ver como lo digo… Un miembro viril, milady.
Chilló apartando las manos. —¿Qué?
—¡Estamos palpando a un hombre muerto! ¡Y digo muerto porque después de manosear ahí tanto, eso tenía que estar duro como un garrote! Ay, madre, ¡ay, madre, dónde estamos!
Vivianne palpó más intentando averiguar quién era. —¿Será el cochero?
—El cochero es el que nos ha traído aquí. Ese hijo de puta, como le vuelva a ver la cara…
—Igual es este. —Palpó su camisa y entrecerró los ojos.
—Esta tela es de calidad, es como las camisas de padre.
—Se acercó más a él y palpó su rostro, pero entonces llegó hasta ella el aroma de su piel y su corazón se sobresaltó.
—¿Dalbert? ¿Dalbert eres tú? —Se agachó a toda prisa para ver si sentía su aliento y al sentirlo muerta de miedo gritó —¡Dalbert!
—¿El duque? ¿Es el duque? ¡Mierda, nos ha seguido!
Frenética pasó las manos por su rostro. —Vamos primo, despierta.
—Arréale un tortazo, a veces eso funciona.
—¿Cómo le voy a arrear un tortazo a una persona inconsciente, Elva? —Se acercó a su boca y su mejilla rozó sus labios. Al sentir su aliento cerró los ojos. —Ni se te ocurra morirte, ¿me oyes? —dijo muy asustada antes de mirar a su alrededor—. Tenemos que salir de aquí.
—Sí, para caer al mar.
—¿Qué está pasando?
—Que nos han secuestrado, Vivianne, ¿no es evidente?
—Oye guapa, que esto es culpa tuya, ¿por qué te dormiste?
—Teniendo en cuenta que cuando pillaron a tu duque estaba muy despierto, creo que eso hubiera dado lo mismo, hermosa.
—Es cierto… —Entrecerró los ojos. —¿Crees que venían a por nosotros? El duque de Pulford... ¿Crees que es cosa suya?
—Ahora somos sus enemigos, puede ser.
—Dios mío, vamos a morir.
Elva jadeó. —¿Quieres dejar de ser tan catastrofista?
—Tienes razón, vamos a buscar una salida.
Las dos se pusieron a palpar las paredes de manera frenética y Elva dijo —Creo que no se ve nada por las ranuras del techo porque aún es de noche.
—No se oye a nadie pisando por encima, ¿eso no es raro? Alguien tiene que llevar el barco.
Elva pensó en ello escuchando atentamente los sonidos del exterior. —No estamos en puerto, no se oye nada. En el puerto incluso de noche se oye algarabía por los marineros que van o vienen de sus barcos después de divertirse en las cantinas. Pero aquí no se oye nada.
—¿Qué insinúas? ¿Que estamos en alta mar? ¿Que nos han dejado a la deriva?
—No sé… Pero esta barcaza no es muy grande, apenas diez pasos de un lado a otro, si hubiera alguien arriba hace rato que nos hubiera oído y algún paso hubiéramos oído nosotros.
Entonces a Vivianne se le pasó una idea por la cabeza. —¿Y si nos están remolcando?
—Como vimos aquella vez en el puerto de Cerdeña cuando hicimos aquel viaje con tu tía…
—Exacto. ¿Y si nos están llevando a sabe Dios donde, sin que la tripulación del barco que nos remolca se entere o pueda intervenir?
—¿Crees que aunque alguno se entere nos ayudaría? Vivianne, eres muy inocente.
Se mordió el labio inferior. —¿Entonces qué hacemos?
Escucharon un gemido y ambas miraron hacia el suelo. —¿Dalbert? —Se acercó a su rostro. —Dalbert, ¿estás bien?
—¿Viv? —Gimió incorporándose y su cabeza chocó contra el techo. —Joder.
Ella hizo una mueca. —¿Cómo nos has encontrado?
—Entré en tu habitación y no había nadie. Después de haber leído tu carta fui al puerto directamente y os vi. Un hombre os bajaba desmayadas del coche de alquiler. —Juró por lo bajo como si algo le doliera. —Me arreó alguien por detrás cuando corría a ayudaros.
—Así que son dos —dijo Elva.
—¿Dónde estamos?
Vivianne le palpó el pecho para llegar a su cabeza. —Creemos que estamos en una bodega de un barco o algo así. ¿Te han hecho mucho daño?
Gruñó cogiéndola por la pechera del vestido y acercándola a su rostro provocándole un vuelco al corazón. —Preciosa…
—¿Sí? —preguntó sin aliento sintiendo el suyo.
—No vuelvas a escaparte. —La besó ansioso entrando en su boca y Vivianne gimió de gusto cuando sintió su lengua tocando la suya. Fue tan sorprendente y agradable que tuvo que apoyarse en sus hombros saboreando su boca tímidamente al principio.
Elva frunció el ceño escuchando —¿Os estáis besando?
Él se apartó de golpe con la respiración agitada y Vivianne aún atontada por su beso no pudo responder. —Busquemos la manera de volver a casa —dijo él con la voz enronquecida.
Elva jadeó. —Duque, ¿ha besado a mi señora?
Viv sonrió como una tonta, pero luego se dio cuenta de lo que había hecho y jadeó. —¿Cómo te atreves?
—Preciosa, antes no protestabas tanto. —Se puso de rodillas y palpó el techo. —Busquemos la trampilla, hay que salir de aquí.
Todos se pusieron a palpar y Vivianne pasando las yemas de los dedos por los tablones sintió un corte en el tablón, no era el primero que encontraba, pero sí el primero que tenía una continuación con el siguiente tablón.
Siguió el corte hasta llegar al final y se dio cuenta que continuaba hacia el otro lado.
—Aquí. Es aquí. Creo que he llegado a la bisagra.
—Perfecto. —Dalbert se acercó a ella y tocó sus manos para tocar las bisagras. —Apártate, voy a golpearla.
—Pero te oirán.
—Ahí arriba no hay nadie.
—Pero pueden estar remolcándonos —dijo Elva—. Si es así nos oirían desde el otro barco.
—Hay que arriesgarse, van a matarnos.
A Vivianne se le cortó el aliento. —¿Y por qué iban a querer matarme a mí, si puede saberse?
—Será porque mi esposa sabe que quiero casarme contigo. De hecho, lo sabe toda la ciudad gracias a tu prometido.
—Exprometido, como tú.
—Preciosa, no empecemos. —Golpeó con las dos manos y se escuchó algo metálico al otro lado. —Hay un candado.
Elva pensó en ello y de repente se agachó tocando el suelo. —Aquí hay más agua.
Vivianne se llevó la mano al pecho. —¿Crees que quieren ahogarnos?
—No entra muy rápido, pero esto tiene más agua. Abra esa trampilla, excelencia.
Él dio otro golpe. —Es lo que estoy intentando —dijo con esfuerzo.
Vivianne se agachó y empezó a palpar el suelo. —Antes sentí algo parecido a un tubo de hierro, Elva ayúdame a buscarlo.
Las dos palparon el suelo y cuando Elva movió la mano de un lado a otro chocó con él haciéndolo rodar. —Aquí —dijo agarrándolo y tendiéndoselo al duque.
—Esto nos vendrá de perlas —dijo él antes de empezar a golpear las bisagras.
Un tornillo cayó sobre la falda de Vivianne. —Vas muy bien, sigue así.
—Ten cuidado con los ojos, no mires hacia arriba, preciosa.
—Y a mí que me den.
Él rio por lo bajo. —Elva, ¿quieres bajar la mirada para que no te caiga una astilla en un ojo y te quedes tuerta?
—Lo haré, gracias, excelencia.
Ambas agacharon la mirada mientras él no dejaba de dar golpes. Entonces algo cayó sobre los rizos mojados de Vivianne. Llevó la mano allí y tocó la bisagra. —¡Has quitado una!
El duque golpeó la trampilla una y otra vez y de repente esta saltó dejándoles ver la luna llena. Dalbert sacó la cabeza y juró por lo bajo.
—¿Qué? ¿Dónde estamos?
—No te lo vas a creer.
Le agarró por la cinturilla del pantalón para ponerse en pie y sacó la parte superior de su cuerpo para ver árboles, un montón de árboles rodeándoles. —Es un lago.
—Preciosa vuelve a meterte para que pueda salir.
Sin hacerle caso volvió la cabeza para ver una gran casa, una casa enorme de estilo Tudor. —¿Qué?
—Bienvenida a Ostenford hall.
Dejó caer la mandíbula del asombro. —Me ha secuestrado mi prometido.
—Ex, exprometido, preciosa, que no se te olvide.
—¡Está mal de la cabeza!
—Empiezo a pensar que sí. Es evidente que vuelves locos a los hombres.
Ella sin aliento le miró a los ojos y Dalbert mirándola como si fuera suya se acercó, pero Vivianne se inclinó hacia atrás todo lo que pudo. —Aléjese, duque.
Dalbert gruñó. —¿Volvemos a las andadas?
—¿Cómo te atreves?
—Eso mismo me pregunto yo, cómo, pero me sale solo, será que me vuelves loco.
Se sonrojó de gusto. —Estúpido gañán, insensible de… ¡Mierda!
—Preciosa, ¿has dicho mierda?
—¡Es que me sacas de quicio! —Le agarró por el cabello con ambas manos y tiró con saña. —¡Déjame en paz, traidor de mierda!
—¡Preciosa, ay! ¡Me vas a dejar calvo!