Capítulo 5
En la cena no dejaba de dar vueltas a su pescado sin estar atenta a la conversación. Dalbert sentado ante ella la observaba mientras su tío decía —Así que lady Prudence se ha ido de casa.
—Ha vuelto a casa de su padre. Desde que dos de mis lacayos confesaron haber compartido su lecho ante la policía, ha cerrado el pico y decidió irse.
—¿Y su padre?
—Se presentó en casa esta tarde con una pistola. —Entrecerró los ojos cuando Vivianne ni le miró en ese momento.
—Oh, Dios mío… —dijo su tía muy preocupada—. ¿Intentó dispararte?
—Lo intentó, pero los lacayos le contuvieron. Vivianne, ¿te encuentras bien?
Miró hacia él como si nada. —Claro que sí.
—Acabo de decir que un hombre ha intentado matarme y no te has inmutado.
—Será que no me importa —dijo haciendo que todos la miraran sorprendidos mientras Dalbert se tensaba—. Será que padre tiene razón y ya no me importa lo que pase en esta familia. —Se levantó. —Si me disculpáis, voy a acostarme.
El conde a la cabecera apretó los labios con fuerza antes de mirar a su esposa que también estaba pasmada. —Al parecer no avanzamos con tu hija.
—¿Ahora es solo hija mía? —Le miró con rencor antes de levantarse también y salir del comedor.
El conde miró a su hijo y a su sobrino sin salir de su asombro. —¿Y ahora qué he hecho?
—Esto no va bien, tío —dijo Dalbert preocupado.
—¿No me digas? —Fulminó a su hijo con la mirada. —¿Ves lo que ocurre al compartir lecho con quien no debes?
—Lo sé de sobra, padre, llevo viendo el desastre que he provocado desde hace meses, no hace falta que hurgues en la herida —dijo antes de beber del todo su copa de vino.
Roger juró por lo bajo antes de volver la vista hacia su sobrino que aún miraba hacia la puerta. —¿Qué ocurre?
—No lo sé y no me gusta no saberlo —dijo preocupado—. Se está alejando de nosotros.
—Lleva haciéndolo desde hace meses.
—No tío, tú la obligaste a que se fuera, ahora se está alejando voluntariamente.
—Igual sí amaba a Carlton —dijo Cameron.
—Eso no lo digas ni en broma.
—Pues deberías considerarlo, sobrino. Al fin y al cabo, él siempre la trató bien, como se merece, y le dijo que la amaba, se hizo ilusiones como es lógico.
Dalbert gruñó haciéndole un gesto al lacayo para que sirviera más vino. Preocupado dijo —No me darán la anulación hasta que el tribunal resuelva este caso. Seguro que el conde de Pulford quiere llevarlo a juicio para intentar preservar el buen nombre de su hija.
—¿Preservar? —preguntó su tío irónico—. Lo del nombre de su hija ya no tiene arreglo y el suyo tampoco.
He leído el periódico y hubo más testigos del enfrentamiento de Cameron con el conde cuando este le retó a duelo, así que la buena sociedad ya sabe que llegasteis a un trato para evitar que le mataran.
Todos ya saben que te casaste por obligación con esa mujer, así que no se puede restituir su buen nombre por mucho que lo intenten.
—Les hizo un gesto al servicio para que abandonaran el comedor y lo hicieron de inmediato.
El conde apartó el plato apoyando los codos sobre la mesa.
—¿Seguro que esos lacayos corroborarán su declaración?
¿Les has dado bastante dinero para que sigan apoyándote? No sé si esto me gusta.
—¿Qué querías que hiciera, tío? Por mucho que la amenacé no quiso decirme el nombre de su amante. Y después de las declaraciones de tu hija a la prensa necesitaba amantes y cuanto antes.
—¿Son de fiar?
—Se criaron en la casa, tío. Los conozco desde siempre. Harían lo que fuera por mí.
Alguien jadeó y se volvieron hacia la puerta de servicio donde estaba Elva. —Hasta mentir, ya veo.
Dalbert se levantó tenso. —Algo tenía que hacer, tu ama dijo ante todos que tenía testigos cuando solo tenía la palabra de Prudence.
—Claro, como siempre lady Vivianne tiene la culpa de todo. —Miró al conde. —Venía a buscar a Luke, milord. Al parecer hay que llamar al médico, milady se encuentra muy mal.
Dalbert corrió hacia la puerta y subió las escaleras como una exhalación. Cuando abrió la puerta se la encontró de rodillas sobre la cama ya en camisón y con las manos en las sienes gemía como si le doliera muchísimo. —¿Preciosa? —Asustado se acercó a ella. —Viv túmbate.
Gimió inclinándose adelante y atrás. La condesa llegó en ese momento. —¿Qué ocurre?
—Le duele la cabeza. Vivianne, ¿has tomado el láudano?
Gimoteó agachándose más y se cubrió la cabeza con las manos con tal fuerza que los dedos se le pusieron blancos. Asustado se sentó a su lado. —Preciosa mírame. —Ella levantó la cabeza rogándole con sus ojos enrojecidos que la ayudara. —Tía, el láudano.
—Ya he tomado hace unos minutos —dijo antes de sollozar.
—Hija túmbate, tienes que darle tiempo.
Ella se dejó ayudar por Darlbert. —Eso es, preciosa. Cierra los ojos, enseguida hará efecto.
Gimoteó de nuevo y una lágrima rodó por su sien. Él la limpió con delicadeza sentándose a su lado. —Baja la luz de esa lámpara, tía.
Elizabeth se acercó de inmediato a ella y giró la rosca para bajar la intensidad de la luz hasta dejarles en penumbra. —Oh, mi niña —susurró la condesa con los ojos llenos de lágrimas.
Él le hizo un gesto para que no hablara. Elva entró en la habitación y se mantuvo en silencio observando. Vio la carta de despedida de su amiga sobre su escritorio y se le cortó el aliento, la muy loca no la había escondido. Se acercó como si nada, pero Darlbert la vio. —Elva baja a por agua.
—Sí, excelencia. —De espaldas al escritorio cogió la carta con las puntas de los dedos y dio un paso hacia la puerta, pero la carta cayó al suelo haciendo que se le detuviera el corazón.
Dalbert frunció el entrecejo mirándola. —¿Qué haces? Vamos, el agua.
—Sí, por supuesto. —Fue hasta la puerta mostrando la carta en el suelo y él la vio antes de seguir a la doncella con la mirada. La cara de angustia de la doncella le puso alerta y dijo —Elizabeth, ¿por qué no vas abajo para decirles que se pondrá bien?
—No sabemos si se pondrá bien —dijo apretándose las manos.
—Ya está mejor, ¿no lo ves?
—¿Eso piensas? Estoy muy nerviosa —susurró.
Vivianne volvió a gemir y se puso de costado dándole la espalda al duque. —Quiero dormir.
—Claro que sí, hija. En cuanto llegue el doctor dormirás todo lo que quieras. Dalbert baja tú.
Él asintió y se levantó de la cama, pero en lugar de salir cogió la carta y la volvió para leer: “A mi familia” . Apretó los labios saliendo de la habitación a toda prisa.
En cuanto llegó al pasillo abrió la carta desgarrando el sello y la leyó lo más rápido que pudo. Gruñendo volvió a entrar y cerró de un portazo sobresaltando a la condesa. —¿Pero qué haces, estás loco?
—¿Estoy loco? —Le mostró la carta a su tía. —Preciosa, ya puedes dejar de fingir.
—¿Qué? —Intentó abrir los ojos para mirarle sobre su hombro, pero el láudano le impedía casi abrirlos. Vio en su mano un papel. —¿Qué?
—¿Estás fingiendo para que creamos que estás drogada con láudano?
—No digas tonterías, sobrino, ¿es que has perdido la cabeza? Y deja de gritar, ¿no ves que le haces daño?
—¡Tía, tu hija pensaba escaparse! —Le mostró la carta. —¡Se iba a Italia esta noche!
Vivianne gimió cogiendo una almohada y cubriéndose la cabeza con ella como si no quisiera oírle. Elizabeth le arrebató la carta y leyó tan rápido como pudo. Cuando llegó casi al final, se llevó la mano al pecho de la impresión. —¿Mi Roger no compartió lecho con esa zorra?
Asombrado miró a su tía. —Tu hija se iba a escapar, ¿no crees que eso es más importante?
—Llevo casada casi veintiséis años, hermoso. ¡Cuando compartas tanto tiempo con alguien, veremos si te duelen los cuernos!
Ambos miraron a Vivianne y gritaron —¡Deja de fingir!
La puerta se abrió mostrando al doctor Clayton que asombrado preguntó —¿Se puede saber qué hacen?
—Doctor díganos si finge o no —dijo el duque.
—Ah, ¿qué puede fingir? —Se acercó a ella y Vivianne débil por el dolor abrió los ojos lo suficiente para que el doctor les mirara como si quisiera pegar cuatro gritos. —¿Me dejan a solas con mi paciente? Elva trae esa jarra de agua, milady está deshidratada.
—¿Cómo dice, doctor? —preguntó su madre preocupada.
—¿Ha bebido algo en todo el día?
Miraron a Elva que susurró —Esta mañana tomó un té, no comió nada en todo el día.
—¿Le has traído agua en algún momento del día? —preguntó Dalbert.
—No me la pidió y yo no me di cuenta de que no tenía.
—¿Es que acaso no se dan cuenta de lo que le ocurre a milady?
—preguntó el doctor furioso—. ¿No se dan cuenta de la presión a la que está sometida?
¿Tan poco les importa que no se dan cuenta si come o bebe?
¡Solo he tenido que echarle un vistazo para darme cuenta de que apenas bebe!
¡Sus labios se están agrietando! —dijo el doctor furioso—.
¡Está volviendo a pasar lo mismo que hace siete meses y lo están permitiendo!
—¿Cómo se atreve? —dijo Elizabeth ofendida—. ¡Yo cuido muy bien de mi hija!
—No me haga hablar, condesa —dijo haciéndola jadear—. Todo el mundo sabe lo bien que cuida de su hija, lo han leído en la prensa.
—No se crea todo lo que dice en la prensa, doctor —dijo el duque furioso—. Ahora revise a lady Vivianne, que es para lo que ha venido.
—Por supuesto que la revisaré, pero lo hago por ella no por usted —dijo con desprecio haciendo jadear a la condesa por su descaro—. Ahora salgan de la habitación.
Dalbert apretó los puños antes de mirar a Vivianne que tenía los ojos cerrados de nuevo. —Vamos tía.
Elizabeth sollozó. —¿Ese hombre ha dicho que esto es culpa nuestra? Es un dolor de cabeza, ¿cómo íbamos a provocárselo nosotros?
Cuando salieron de la habitación el doctor dijo por lo bajo —A veces creo que la gente es estúpida.
Vivianne apenas abrió los ojos para susurrar —No sea duro con ella, no sabe cómo comportarse conmigo.
El doctor sonrió con tristeza porque aun así les defendía. —¿Le duele mucho?
—Sí. —Él le masajeó las sienes y Vivianne suspiró de gusto. —Qué maravilla.
—En unos minutos la revisaré en condiciones para asegurarme de lo que le ocurre.
Aliviada por sus manos susurró —Haga lo que quiera conmigo, doctor. Pero quíteme el dolor.