Capítulo 4 #2
—No, padre, no entiendes, si me avergüenzo es porque mentí para forzaros a que aceptarais este matrimonio.
—Oh… Esa es una gran noticia, hija.
Le miró como si fuera un gusano y su padre se sonrojó. —Quería decir…
—¿Puedo retirarme, padre? Me duele la cabeza.
—Sí, por supuesto, llamaré al doctor.
—No es necesario, ya tengo láudano. —Salió del despacho y fue hacia las escaleras.
Su hermano la miraba desde la puerta del salón, ni se había dado cuenta de que estaba allí.
Apretó los labios viendo como su hermoso rostro había palidecido de nuevo.
Temió por ella. Le hizo un gesto a una doncella y cuando se acercó le ordenó —No te separes de la puerta de mi hermana por si necesita algo.
—Milord, Elva no me lo permitirá.
—¿Desde cuándo Elva da las órdenes en esta casa?
La doncella se sonrojó y él entrecerró los ojos. —¿Qué ocurre, Tabby? ¿Qué pasa con Elva?
—Tiene muchos humos, milord. Desde que regresó da órdenes a diestro y siniestro como si milady fuera la dueña de la casa. Y lo hace de una manera en la que nadie replica.
—¿Qué quieres decir?
—Hasta el señor Luke la atiende como si fuera el ama de llaves. No sé qué le enseñaron en Italia, milord, pero ahora es quien manda en la casa. Ni el mayordomo tiene más poder que ella.
Cameron no entendía nada, pero en ese momento Elva pasó por el hall y subió por las escaleras principales en lugar de las de servicio y lo hizo dirigiéndole una mirada de desprecio que le dejó atónito. —¿Ve lo que quiero decir? —susurró la doncella casi con temor.
—Esto es inaudito, ¿lo sabe mi madre?
—Discúlpeme milord, pero su madre nunca se ha ocupado mucho de la casa. Todo lo deja en manos de Luke y…
Cameron fue hacia las escaleras y dijo —Elva detente ahí, quiero hablar contigo.
La doncella se volvió en el piso de arriba levantando una ceja. —Tengo que hacer, milord.
—Me da igual, te esperas. —Subió a toda prisa y cuando llegó hasta ella siseó —¿Qué diablos estás haciendo? ¿Te las das de la señora de la casa? ¡Estás soliviantando al servicio!
—¿De veras? —preguntó como si le importara poco—. ¿A quién?
—A todos. ¿Pero quién te crees que eres?
—Nadie, milord, no soy nadie. Solo soy una simple doncella.
—Eso es lo que eres, así que deja de dar órdenes que no te corresponden.
—Eso mismo he dicho yo —dijo como si fuera idiota.
Cameron se sonrojó de rabia porque le trataba como si fuera estúpido y entrecerró los ojos. —Estás intratable desde que regresaste de Venecia, pero ya lo hablaremos esta noche.
Ella levantó la otra ceja. —Disculpe milord, entre mis atribuciones no está calentarle la cama, ya no.
Y si esta conversación era para intentar aproximarse a mí...
—Dio un paso hacia él mirándole con todo el odio del que era capaz.
—Aléjese todo lo que pueda, porque aún puedo irme de la lengua con todo lo que me contó en nuestros anteriores encuentros, como por ejemplo que Dalbert tenía una amante en esta ciudad antes de casarse y que su padre tiene otra.
Cameron palideció dando un paso atrás. —No serías capaz.
—Volver a hacer daño a mi ama y os juro por mi vida que será lo último que hagáis en esta ciudad. —Se volvió dándole la espalda y abrió la puerta de la habitación de su señora que estaba ante la ventana con la mirada perdida. —¿Lo has oído?
—Sí.
Elva hizo una mueca. —Lo siento, no quería hacerte más daño.
—No me lo habías contado.
—¿Que compartí su lecho? —Suspiró acercándose. —Parece que fue hace siglos.
La miró. —¿Le amas?
—La gente de mi clase no ama cuando se acuesta con su señor.
—Hizo una mueca. —O puede que algunas sí, pero solo son unas incautas que nunca llegarán a ningún lado.
Como mucho pueden tener uno de sus bastardos y quedarse en la calle con una mano delante y otra detrás.
—La miró con tristeza pues aún esperaba una respuesta.
—No puedo negar que tu hermano es muy atractivo y puede llegar a nublar el juicio cuando seduce a una mujer.
Pero no, no me permito amarle, siempre supe que me utilizaba.
Además, enterarme de lo de esa mujer, la condesa esa…
—Habla tu dolor, no tú. —Sonrió con ironía. —Vaya dos.
—Sí, vaya dos. Es evidente que no tenemos suerte.
Ambas suspiraron y miraron por la ventana. —Así que mi padre tiene una amante. Qué decepción, siempre creí que amaba a mi madre.
—Bueno…
Vivianne la miró. —¿Qué?
—Digamos que la tuvo poco tiempo. ¿Recuerdas cuando tu madre se fue al campo hace un año más o menos?
—Sí, cuando llegó dijo que estaba deseando verme.
—Pues al parecer en esta casa hubo una discusión enorme, porque descubrió que tu padre se había encontrado con otra mujer.
—Dios mío, ¿mi madre lo sabía? Tuvo que ser un golpe durísimo.
Elva soltó una risita. —En realidad no creo que hiciera nada, quería sentirse más joven y ella lo era. Le compró unos cuantos regalitos para metérsela en el bolsillo, pero nunca llegó a acostarse con ella.
—¿Y eso cómo lo sabes?
—Porque el servicio lo sabe todo. Mi prima Clare trabaja para ella y tu padre nunca llegó a subir al piso de arriba, no sé si me entiendes. Desde entonces tu madre le lleva como una vela, no puede ir a ningún sitio solo, ¿no te has dado cuenta?
—Pues no. ¿Y mi madre sabe que no pasó nada en realidad?
—No, ella piensa que le fue infiel.
—Dios mío… Pobre mamá, ha debido sufrir mucho.
—¿Se lo decimos?
Se mordió el labio inferior. —Sí, creo que sí, al menos será una alegría entre tanto disgusto. —La miró fijamente. —No se lo dijiste antes por lo que me hicieron, ¿no es cierto?
—No puedo negar que estaba furiosa con lo que estaba ocurriendo.
—Fue Cameron quien te habló del compromiso y de todo lo demás.
Asintió. —Siento habértelo ocultado, pero temía que preguntaras y pensaras mal de mí por compartir su lecho.
—En todo caso pensaría mal de él por aprovecharse de su estatus para seducirte, sabiendo que vuestra relación no llegaría a ningún sitio. —Miró hacia la ventana. —No reconozco a mi familia. No reconozco a nadie.
—¿Qué vas a hacer ahora?
—Me voy esta noche.
Separó los labios de la impresión. —¿Qué?
—Me vuelvo a Italia, mi tía me acogerá con gusto.
—Vas a huir en lugar de luchar.
—¿Luchar por qué? Ya no merece la pena luchar por nada. Ni Dalbert ni Carlton merecen la pena y necesito a alguien que me quiera —dijo casi con desesperación—. Que lo dé todo por mí.
Elva acarició su hombro. —Si alguien se lo merece, esa eres tú.
—¿Vendrás conmigo? —preguntó con los ojos llenos de lágrimas.
Su doncella asintió. —Contigo iré al fin del mundo.
—Pues te daré dinero para que vayas a por los billetes del barco que zarpa al amanecer y después prepáralo todo. Nos vamos en cuanto todos se retiren a sus habitaciones. Ya es hora de abandonar esta casa e Inglaterra para siempre.