Capítulo 4
Efectivamente en el periódico de la tarde salía la noticia, los cimientos del ducado Ravencord estaban resquebrajándose.
Y lo contaban absolutamente todo. Desde lo que ocurrió con Cameron en el duelo, dejándole como un cobarde, pasando por la boda hasta el puñetazo que el prometido de Vivianne le había propinado a su hermano, por lo que el compromiso pendía de un hilo.
Vivianne gimió dejando caer el periódico. —Dios mío…
—Sí, ahora ya no te casas —dijo Elva metiendo su ropa interior limpia en la cómoda—. Menudo escándalo que se va a formar. De hecho, hay periodistas en la puerta.
—¿Qué? —Corrió hacia la ventana y apartó la cortina para ver que era cierto. Cinco hombres estaban allí parados hablando entre ellos y riendo por lo jugoso que era el chisme. Vivianne entrecerró los ojos ocurriéndosele algo. —Elva…
—Dime.
—Saca el vestido lila, el del escote pronunciado.
—Hace demasiado frío para ese vestido.
—Da igual, es el que más enseña y mi vestido más elegante. —Se volvió. —Venga aprisa, no vaya a ser que se vayan a otro sitio.
—¿Qué estás tramando?
Sonrió. —Ya lo verás.
Abrió la puerta de casa y los periodistas miraron hacia allí dejando caer la mandíbula del asombro al ver a aquella hermosa dama que se acercaba con la cabeza muy alta. Les miró aparentando inseguridad. —¿Ustedes son periodistas?
—Sí, milady.
—¿Puedo hacer una declaración?
—Por supuesto —dijo uno de ellos ansioso.
—Mi nombre es lady Vivianne Merfield, soy hija del conde de Wensford.
Ellos apuntaban en sus libretitas a toda prisa. —Quería decir que todo esto me ha tomado por sorpresa. —Sorbió por la nariz como si estuviera disgustadísima. —Acabo de leer el periódico de la tarde y todo lo que se dice ahí es cierto.
La miraron con los ojos como platos antes de seguir apuntando a toda prisa.
—No sé cómo se ha enterado el periodista que ha publicado la noticia, pero le quiero decir a su informante que si quería dañar mi reputación y el buen nombre de mi familia lo ha conseguido.
Apenas se habla de cómo se han comportado el conde de Pulford y su hija.
Mala gente que se han aprovechado del amor que mi primo tiene por mi hermano, pues hizo todo lo posible por salvar su vida.
Nadie habla del sacrificio que hizo mi primo al tener que abandonar nuestro compromiso, cuando me enteré, entendí su propósito y lo acepté con naturalidad.
Pero jamás imaginé que alguien tan abyecto, tan ruin y tan maquiavélica como lady Prudence quisiera dañar aún más a mi primo, que todo el mundo sabe que es un hombre recto con una reputación intachable.
La humillación de decirle tan abiertamente que iba a tener que mantener a un hijo de otro hombre, le hundió en la más absoluta de las miserias y vino como no a desahogarse con su familia.
Le apoyamos en todo. Mi prometido, su mejor amigo, está de su lado absolutamente y le apoyará si este pleito llega a la corte.
Por mi parte solo puedo aconsejar a lady Prudence que conceda la nulidad del matrimonio a mi primo cuanto antes, para ahorrarse la humillación pública de tener que escuchar a sus amantes en el estrado. Es todo lo que quería decir.
—¿Su prometido considera que es el segundo plato?
—Yo jamás supe de mi compromiso con mi primo, pues mi familia esperaba a mi presentación para comunicármelo.
Me enteré después, cuando el compromiso con lady Prudence ya estaba anunciado.
En ningún momento creí que me casaría con mi primo hasta que me comunicaron nuestro compromiso fallido.
Eso mismo fue lo que le conté a mi prometido, que siendo amigo íntimo del duque nunca supo de ese compromiso.
—Sonrió con tristeza. —A veces se realizan este tipo de compromisos, no significa que siempre lleguen a realizarse.
Conocí al duque de Ostenford y pienso casarme con él.
Gracias por escucharme, señores. —Se volvió mientras ellos seguían haciendo preguntas, pero no contestó a ninguna otra entrando en la casa.
En el hall la esperaban sus padres de brazos cruzados y dijo irónica —De nada.
—¿Qué has hecho? —preguntó el conde entre dientes.
—Protegernos, la prensa es algo muy útil para poner a la opinión pública de nuestra parte, padre —dijo asombrándolos—. Además, tenía que hacer algo antes de que espantéis a Carlton del todo.
Su madre jadeó. —¿Piensas que hemos sido nosotros? ¡Nunca hablaría con la prensa!
Se detuvo en la escalera y se volvió para mirarles. —¿No os dais cuenta de que necesitamos a Carlton? —preguntó alterándose—. Es la baza que debemos mostrar a la corona para que se ponga de nuestro lado. Y si queréis que la imagen de Dalbert quede inmaculada, ya podéis apoyarme en esto.
—Nunca le perdonarás, ¿verdad? —preguntó su madre sintiendo pena por ella.
—¿Perdonarle? Me traicionó, madre. ¿Cómo puedo perdonar una traición del hombre que amaba más que a mí misma?
Me casaré con Carlton, no hay más que hablar.
Queráis vosotros o no esa boda se va a celebrar, es vuestra decisión acompañarme en ese momento o seguir dándome la espalda.
—Siguió subiendo las escaleras y su padre apretó los labios con fuerza.
—Oh, cielo, nunca le perdonará.
—Ni a nosotros tampoco, esposa. A nosotros tampoco.
Estaba desayunando sola en el comedor leyendo el periódico y sonrió antes de morder la tostada.
Los periodistas la habían dejado por las nubes, cómo se notaba que pocas damas hablaban con ellos.
La adoraban. Soltó una risita y volvió la hoja para seguir leyendo.
Vio un dibujo de lady Prudence con un baúl sobre la cabeza corriendo hacia un barco.
Se echó a reír a carcajadas y el mayordomo sonrió sin poder evitarlo. —Ay, Luke, tienes que ver esto.
—Lo haré, milady, más tarde lo haré.
—Después la recortas, quiero conservarla.
—Por supuesto, milady. Si quiere envío a por otro periódico.
Le miró maliciosa. —Hecho.
El mayordomo chasqueó los dedos y un lacayo corrió hacia la puerta de servicio. —Siempre tan eficiente, Luke.
—Usted que me mira con buenos ojos.
—Bien. —Cerró el periódico. —¿Quién ha sido?
La miró sin entender. —¿Milady?
—Alguien del servicio se ha ido de la lengua, ¿quién?
—Creo que los tiros van por otro lado, milady.
—Ilumíname, por favor.
Luke miró sobre su hombro y se acercó a toda prisa. —Creo, de hecho, lo creemos todos, que ha sido su excelencia quien lo ha contado todo.
—¿Dalbert?
—No, milady, su prometido.
Separó los labios de la impresión. —¿Por qué dices eso?
—Nuestra cocinera es prima de una de las doncellas más antiguas de la casa del duque, le ha dicho que cuando se fue de aquí después del puñetazo, se reunió con un hombre en su despacho y todos en la casa saben que es periodista.
No pudo evitarlo, se sintió traicionada. Su orgullo le había jugado una mala pasada y había cometido un error imperdonable. Muy tiesa dijo con la cabeza alta —Entiendo, amigo.
—Creo, que ha querido sacarlo todo a la luz para humillar a lord Dalbert. Se ha sentido rechazado por todos excepto por usted. —Hizo una mueca. —Hasta que le echó de casa, claro.
Aún impresionada dijo —Pero sus últimas palabras antes de irse, dieron a entender que no se rendiría.
—Y no lo ha hecho. Ha jugado sucio para dejar al duque como un cornudo, para humillarle ante sus ojos y que él quede por encima.
A saber lo que la gente está diciendo de lord Dalbert por ahí.
Nada bueno, seguro, de eso ya se ha encargado su mejor amigo.
No se equivoque, milady, un hombre despechado es muy peligroso.
Lord Carlton creía que había perdido y quiso hacer daño.
Le apuesto una libra a que aparece por aquí en menos de una hora.
En ese momento sonó la campanilla y ella se levantó de su asiento.
—Ya abro yo —dijo sintiendo que la ira la recorría de arriba abajo.
El mayordomo sonrió ligeramente viendo cómo iba hacia la puerta como si fuera a la guerra.
Abrió la puerta de golpe y Carlton sonrió de oreja a oreja con un ramo de rosas rojas en las manos—. Querida, cómo me alegro de verte.
—¿Fuiste tú? —preguntó como si nada.
—¿Cómo dices?
—¡Fuiste tú! —gritó haciendo que todos los periodistas les miraran—. ¿Tú me has humillado contando las miserias de mi familia a los cuatro vientos? —gritó mientras sus ojos se llenaban de lágrimas de la decepción.
Carlton palideció. —Cielo, no quería hacerte daño, solo pretendía…
—¿Qué pretendías, arrastrar mi nombre por el fango? ¿La reputación de mi familia? ¡O solo tenías celos de Dalbert y no te importaba lo demás con tal de hacerle daño! —Se quitó el anillo y sollozó tirándoselo. —¡Fuera de mi vista!
Cerró con tal fuerza que el llamador se elevó golpeándole en la nariz. Juró por lo bajo tapándose la cara y vio el anillo en el suelo. Se agachó para cogerlo y al volverse allí tenía a siete periodistas apuntándolo todo. Gruñó pasando entre ellos mientras le hacían mil preguntas. —¡Dejadme!
Se sintió tan decepcionada, tan sola que sollozó. Su mayordomo impotente vio cómo iba hacia el salón cerrando la puerta y su doncella a toda prisa entró tras ella para intentar consolarla. —Pobre niña… Ya no se fiará de nadie.
Su padre la mandó llamar y sabiendo lo que iba a decirle, casi arrastró los pies hasta su despacho. Llamó y el conde dijo —Adelante.
Abrió y entró cerrando a su paso. —¿Querías verme, padre?
Roger al ver sus ojos enrojecidos apretó los labios. —Me he enterado de lo ocurrido.
—Estarás contento.
—Pues la verdad es que no, si algo te hace daño no me alegro en absoluto.
Aunque no estaba de acuerdo con este matrimonio, no me alegro de que te haya traicionado.
—Vio como apretaba los labios como si no se creyera nada.
—Pero no es de eso de lo que quería hablarte.
Tu madre me dijo hace unos días que tú y él…
—Carraspeó como si estuviera muy incómodo. —¿Intimasteis?
Se sonrojó y agachó la vista avergonzada. El conde juró por lo bajo. —Entiendo.