Capítulo 2 #2
—Es evidente que ese hombre va a pedir tu mano, ¿acaso has perdido la cabeza?
—Es un partido muy aceptable, de hecho, es impecable, no creía que te molestaría.
—No me molestaría si le amaras. —Se adelantó cogiendo su mano. —¿Le amas?
Apartó su mano cortándole el aliento. —El amor está sobrevalorado, madre. Carlton será un buen marido, tiene el título, el dinero y padre no podrá rechazarle al ser miembro del parlamento y pariente cercano de la reina. Sería un escándalo rechazar al duque de Ostenford.
—Dejas a tu padre entre la espada y la pared.
Sonrió con ironía. —Padre estará aliviado de librarse de mí, madre. Si se lo he puesto muy fácil. Solo tiene que decir que sí y asistir a la boda. —Miró por la ventanilla. —Será la mejor boda de la temporada.
La condesa no se lo podía creer, aquella mujer no era su hija, era fría y calculadora.
—¿Qué te ha pasado en Italia?
La miró sin comprender. —¿Qué me ha pasado? He madurado, madre. ¿No era lo que queríais? Pues lo habéis conseguido. —Sonrió con maldad. —¿Acaso Carlton no es un buen partido?
—Sí, lo es.
—¿Entonces por qué pones tantas pegas? Os ahorraréis la presentación. Ya que es tan horrible estar en mi presencia y que soy tan difícil de soportar, deberíais estar contentos.
—Hija, no has entendido nada.
—No, madre, por supuesto que lo he entendido.
En el momento en que más os necesitaba, en el momento en que estaba rota de dolor porque me quitasteis a mi marido, decidisteis echarme de vuestra vida para que me las arreglara sola y saliera adelante.
Pues es lo que he hecho —siseó con rabia—.
Y a Carlton no me lo vais a quitar, ya me he asegurado de ello.
Su madre palideció. —No.
Sonrió divertida. —Dile a padre, que si no quiere un escándalo, acepte esta boda.
Atónita miró a Elva, que sonrió elevando la barbilla orgullosa de su señora, porque durante esos meses los condes habían enviado dos cartas. Dos malditas cartas que solo habían hecho llorar a Vivianne. Jamás se imaginó que los condes trataran así a su hija y estaba muy orgullosa de ella.
—No le ama.
—Condesa, ¿y usted eso cómo lo sabe? ¿Será por todo lo que ha hablado con su hija en estos meses? ¿Por todo lo que le ha escrito?
Impaciente le preguntó a su hija —¿Le amas? ¡Contéstame!
—No —respondió como si nada.
—Hija, un matrimonio sin amor solo te dará disgustos.
—Creo que ya tengo el cupo de disgustos lleno, madre. No te preocupes.
Impresionada por su frialdad no supo qué decir y cuando llegaron a casa la condesa casi saltó del carruaje para entrar en casa como una exhalación.
—Al parecer se ha tomado muy bien la noticia —dijo a Elva con ironía.
Soltó una risita. —Nunca la he visto correr tanto.
Bajó del carruaje y le dijo al lacayo —Cuidado con el baúl granate.
—No se preocupe, milady.
Se agarró las faldas y subió los escalones para entrar en casa. Se estaba quitando el sombrero cuando apareció su padre muy apurado con su madre detrás. —Hija, bienvenida a casa.
—Gracias, padre. —Puso la mejilla para que le diera un beso, en lugar de abrazarle como siempre había hecho cuando él regresaba de un viaje.
Roger se tensó y la besó en la mejilla. Vivianne sonrió fríamente y miró a su alrededor, el naranja de las paredes le llamó la atención de inmediato.
—Madre al parecer has estado ocupada, ¿nueva decoración?
—Solo hemos cambiado el papel —dijo muy nerviosa.
Rio por lo bajo. —Pues es horrible.
El conde carraspeó. —Hija, ¿pasamos al salón? Estarás deseando tomar un té.
—Pues no mucho, padre, estoy cansada. ¿Te importa si me voy a mi habitación?
Confundido negó con la cabeza. —No, claro que no.
—Ha sido un viaje muy largo y me duele la cabeza.
Elizabeth preocupada dio un paso hacia ella. —¿Todavía tienes dolores de la cabeza?
—Vienen y van, madre, pero nunca se van del todo. Elva…
—Enseguida le preparo el baño, milady.
Alejándose dijo —Uff, lo estoy deseando, ha sido un viaje larguísimo.
—Enseguida subo.
El conde atónito miró a su esposa. —¿Quién es esa mujer? ¡No se parece en nada a mi hija!
Elva soltó una risita porque no habían visto nada. Cuando se repusiera del viaje, iban a ver de verdad la dama que la tía Rosanne había instruido durante su estancia.
Bajó a la hora del té, hermosa con un vestido de tarde en seda verde pálido con encajes de Bruselas cayendo desde los codos y su hermoso cabello recogido en la nuca, dejando caer dos rizos sobre la piel de alabastro de sus hombros.
Escuchaba a gente hablar en el salón y caminó hacia allí de lo más calmada.
Carlton se levantó de inmediato. —No se puede estar más hermosa.
Vivianne alargó la mano y él se la besó ansioso. —Es maravilloso levantarse de la siesta con esos cumplidos —dijo coqueta. Sonrió fríamente a su hermano que estaba de lo más incómodo—. Pero si está aquí el futuro conde. —Se acercó a él. —¿No tienes nada que decirme?
La besó en la mejilla. —Bienvenida a casa.
—No, esta no es mi casa —dijo como si nada—. Siempre sentiré que Merfield Hall es mi hogar, aunque tengo la sensación de que nunca más volveré.
—Milady no diga eso, iremos a la casa de campo de sus padres cuando usted quiera —dijo el duque dejándolos a todos de piedra.
—¿Así que ya está decidido? —Aparentando ilusión miró a su padre. —¿Ya habéis hablado?
Roger carraspeó. —El duque ha pedido tu mano, pero le he dicho que debía hablarlo contigo primero.
Sonrió a Carlton. —Si pides mi aprobación padre, te la doy. Deseo casarme con él.
Carlton la miró como si fuera suya y alargó la mano que ella cogió de inmediato. A regañadientes el conde siseó —Pues entonces que así sea. —Se levantó y dijo —Felicidades.
—Gracias, padre —dijo con ironía antes de besar a su prometido en los labios frente a todos.
Su madre jadeó de la sorpresa, pero Vivianne no se detuvo hasta que consideró que les había escandalizado lo suficiente.
Al volverse con una sonrisa en los labios, sus ojos se toparon con los de Dalbert que estaba en la puerta del salón y no podía estar más sorprendido.
—¡Pero si está aquí mi primo! —dijo como si estuviera encantada—.
Has llegado en el momento justo. —Cogió del brazo a Carlton que la miraba enamorado.
—Te presento a mi prometido. —Soltó una risita. —Aunque ya le conoces.
Dalbert muy tenso miró a Carlton. —¿Prometido?
—Oh, amigo, qué alegría verte. Cuando me habías hablado de tu prima, no me imaginé que era tan maravillosa. —Le abrazó loco de contento y Dalbert la fulminó con la mirada. —¡Maravillosa y mía! —Se apartó para cogerla por la cintura.
Ella sonrió mirándole encantada. —Toda tuya. —Volvió la cabeza hacia Dalbert para mirarle con cinismo. —¿Estás contento, primo? Ahora tu amigo entra en la familia.
—Muy contento —dijo entre dientes.
—Oh, ¿tu esposa no ha venido? —preguntó estirando el cuello para mirar tras él.
—No se encuentra muy bien.
—Vaya, espero que no sea nada —dijo Carlton.
—Un resfriado nada más.
—Sentí mucho no poder ir a vuestros esponsales. —Vivianne dramática suspiró. —Pero no me encontraba bien después de mi desafortunada caída.
—Todavía sufre dolores de cabeza terribles, ¿verdad palomita?
—Terribles. —Sonrió a su prometido. —Pero cuando estás a mi lado me siento mucho mejor.
Dalbert cogió su mano y la besó enamorado como si no pudiera dejar de tocarla.
—Si me disculpáis… —Les rodeó para ir hacia el conde. —Tío, ¿podemos hablar en privado?
Roger suspiró levantándose. —Por supuesto.
—¿Pero os vais ahora? —preguntó ella como si estuviera sorprendida—. Hay que hablar de la boda y poner una fecha que nos venga bien a todos. —Miró directamente a su primo. —No quiero que falte nadie.
Él apretó los labios. —Creo que esa conversación podrá esperar —dijo entre dientes.
Miró a su prometido como si estuviera confundida y Carl le hizo un gesto sin darle importancia. —No sé qué le pasa, antes de irme de Londres estaba también de muy mal humor. Al parecer el matrimonio no le ha ayudado a endulzar el carácter.
Sonrió encantada. —Eso no nos pasará a nosotros, querido.
—Por supuesto que no, palomita.
Le cogió del brazo. —¿Quieres un té? —preguntó solícita—. ¿Dos terrones de azúcar?
—Me encantará, como todo lo que viene de ti.
Soltó una risita y después de servirle ella misma se sentó a su lado para ver frente a ella a su madre y a su hermano con caras de funeral. Hubo un tenso silencio y Carlton después de beber de su taza carraspeó. —Había pensado…
Los dos le miraron fijamente y su prometido se puso aún más nervioso, pero no iba a dejar que le intimidaran. —Di, cielo, ¿qué habías pensado? —le alentó.
—Pedirle a Dalbert que sea el padrino de la boda.
Separó los labios de la impresión. —¿No me digas?
—Es mi mejor amigo y…
—Cielo, tan buen amigo no puede ser, apenas os habéis escrito durante tu viaje.
—Él estaba de luna de miel y yo estaba contigo. —Rio por lo bajo. —Ninguno de los dos pensaba mucho en escribir.
Vivianne rio como si le hubiera hecho gracia, haciendo sonreír de gusto a su prometido que miró a Cameron. —No te importa, ¿verdad?
—En absoluto, Dalbert es como un hermano más.
—Sí —dijo ella retándole con la mirada—. Haríamos lo que fuera los unos por los otros.
—Eso está muy bien —dijo Carlton.