Capítulo 2
Quedaban dos meses para su presentación y estaba eligiendo las telas para sus vestidos nuevos, cuando Phill entró en el salón con una bandeja de plata en la mano. —Una carta para usted, conde.
Su padre sentado en su butaca, le hizo un gesto para que se acercara y su mayordomo lo hizo diligentemente. —¿De quién es?
—Del duque de Ravencord, milord.
El conde miró de reojo a su hija, que no mostró absolutamente nada en su rostro, es más le dijo a su madre —Esa no me gusta.
—¿Por qué? Es un encaje precioso.
—El encaje se engancha en todos los sitios, madre.
—Puede que tengas razón, esa noche debes estar cómoda.
Roger leyó la carta y apretó los labios antes de doblar la hoja. —¿Qué te dice Dalbert, padre?
Su padre miró a su esposa que asintió. —Es la invitación a su boda, hija. Nos invita a todos.
Sintió un nudo en la garganta, pero ya se lo esperaba. Eran su familia, era normal que esa invitación llegara, si no asintieran solo habría rumores. —Madre, ¿puedo hacerme un vestido para ese día? Por cierto, padre ¿cuándo será? ¿Tengo tiempo?
—Es dentro de un mes.
Vivianne apretó los labios. —Solo podré asistir a la iglesia —dijo irónica—. Es evidente que no quiere que me divierta en la fiesta posterior, pues aún no habré sido presentada para esa fecha y por lo tanto no podré asistir.
Sus padres no pudieron replicarle, porque nadie podía negar que lo había hecho a propósito.
Cualquier familiar, y más tan allegado, hubiera esperado a casarse después de su presentación, ya que no quedaba tanto para esa noche.
Pero él quería impedir que pudiera asistir al convite que celebraría en su casa de Londres.
—Igual quiere ahorrarte tener que asistir a la celebración, hija.
—Padre, yo también tengo derecho a divertirme. —Se levantó y añadió con ironía —Prácticamente acabo de escapar de las garras de la muerte.
—He pensado… —Se volvió para mirar a su padre. —He pensado que deberías ir a visitar a tu tía Rosanne.
—La tía Rosanne vive en Venecia, ¿quieres que me vaya a Italia? —preguntó confundida.
—Últimamente tienes el humor algo alterado y creo que es mejor que no asistas a la boda.
Se envaró mirando a su madre, pero esta apartó la mirada demostrando que ya lo habían hablado. Orgullosa estiró el cuello. —Así que le elegís a él.
Su padre no disimuló su sorpresa. —¿Pero qué tonterías dices? ¡Es para que te calmes!
—Claro, ahora soy… ¿Cómo dicen? Ah, sí…Una loca que ha perdido el rumbo, pues no te equivoques, padre, sé muy bien a donde me dirijo.
—¡Me estás obligando a tomar medidas drásticas! ¡Últimamente no controlas la lengua y en la cena de ayer con la señora Princeton, fuiste muy mal educada!
Sonrió con ironía. —Así que soy una paria que debéis esconder hasta que se me pase el berrinche… Claro, no vaya a ser que diga algo que no debo. ¿Pensáis traerme antes de mi presentación?
Elizabeth miró a su marido como si esperara su sentencia y este muy enfadado dijo —Debido a tu convalecencia, creo que lo mejor es que no te excedas. El año que viene habrá presentación.
Perdió todo el color de la cara, había soñado con ese día toda su vida y sin poder evitarlo dijo con desprecio —Hasta eso me quitáis. ¿Qué piensas hacer, padre? ¿Casarme a escondidas con alguien a quien escojas a mis espaldas? Eso no voy a consentirlo.
—Vete a tu habitación y empieza a hacer el equipaje.
Sus ojos se llenaron de lágrimas de la frustración. —No os reconozco, pero es evidente que no os conocía cuando habéis cambiado mi futuro por un capricho del destino. —Cogió sus faldas y se volvió. —No regresaré a esta casa, padre.
—¡Deja de decir tonterías!
Vivianne empezó a subir los escalones.
—¡Vivianne! ¡Vuelve aquí!
Rabiosa se volvió para verlos al pie de las escaleras. —¿No es lo que queréis? Pues es lo que vais a conseguir, no soy nada para nadie y así seguirá siendo. No hace falta que vengas a despedirme, padre. No quiero incomodarte más. —Siguió subiendo dejándoles de piedra.
—Roger…
—Tranquila, se le pasará. Unos meses fuera de casa es lo que necesita para templarla.
—Vamos a perder a nuestra hija —dijo angustiada cogiendo su brazo—. Dile que te has equivocado, que te arrepientes de tus palabras. Piensa que no la queremos.
El conde se alejó sin mirar atrás y Elizabeth sollozó. —¡Roger, no nos hagas esto!
—Es lo mejor.
—¿Para quién?
Él la miró sobre su hombro. —Para todos, esposa, es lo mejor para todos y el tiempo me dará la razón.
Al amanecer se subió a su carruaje y Elva dio un golpe al techo haciendo que se pusiera en marcha. —No puedo creer que dejen que nos vayamos así —dijo su doncella aún impresionada.
—Pues a mí no me extraña —dijo acariciando a Hércules en su regazo—. Han demostrado que les importo muy poco.
—No digas eso, te quieren con locura.
—¿De veras? Me han mentido desde el principio, me han humillado, han dejado que me consuma sin decirme la verdad y ahora me destierran. ¿De veras me quieren?
Se pasó la mano por la frente y Elva la miró preocupada. —¿Te duele la cabeza?
—Este maldito dolor no termina de quitarse nunca.
—Igual es bueno que te alejes de aquí, tantas preocupaciones no son buenas para tu restablecimiento.
Pensando en ello ni sintió que una lágrima caía por su mejilla. —Sí, tengo que olvidarme de todo.
Elva forzó una sonrisa sabiendo que todas esas traiciones no se olvidarían nunca. —Dicen que Italia es maravilloso, lo pasaremos bien.
—Sí, la tía Rosanne es muy divertida, tan divertida que nunca sonríe como si su viudez le hubiera amargado la existencia. Aunque igual tienes razón y hacemos el dúo perfecto. —Su ironía hizo reír a su amiga.
—Puede que sea muy recta en sus convicciones, pero es una gran dama y en las pocas ocasiones que ha visitado la casa, ha demostrado que eres su ojito derecho. Se nota que te quiere mucho...
—En cuanto me vea llegar, no dejará de preguntarme lo que ha sucedido y cuando se lo cuente, me amargará la existencia porque creerá que miento y que mis familiares me han repudiado. Y en realidad es lo que han hecho, aunque yo no tenga la culpa de nada.
—Lo superaremos e incluso nos divertiremos, ya verás. Y cuando vuelvas tendrás la presentación que mereces.
Ella miró por la ventanilla viendo el contorno de Merfield Hall a lo lejos, su hogar. Al que sabía que no volvería nunca. —Sí, y será estupenda. Y tienes razón, mientras llega ese día, intentaremos divertirnos.
Bajó la pasarela del barco vestida como una princesa, pues su tía no había reparado en gastos durante su estancia en Venecia. Elizabeth se acercó llorando deseando abrazarla, habían pasado siete meses, demasiado tiempo.
Vivianne al ver que se acercaba se tensó y cuando su madre la abrazó con fuerza sintió que se le retorcía el corazón. —Me alegra verte, madre.
La condesa al darse cuenta de que no le devolvía el abrazo, perdió el aliento y se apartó para ver una frialdad en sus hermosos ojos verdes que le heló el alma. —Hija, yo…
Sin contestar nada se volvió y le dijo a Elva como una gran dama —El equipaje, rápido, estoy cansada.
—Los lacayos están ya recogiéndolo, milady.
La condesa confundida la miró de arriba abajo, se había ido su niña del alma y había vuelto una dama con todas las letras, altanera, elegante y tan hermosa que cualquier hombre se moriría por estar a su lado.
No la reconocía, cuando esperaba que estuviera loca por verla, por regresar a casa. —¿Sigues enfadada?
—¿Enfadada, madre? —preguntó como si no entendiera—.
No se me permite enfadarme, no hay que dar escándalos.
Por eso, madre, te aconsejo que dejes de llorar, estás llamando la atención y eres condesa, que no se te olvide.
—Pasó ante ella yendo hasta el coche que tenía el escudo de su padre, pero pasó de largo acercándose a un hombre que la esperaba con una sonrisa en su rostro.
Alargó la mano para que se la besara por encima del guante. —Milord, es un gusto verle.
—Tenía que estar aquí para recibirla —dijo admirado—. Está más hermosa que nunca.
—¿Cómo dice eso? —Coqueta le miró a los ojos. —Ha sido un viaje horrible, seguro que tengo muy mal aspecto.
—Usted siempre está radiante, milady.
Su madre se puso a su lado.
—Oh, permítame que le presente, Carlton.
—Nos conocemos —dijo su madre muy tensa—. Duque, le creía en Boston.
—Al final no fui, ¿no se lo dijo Dalbert?
—No, mi sobrino nos comentó que después de su viaje por Europa, iría a Boston a ver a unos familiares.
—Después de encontrarme con su hermosa hija, decidí quedarme en Italia.
—¿No me diga? —Miró de reojo a Vivianne, pero su rostro solo tenía una dulce sonrisa. —¿Y lo pasaron bien?
—Al lado de su hija el tiempo pasa volando. —Vivianne cogió su brazo. —Si me permite, me gustaría visitar al conde esta misma tarde si es posible.
Elizabeth empezó a ponerse muy nerviosa. —Pues no sé si será posible, la verdad.
—Me pasaré de todas maneras para tomar el té con milady —dijo sin dar su brazo a torcer antes de mirar a Vivianne totalmente enamorado—. Si Dalbert me hubiera dicho que su prima era tan maravillosa, hubiera ido a conocerla hace mucho tiempo.
—Por algo no se lo diría —dijo la condesa sin salir de su asombro.
—Un descuido imperdonable. Pero es un gran amigo, así que haré la vista gorda. Las acompaño al carruaje.
Vivianne sonrió como si estuviera encantada con su atención. —Es muy amable.
Ante la puerta que el lacayo mantenía abierta él besó su mano mirándola a los ojos. —Para mí es un auténtico placer, he echado de menos su compañía.
Sonrió antes de volverse y entró en el carruaje. —Le espero esta tarde, milord —dijo sentándose.
—Esperaré ansioso ese reencuentro, mi hermosa lady.
Su madre siseó —¿Me deja pasar?
—Oh, sí, por supuesto —dijo avergonzado—. ¿La ayudo, condesa?
—No, gracias —dijo entre dientes sentándose ante su hija. Elva se sentó al lado de su señora y él cerró la puerta mirándola enamorado.
La condesa dio un golpe al techo y el carruaje se alejó del duque. —No me lo puedo creer —dijo su madre aún atónita—. ¿Con el mejor amigo de Dalbert? Esto no puede ser algo serio.
—No sé de lo que hablas, madre —dijo fríamente.