Capítulo 1 #4
Vivianne desde la cama separó los labios de la impresión. —¿Qué has dicho?
Dalbert se volvió de golpe sorprendido porque estuviera despierta.
—¿Lo que he oído era un sueño? —preguntó confundida.
Ninguno de los dos le respondió.
—¿Hablabais de un compromiso?
—Elva, que venga el médico de inmediato. —Forzó una sonrisa. —Tus padres se alegrarán mucho de que estés despierta.
Sentía la boca pastosa y le dolía la cabeza. Se llevó allí la mano para darse cuenta de que tenía la cabeza vendada. —¿Qué me ha pasado?
Dalbert se acercó sonriendo. —Nada, en unos días estarás bien.
Le miró a los ojos. —¿Bien? —preguntó como si nunca fuera a ponerse bien. Entonces frunció el ceño recordando—. Estabas en Londres.
—He venido a verte.
—¿Por qué?
Dalbert no supo que contestar. —Estabas convaleciente y es lo educado.
Incrédula por su respuesta susurró —Ve a ver a mis padres, a Cameron, pero a mí déjame en paz. ¿Me he explicado con claridad, milord?
Intentó coger su mano. —Viv…
La apartó horrorizada por lo que su contacto le hacía sentir.
—Mantenga las distancias, duque. Entiendo que tenemos una relación familiar y que debo verle a menudo para que la gente no cuchichee, pero eso es todo.
No se dirija a mí, no hable conmigo más allá de un saludo, no quiero saber nada de su vida —dijo fríamente.
—Estás siendo irracional —dijo empezando a enfadarse.
—¿Irracional? Te aseguro que he tenido días para pensar en lo ocurrido y no me siento irracional.
Dolida, destruida, enferma, pero sobre todo asqueada, milord.
Asqueada de que todos supierais que te amaba y nadie moviera un dedo por mí —dijo con rabia—.
Te casas con una mujer a la que ni conoces y a mí me desdeñas, ¿qué tengo yo de malo?
¿Me quieres como a una hermana? ¿Acaso a esa desconocida la quieres más?
Mientes, te he visto con ella y no parecías un hombre enamorado.
Su madre que estaba en la puerta entró en la habitación y sollozó —Perdóname hija.
Miró sorprendida a su madre que parecía tremendamente arrepentida. —¿Que está pasando aquí?
Dalbert se volvió. —Ni se te ocurra decirlo, tía.
Elizabeth rogó a su hija con la mirada. —Tuvimos que hacerlo.
—¡Tía no!
—¿Qué me ocultáis?
—Cameron estaba en problemas y nos dieron esa solución.
—¡Tía lo juraste!
—¡Merece saberlo, Elva me ha hecho darme cuenta de que es así! Ya no voy a callarme, no pienso perder a mi hija por esto.
—¿Perder? Madre no me perderías nunca —dijo impresionada por el estado en el que se encontraba.
Dio un paso hacia ella. —¿De veras?
—¿Qué te ocurre? ¿Por qué estás en ese estado de nervios? ¿Y qué sabe Elva que no me ha dicho?
Elizabeth miró a Dalbert a los ojos. —Debe saberlo y cuanto antes mejor. —Se acercó a su hija y cogió su mano. —Tu primo pidió tu mano cuando recibió el ducado, hija.
Se le cortó el aliento mirándole. —Eso fue hace seis años.
—Por supuesto accedimos, pero el mes pasado Cameron estaba en Londres y cometió el peor error de su vida.
—¿Qué error?
—Compartió lecho con una mujer, la esposa del conde de Pulford.
Separó los labios de la impresión. —¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—El conde iba a retarle a duelo, pero Dalbert intervino. La puntería del conde es bien conocida en Inglaterra y temió que matara a Cameron. El conde le exigió que si quería que se olvidara del asunto aceptara la mano de su hija, ansiaba que fuera duquesa y consiguió lo que quería. Dalbert accedió.
Impresionada le miró a él que parecía tallado en piedra. —Así que la aceptaste.
—No tengo por qué soportar esto —dijo yendo hacia la puerta.
—¡Dalbert! —gritó deteniéndole en seco, pero no la miró, lo que la enfureció aún más porque ni podía mirarla a la cara—.
Gracias por salvar a mi hermano —dijo con desprecio recordando sus palabras cuando le rogó que no se casara.
No la quería, nunca la había amado y para él ese cambio no había sido para tanto—.
Espero que seas muy feliz con lady Prudence —dijo con rabia—. Ya que te da igual una dama que otra.
Él salió de la habitación sin decir palabra y Vivianne miró a su madre que se apretaba las manos angustiada. —Bueno, madre, ¿puedes hacer que me traigan algo de comer? Estoy famélica y tengo que recuperarme para mi presentación.
Su madre asombrada ni sabía qué decir. —Sí, por supuesto…
La condesa tiró del cordón y en ese momento se abrió la puerta dando paso a su hermano, a su padre y al doctor Clayton que estaba loco de contento. —Qué alegría, qué alegría tan grande, milady. —Se acercó de inmediato.
Impresionada dijo —Ha venido de Londres.
—Por supuesto. Aunque debo confesarle que temía que no podría hacer nada como diagnosticó mi colega. No tenía ninguna esperanza, ha estado muy grave.
Asombrada miró a los demás. —¿De veras? ¿Tan mal estaba?
El conde se acercó y besó su mano como si estuviera desesperado. —Es un milagro, hija. Un milagro que estés viva.
Mirando esa puerta por la que Dalbert se había ido susurró —El destino, padre. El destino ha demostrado que aún no ha llegado mi hora y que me queda mucha vida por delante.