Capítulo 1 #3
—¿Qué querías que hiciéramos? —preguntó Elizabeth—. Solo intentábamos protegerla.
—¿De qué? ¿Del dolor? ¡Mírela, condesa! ¡Mire a su hija! Sufre más que nunca y es cierto, la culpa es suya por no ser sincera.
—Juraste que no dirías nada —dijo muerta de miedo porque su hija se enterara de la verdad—. ¡Me lo juraste!
—Y de mí no saldrá una sola palabra al respecto, lo juré por la tumba de mi madre. Y le aseguro que me arrepiento cada día de haber hecho ese juramento, pero yo tengo palabra. —Les miró con desprecio. —Y al parecer mi palabra vale más que la de cualquier noble, así que pueden estar tranquilos.
—No te extralimites —dijo Cameron—. Trae las toallas.
Elva se volvió hacia él rabiosa. —¿Que no me extralimite? Aplíquese el cuento, milord. La culpa de todo la tuvo usted.
Cameron apretó los labios antes de mirar a su hermana y asintió. —Lo sé muy bien.
—Espero que Dios le dé fuerzas para sobrellevar todo el dolor que está pasando su hermana. ¡Por su culpa nunca será feliz mientras viva!
Él pálido miró a sus padres que apartaron la vista como si no soportaran mirarle en ese momento. —Será mejor que espere abajo al doctor.
—Sí, hijo, hay que desvestir a tu hermana y será lo mejor —dijo el conde antes de apartar a su esposa—. Esperaré abajo en el salón.
—Está bien.
Elizabeth observó a su hijo y a su esposo mientras salían de la habitación. Cuando cerraron la puerta sollozó tapándose la boca con la mano. Elva apretó los labios y se volvió a toda prisa para atender a su ama. —Te pondrás bien, Viv, yo me aseguraré de ello.
El joven doctor Gammont salió de la habitación apretando los labios. El conde se acercó a él de inmediato. —Parece que no trae buenas noticias, doctor.
—No las que me gustarían. La herida ha dejado de sangrar, pero no ha recuperado el conocimiento y ya han pasado tres horas desde su caída, eso me preocupa bastante.
—¿No cree que se recupere? —preguntó Cameron—. He oído de gente que tras un golpe en la cabeza murió al poco tiempo.
—Donde lo tiene milady, suele ser instantáneo.
—Oh, Dios… —dijo el conde llevándose las manos a la cabeza.
—Pero afortunadamente sigue viva y debemos esperar acontecimientos.
De todas maneras, voy a ponerme en contacto con su médico en Londres.
El doctor Clayton tiene reputación de ser un gran cirujano.
Le preguntaré si puede venir a verla y espero que me ayude.
—El doctor apretó los labios. —Pero no quiero darle esperanzas vanas, conde.
Debe prepararse para lo peor. Es muy probable que su hija no salga de esa cama con vida.
Cameron sintiéndose impotente apretó los puños con fuerza. —Así que puede morir.
—Puede morir, volver en sí sin recordar su vida, o no despertarse durante meses y después abrir los ojos como si no hubiera pasado nada.
Es impredecible lo que sucederá, milord, solo podemos esperar.
Si me disculpan, en este momento la paciente está con la doncella y su madre, así que aprovecharé para comer algo.
—Sí, por supuesto doctor Gammont, le servirán lo que guste. ¿Phill?
El mayordomo, que esperaba discretamente a unos metros, se acercó. —Venga conmigo, doctor. Ya está preparado.
—Siempre tan eficiente, Phill.
Bajando las escaleras principales de la casa el mayordomo susurró —¿Tan grave es?
El médico miró hacia arriba y apretó los labios. —Vete preparando los crespones negros, amigo. Esa muchacha tiene los días contados.
Dalbert entró en la habitación en penumbra y se acercó a la cama donde Vivianne yacía casi sin vida. Su madre lloraba sentada su lado y cuando se acercó a los pies de la cama le miró sorprendida. —Dios mío, estás aquí… —Se levantó y le abrazó. —Has venido…
—Cameron me envió una carta. —Miró hacia Vivianne. —¿Cómo está?
—Igual, no ha habido cambios. —Se limpió las mejillas con su pañuelo de encaje. —Mi esposo está preparando todo para el sepelio.
La miró sorprendido. —¿No hay esperanzas?
Sollozó negando con la cabeza. —Dicen que si se despierta a estas alturas sería un milagro. —De repente se tambaleó y Dalbert la cogió del brazo.
Elva se acercó a su señora. —Esto ya se lo dije yo, tiene que descansar un poco.
—Llévala a su habitación.
—Por supuesto, milord —dijo entre dientes mirándole con rencor—. Es lo que pensaba hacer.
Dalbert apretó los labios mientras salían de la habitación y cuando Elva cerró la puerta él miró a Vivianne.
Parecía un cadáver, estaba tan distinta que bien podía ser una persona diferente a la que él había conocido.
Se acercó a ella y se sentó en la cama cogiendo su mano derecha.
En el dedo índice tenía un anillo con una pequeña esmeralda.
—¿Te acuerdas cuando te lo regaló tu madre?
Estabas tan contenta… Te lo pusiste en el índice para que la gente no pensara que estabas comprometida.
—Él apretó los labios mirando aquellas profundas ojeras y la observó pensativo.
—Una ironía cuando sí que lo estabas, aunque no lo supieras.
Elva en la puerta susurró —Suéltela, milord, no tiene derecho a tocar a mi señora —dijo fríamente.
Dalbert enderezó la espalda y dejó su mano sobre el edredón antes de levantarse. Elva le miró con todo el odio del que era capaz. —Váyase y no vuelva por aquí.
—Así que me culpas a mí.
—Por supuesto —dijo con desprecio—. No luchó por ella. Antepuso a Cameron a la mujer que sería su esposa, cuando ella le amaba más que a sí misma.
Palideció. —No se había anunciado el compromiso, podía echarme atrás.
—Y casarse con esa zorra —dijo con desprecio.
Se tensó. —No hables así de mi futura esposa.
—Me dan asco con sus tejemanejes, pero lo que no les perdonaré nunca es el dolor que le han causado a mi señora. ¡Largo de aquí!
El duque dio un paso hacia ella y siseó —No vuelvas a hablarme así en tu vida.
Elva sonrió con burla demostrando su desprecio. —Le hablaré como me venga en gana. ¿Está pensando en hacer que me echen? Cuidado, sé mucho más de esta familia de lo que les conviene, así que fuera.
—Podría hacer que desaparecieras solo con chasquear los dedos, así que controla tu lengua.