Capítulo 1 #2
—¡Vivianne no pienso hablar de esto contigo! ¡Vete a tu habitación hasta que te calmes!
—¿Acaso no soy adecuada?
Él agitó las riendas y el caballo empezó a alejarse. Desesperada corrió tras él. —¿No soy la adecuada?
La miró sobre su hombro. —Lo eres por muchas razones, pero no para mí.
—¿Por qué?
Estaban a pocos metros del establo y el lacayo salió de allí a toda prisa para atender a Rey.
Dalbert al verle la miró furioso. —Estás a punto de provocar un escándalo.
Como alguien se entere de esto… —dijo entre dientes—.
Vas a quedar en evidencia, porque ya estoy comprometido y no hay vuelta atrás. Vete a tu habitación.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas. —¿No me quieres?
—¡No! ¡No como obviamente tú deseas! ¡Tienes que estar loca para pensar que algo así podía ocurrir, si somos como hermanos!
Que nunca hubiera pensado en ella como su futura esposa, que no sintiera el amor que ella sentía por él, le destrozó el alma y sollozó.
Él muy incómodo iba a decir algo, pero Vivianne corrió al interior de la casa topándose con su padre, que salía en ese momento a recibir al hijo del primo predilecto de su esposa. —Hija, ¿qué ocurre?
Ella corriendo todo lo que pudo, se sujetó las faldas para subir las escaleras como una exhalación. Dalbert entró en la casa y apretó los labios. —Lo siento, tío, se ha enterado del compromiso y como ves no se lo ha tomado nada bien.
Roger Merfield Tercero miró hacia arriba y suspiró. —Mi esposa hablará con ella y le hará ver que es imposible, no te preocupes. Ven al despacho, tenemos mucho de lo que hablar.
Vivianne lloraba desgarrada tirada en la cama. Le había perdido, había perdido al hombre que amaba. Todavía estaba en shock mientras su corazón se desgarraba de dolor porque ahora sería de otra.
Su madre entró en la habitación mostrando su hermoso vestido de mañana azul y apretó los labios al ver el sufrimiento de su hija, que sin dejar de llorar ni se había dado cuenta de que había invadido su intimidad.
La condesa de Wensford se acercó a la cama sin hacer ruido y al sentarse a su lado Vivianne se sobresaltó mirando hacia ella.
—No llores. —Acarició su espalda. —Cuando llegues a Londres, conocerás a hombres tan apuestos que te dejarán sin habla. Dalbert…
—Le amo, mamá.
—Cielo, no puedes saber lo que es el amor, aún eres muy joven.
—Tú te casaste a mi edad. —Hundió la cabeza en la almohada y sollozó. —Quiero morirme.
Lady Elizabeth apretó los labios. —No digas eso ni en broma. Dalbert es tu primo y…
—¡Es mi primo segundo! —Se sentó de golpe fuera de sí. —¿Por qué yo no? ¿Por qué no arreglasteis nuestro matrimonio hace años? ¡Hubiera sido un matrimonio ventajoso para ambos!
—Porque él no quiso.
Se quedó sin aliento. —¿Qué?
Elizabeth agachó la mirada. —Cielo, ¿crees que no sabía que te sentías atraída por él? Al principio pensé que era un enamoramiento infantil, pero al ver que no se te pasaba hace dos años hablé con tu padre. Él estaba de acuerdo, pero Dalbert te rechazó.
—¿Por qué? ¿Qué tiene esa que no tenga yo? —preguntó entre lágrimas.
—Dalbert perdió a su familia siendo muy joven, para él ahora somos los parientes más cercanos y nos adora. De hecho, compró una finca muy cerca de la nuestra para que no perdiéramos el contacto. Te ve como a una hermana y ante nuestra propuesta, debo decir que se espantó.
Sintiendo un dolor terrible por sus palabras susurró —¿Se espantó?
—Dijo que eras muy joven y que sinceramente no se veía compartiendo lecho con alguien que quería como una hermana. Nosotros lo comprendimos y nos olvidamos del asunto.
—Dios mío… —dijo llevándose una mano al vientre sintiendo unas náuseas terribles.
—Y es evidente que durante estos años no ha cambiado de opinión. Te quiere, pero no como tú deseas, hija.
Con rabia se levantó. —¿Por qué no me dijiste esto antes? ¿Por qué habéis dejado que siga haciendo el ridículo?
Elizabeth sufriendo por ella respondió —Porque sabía que pasaría esto y solo intentaba que no sufrieras. ¿Por qué crees que he invitado a tanta gente últimamente?
Se le cortó el aliento. —¿Pretendías que me enamorara de otro? ¡Jamás amaré a otro hombre, mamá!
Su madre asustada susurró —Por favor, no digas eso.
Sollozó volviéndose y por la ventana vio que Dalbert se subía a su caballo a toda prisa y se lanzaba a galope para irse de la finca.
Elizabeth se puso a su lado viendo como Vivianne alargaba la mano y tocaba el cristal desesperada por su partida.
—Hija, si no te repones e ignoras ese compromiso, esto romperá la familia.
—Acarició su espalda. —Debes comprender que él también sufre porque no te corresponde.
Y si me pongo en su lugar, seguro que en este momento está pensando que acaba de perder a la única familia que le queda.
Se mordió el labio inferior mientras veía que se alejaba.
Iba a perderle, si mostraba su dolor sus padres se sentirían incómodos y Dalbert se iría alejando poco a poco porque dejarían de invitarle a su casa.
Mientras las lágrimas caían por sus mejillas escuchó a su madre —Si le amas, si le amas de verdad, déjale seguir con su vida, cielo.
—¿Y mi felicidad, madre? —La miró a los ojos. —Porque sin él nunca seré feliz.
Angustiada la abrazó. —Eres mi hija y te amo más que a mí misma, pero también quiero a Dalbert, se ha ganado un hueco en el corazón de todos. Esa boda va a realizarse, así que intenta olvidar lo que sientes, te lo suplico. O habrá una escisión en esta familia que nos costará superar a todos.
No era justo para sus padres, no era justo para su hermano que era uno de sus mejores amigos y no era justo para Dalbert. No la amaba, debía aceptarlo. Pero dolía, dolía muchísimo y era cierto que no le importaría morirse en ese momento porque sentía que su vida ya no tenía sentido.
Una semana después, en el cuarto de costura bordaba una rosa para su ajuar, aunque no sabía por qué hacía eso cuando estaba segura de que no se casaría nunca.
Su madre terriblemente preocupada la miró, sus hermosos ojos verdes estaban apagados y los rodeaban unas horribles ojeras.
Además, había adelgazado muchísimo, tanto que hasta el vestido nuevo que llevaba le quedaba grande.
Muerta de miedo por su hija se levantó y dijo —Cielo, ¿salimos al jardín a tomar el aire?
—No me apetece, madre, ve tú —dijo con desgana.
No habían vuelto a mencionar el tema y Elizabeth dio un paso hacia ella para hablar, cuando la puerta se abrió dando paso a Cameron que acababa de llegar de Londres. Al ver el aspecto de su hermana se horrorizó. —Viv, ¿estás enferma?
Le miró sin comprender. —No, ¿por qué? Estoy muy bien. —Forzó una sonrisa. —¿Qué tal por Londres? Vamos, cuéntanos tus alocadas aventuras por la gran ciudad. ¿Has visto a alguien interesante?
Para los dos fue evidente que se moría por saber de Dalbert, que el mismo día en que había estado en la finca, partió hacia Londres para reunirse con su prometida.
Cameron apretó los labios mirando a su madre que ya no sabía qué hacer.
—He ido a un par de cenas, nada más, tenía mucho que hacer con los encargos de padre.
—¿Y quien asistió a esas cenas? ¿Alguna dama? —preguntó con picardía.
Cameron sonrió. —Varias, pero pocas de mi edad. Fui…
Apartó el bordado pendiente de cada una de sus palabras. —¿Fuiste?
—El conde de Pulford celebró una cena con sus más allegados, para anunciar el compromiso de Dalbert y su hija. Por supuesto me invitaron porque estaba en la ciudad.
Perdió el poco color que tenía en la cara porque ya lo habían anunciado, ya no había vuelta atrás. —¿Y lo pasaste bien?
Cameron apretó los puños al ver su dolor, pero intentó hacer que no se daba cuenta. —Fue agradable.
—Vamos cuéntame, ¿cómo fue?
Su madre horrorizada porque quisiera torturarse así, dio un paso hacia ella. —Hija…
—¡No, quiero que me lo cuente! —gritó con rabia sorprendiéndoles—. ¡Quiero que me cuente como es feliz con ella, para ver si así dejo de sentir esta horrible presión que tengo en el pecho! ¡Vamos, Cameron! —gritó mirando a su hermano a los ojos—. ¿Era feliz?
—Sí.
Gritó de la rabia y el dolor, mientras su madre se llevaba la mano a la boca de la impresión. Pero de repente su hija pareció perder el resuello y cayó desmayada en el suelo golpeándose la cabeza con la mesa de centro. Elizabeth gritó de miedo al verla sin sentido y sangrando cerca de la sien.
—¡Rápido, un médico! —gritó Cameron saliendo de la sala—. ¡Phill, un médico!
El mayordomo llegó corriendo y al ver la situación gritó —¡Jeff, súbete a un caballo y que venga el médico de inmediato!
El conde llegó corriendo y vio como su hijo con lágrimas en los ojos la cogía en brazos. —¿Padre?
—¿Tiene pulso? —Se acercó de inmediato para sentir su aliento y suspiró del alivio. —Subela a la habitación, rápido.
Cameron hizo lo que le ordenaron a toda prisa y Elva asustada por la sangre que caía de su cabeza, corrió hacia su señora para ayudarla cuando la tumbó en la cama.
Le empezó a desabrochar el vestido y tiró de él para sacárselo de las caderas mientras su hermano mojaba una toalla.
Miró de reojo a la condesa, que lloraba en brazos de su marido y no dejaba de repetir —Esto es culpa nuestra…
—Esto no es culpa de nadie, cielo. No te aflijas ahora, nuestra hija nos necesita más que nunca.
Cameron le presionó la herida con la toalla acercándose de nuevo a su boca para sentir su aliento. La condesa le miró expectante. —Aún vive, madre, pero pierde mucha sangre. —Angustiado le dijo a la doncella —Trae más toallas.
—Sí, sí…
Corrió hacia el armario pálida de miedo por la posibilidad de perder a su mejor amiga. —Ya sabía yo que todo esto solo traería desgracias —dijo con rabia antes de abrir el armario para sacar las toallas de su señora.
—Elva cállate —dijo el conde.
—¡No, no me callo! ¡Tenían que haberle dicho la verdad!
—¡He dicho que te calles! —gritó perdiendo los nervios.
La doncella apretó los labios y fue hacia la cama. —Ustedes los nobles siempre complicándolo todo.