Un placer, milord
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Capítulo 1
Lady Vivianne riendo, se volvió agarrándose sus voluminosas faldas y su perrito la siguió colina arriba.
—Vamos, Hércules. —Él jugueteando intentó morder sus faldas para detenerla.
—No, eso no se hace. —El perrito la miró extrañado porque era la primera vez que le reprendía.
Rio por su cara, era tan tierno que no pudo evitarlo. Le acarició la cabecita. —Buen, chico.
Escuchó los cascos de un caballo y le dio un vuelco al corazón volviéndose ilusionada. Dalbert subía la colina y le guiñó un ojo deteniendo el caballo a su lado, provocándole esa ansiedad que solo su primo segundo le hacía sentir cada vez que le veía. —¿Cómo estás tú sola por aquí?
—Estoy en mis tierras, milord. Y desde aquí veo la casa, que es el límite que me ha impuesto mi padre.
Él rio por lo bajo y miró al perro levantando una de sus cejas negras. —¿Quién es ese?
—Se llama Hércules, ¿te gusta? Padre me lo regaló por sorpresa antes de ayer y es muy cariñoso.
—¿Eso es un perro?
—Ja, ja, muy gracioso. Es un Shih Tzu. Nieto de un nieto de un nieto de un servidor de un emperador chino que mi padre dice que se llamaba Qin Shi Huang.
—Así que será un caprichoso como tú.
—Hoy estás muy gracioso. —Mirando sus ojos azules se acercó y cogió las riendas. —¿Has venido a ver a padre?
—Tengo negocios que tratar con él, me está esperando.
—¿Te quedarás a comer? —Esperando su respuesta rezó para que dijera que sí.
—Eso creo, no quiero hacer un feo a la tía Elizabeth, seguro que me invitará.
Sonrió encantada. —¿Sabes? En tres meses y medio será mi presentación en Londres y va a haber una celebración por todo lo alto.
—Es imposible que nadie de la comarca no lo sepa. Te encargas de decírselo a todo el mundo.
—Vendrás a Londres, ¿verdad? Quiero que estés allí. —Soltó una risita. —Va a ser increíble. Padre ya ha contratado a la orquesta y dice que es la mejor de Inglaterra.
—Estoy deseando escucharla.
—Seré magnánima y te concederé el tercer baile. Primero van padre y mi hermano, compréndelo, no puedo hacerles el feo, pero luego bailaré contigo.
—Estoy impaciente, sé que has practicado mucho.
Soltó una risita. —Tengo a Elva aburrida con tanto baile.
—¿Te llevo hasta tu casa?
—Es muy amable, milord —dijo coqueta.
Él sonrió mostrando su perfecta dentadura. —Lo haces muy bien, preciosa. En unos meses tendrás a todos los solteros de Inglaterra comiendo de tu mano y volverán loco al tío Roger con solicitudes para ir a verte a la hora del té.
Vivianne apartó la mirada porque solo había un soltero que le interesara y se moría porque él diera el paso, pero nunca le había mostrado aprecio más allá de ser un familiar cercano.
Si le diera un beso… Dios, si le diera un beso sería la mujer más feliz del mundo, pero como mucho le había dado un beso en la mejilla al desearle feliz cumpleaños.
Disimulando que le molestaba que a él le importaba poco con quien se casara, se agachó para coger el perrito en brazos mientras él se bajaba del caballo.
—Pienso tener más propuestas de matrimonio que nadie —dijo con orgullo.
Dalbert se mantuvo en silencio unos segundos que se le hicieron eternos. —Con lo hermosa que eres no me extrañará que lo consigas.
Se le cortó el aliento y le miró con sus hermosos ojos verdes. —¿De veras crees que soy hermosa?
Dalbert sonrió como si estuviera incómodo y le acarició la mejilla. —Claro que sí, pequeña.
Que la llamara así, desinfló la burbuja de ilusión que había tenido durante medio segundo.
Pequeña, ¿es que para él nunca sería una mujer?
Gruñó por dentro acercándose al caballo y Dalbert la cogió por la cintura para subirla como si no pesara nada.
Cuando se subió tras ella cogiendo las riendas, Vivianne sintió que todo su cuerpo se moría de gusto por su proximidad.
Él rodeó su cintura con los brazos y agitó las riendas.
—¿Te has echado perfume? —preguntó con esa voz grave que lograba estremecerla por dentro.
Miró hacia atrás ilusionada, se había dado cuenta. —Sí, me lo regaló padre en las últimas Navidades. ¿A que huele bien?
Él gruñó mirando sus hermosos rizos caoba. —No huele nada mal.
Sonrió radiante. —Tiene un toque de lavanda y rosa. Me encanta.
—Parece hecho para ti.
—Gracias, milord. —Encantada miró al frente. —¿Y te gusta mi vestido? Es nuevo.
Vamos, Vivianne, haz algo. Se inclinó un poco hacia atrás para que viera el escote. —Es lila.
—¿Lila?
—Es un color.
—¿No me digas? —preguntó con sus rizos en la cara—. Viv, enderézate que no veo nada con tanto pelo —le espetó de malos modos.
Se sonrojó ligeramente porque había sido muy descarada, qué difícil era seducir a un hombre. Pues su doncella decía que era muy fácil, una miradita y caían como moscas, pero con Dalbert no funcionaba.
—¿Cameron está en casa?
Que preguntara por su hermano la desinfló del todo. —Sí, está con padre en su despacho, al parecer tienen algo muy importante que hablar. —Se volvió hacia él. —Están muy raros últimamente.
—¿Por qué dices eso?
—No sé, no es que hayan discutido que yo haya oído, pero desde que mi hermano volvió de Londres hace tres semanas, padre está como gruñón con él.
—No será nada.
Frunció el ceño. —Me preocupa, tienen una actitud poco propia de ellos. Sobre todo padre. Está como distante con él.
—Son imaginaciones tuyas. Lo que pasa es que Cameron ya es un hombre y tiene más responsabilidades.
—¿Responsabilidades? Si no hace nada en todo el día salvo montar a caballo. —Se le cortó el aliento. —¿No estarás hablando de otro tipo de responsabilidades como el matrimonio? ¿No se irá a casar con esa remilgada de sonrisa estúpida que vino de visita hace dos semanas? Hablaron mucho.
—Lady Prudence es educada, hermosa e hija de un conde, cualquier caballero estaría orgulloso de llevarla del brazo.
Lo dijo de una manera que la alertó y los celos salieron a relucir.
Le miró con desconfianza. —¿Pero qué dices?
Si era idiota. No dejaba de reírse por cualquier tontería y para colmo tenía esa risa chillona que pone de los nervios a todo el que la escucha.
Además, era algo rara, la vi paseando por el jardín tarareando mientras tocaba las rosas de mamá.
Y era el amanecer, una hora muy extraña para pasear, ¿no crees?
Te digo yo que algo raro tiene. ¿Y su padre?
Un estirado que los tres días que estuvieron en la casa, no quitó de su rostro esa cara de funeral.
Si padre quiere casar a Cameron con esa dama, apoyaré en todo a mi hermano para que no claudique.
Le escuchó gruñir. Su corazón se detuvo por la expresión de su rostro, parecía molesto con su crítica a esa dama. —Se te ha borrado la sonrisa, primo.
—No deberías hablar mal de alguien que apenas has visto durante un par de días que estuvo de visita.
No entendía su defensa y entendía aún menos que la reprendiera.
Siempre se habían divertido criticando a los amigos de sus padres.
—¿Estás enfadado? —Tuvo un mal presentimiento y se llevó la mano al pecho de la impresión.
—¿Te agrada esa mujer? —Rio sin ganas. —Qué tonta soy, ¿cómo te va a agradar esa… ?
—Viv…
El pánico la invadió. —¡Detén el caballo!
Lo hizo y ella ni necesitó su ayuda para bajarse de un salto. Dejó a Hércules en el suelo y asustada le miró. —Dios mío, tengo un mal presentimiento que me… —Nerviosa se llevó la mano al vientre. —Dime que no has pensado en casarte con ella, dímelo, por favor.
—Le pedí la mano cuando estuvo de visita, quería hacerlo con el consentimiento de tu padre y ante su presencia. Por eso voy a hablar con el conde, que es mi mentor, para consultarle ciertos detalles sobre la dote de mi prometida.
—¡No puedes casarte con ella! —exclamó espantada sintiendo que se le escapaba entre los dedos.
—Viv…
Estaba enfadándose, pero a ella le daba igual, se le estaba escapando y no podía consentirlo.
Su corazón se encogió de miedo. Jamás se hubiera imaginado esa situación y era estúpida por no haberlo hecho.
Era duque, por el amor de Dios, era lógico que tuviera que casarse, pero con ella, que le había amado media vida.
Muerta de miedo susurró mientras él se bajaba del caballo.
—No puedes casarte con ella. —Le rogó con la mirada.
—¿A quién se le ha ocurrido tremendo disparate?
—¡Vivianne deja de decir tonterías!
—¡Tontería es que te comprometas con otra mujer! ¿Y yo?
—Jamás te prometí nada —dijo entre dientes—. ¡Somos primos!
—Como si eso importara, somos primos segundos y entre los de nuestra posición muchos primos hermanos se casan entre sí. Eso solo es una excusa absurda, creí... Siempre nos hemos llevado bien y creí…
—¡No es mi problema que te imaginases cosas!
Su corazón se retorció de dolor y dio un paso hacia él. —¿Acaso no te agrado? ¿No acabas de decir que soy hermosa? Podríamos tener un buen matrimonio, podríamos…
—La decisión ya está tomada —dijo con frialdad retorciéndole el corazón—. ¡Ahora sube al caballo!
Intentó cogerla por el brazo y Vivianne sollozó sin poder evitarlo dando un paso atrás. —Por favor…
Dalbert apretó los labios. —No quiero hablar más de esto —dijo tajante—. Además, ya he dado mi palabra, así que no hay vuelta atrás.
Desesperada le agarró de las solapas de la chaqueta. —¿La quieres? Dime si la quieres.
—¡Te estás poniendo en ridículo! —le gritó a la cara rompiéndole el corazón.
Las lágrimas corrieron por sus mejillas. —Me da igual, no puedo permitirme perderte, te amo, Dalbert.
La agarró por los brazos y furioso la empujó. —¡Deja de ponerte en evidencia!
—¿En evidencia? —Sollozó. —¿Por qué me haces esto? ¿Por qué nos haces esto? ¡Nuestro matrimonio hubiera sido dichoso!
Se subió al caballo. —¡No pienso entrar en un debate contigo sobre con quién debo casarme, joder! —Agarró las riendas. —Creo que podrás llegar sola a casa, solo estás a unos metros y yo ya no tengo paciencia para esto.
—Por favor, te lo suplico, espérame. En unos meses podremos comprometernos. —Sollozó. —No lo hagas.
—Vete a casa —dijo tenso.
—¡No!