Un pastel de manzana para el difunto Capítulo 10 Rastros en el mercado #2
55%

Capítulo 10 Rastros en el mercado #2

Se pasó la mano por la nuca y dejó la hoja encima del cuaderno como quien deja una tapa para que no se escape el aroma. Había honestidad derrotada en su mirada: la de quien ha visto demasiadas manos pagar en billetes y sabe lo que pesa la moneda en la conciencia.

—Me lo encargaron por teléfono —dijo—. Un número fijo, no móvil.

Dijo el apellido de la señora que vive en la Calle Mayor, pero no me contó más.

Pagaron en mano, y vinieron con la furgoneta blanca a recogerlo.

El chico que dejó la caja dijo "no llamar" y no preguntó nada; tenía prisa, las manos temblaban.

—¿Y los pétalos? —pregunté, señalando la bolsa con la etiqueta arrugada que Tomás había mencionado en el mercadillo—. ¿Salen de aquí los que usa la gente para bodas?

El muchacho asintió. Fue un gesto corto, pero cuando lo hizo dejó ver la preocupación propia de quien sabe que un producto, mezclado en la receta equivocada, puede convertirse en un rumor con dientes.

—Sí —contestó—. Trae un viajante una o dos veces por semana; deja pétalos, y yo los reparto en bolsas.

El pedido grande lo empaqué yo. Guardé parte en una caja por si alguien venía a recoger muestra, pero no me dijeron que lo harían.

Lo que sí recuerdo es que la señora que llamó dio instrucciones que no eran de un cliente cualquiera: dijo que tenía las claves de la casa.

Dijo "déjalo como siempre; yo paso después".

No me dio nombre, solo que tenía acceso.

La frase me llegó con la nitidez de una cuchillada suave: "las claves de la casa".

No era un nombre, no era una acusación, pero cerraba una esquina del mapa donde encajaban las dudas: oportunidad y acceso.

Me apreté la lengua contra el paladar, ese punto que avisa de que algo importante acaba de caer en la cuchara.

—¿Dijo qué casa? —inquirí, controlando la voz.

El chico miró hacia la entrada, como si la pared pudiese escuchar, y bajó el tono.

—La de los Ledesma —respondió—. Lo dijo claro. "Es para la casa de Ledesma, déjalo en el portal, no llamar." Pagaron en efectivo y se fueron en furgoneta blanca. Yo hice el remito y lo firmé. Si quiere, puede sacar una copia.

La propuesta no la esperaba, pero era práctica: una copia del remito sería la línea que uniría proveedor y entrega.

Pedí el papel y él lo extendió con la mano con harina pegada.

Lo fotografié con el teléfono, sin alharacas; la imagen me quedó en la pantalla con el brillo de la tinta y la textura del papel.

No pedí el original; tomé solo una foto para no alterar el libro.

Luego pasé la punta del bolígrafo por encima de los números, replicando en la libreta la hora, la anotación de "no llamar" y el nombre del domicilio.

Apoyé la pluma como quien refrigera una crema; cada trazo era una medida para que la historia no se derramara.

—¿Puede guardar una muestra de esos pétalos? —pregunté—. Solo un pellizco, por si la policía lo necesita.

Se quedó mirándome y por un instante pensé que iba a negar. La costumbre de guardar pruebas en sitios ajenos no es buena, pero tampoco lo es perderlas por miedo. Respiró, reunió un trocito de sombra y buscó con la vista la caja donde había dejado parte del lote.

—No debería —dijo—. Pero si lo pide usted, lo meto en un papel, lo cierro y lo dejo en el cajón del despacho. Si la policía pregunta, yo se lo doy. No quiero problemas.

Le agradecí con una sonrisa pequeña y la voz suave de quien pide un favor que otorga alivio.

Metió una mano en la caja, sacó una bolsita con pétalos y la envolvió en papel kraft.

La manera en que lo hizo era doméstica: cuidadosa y con esa torpeza que delata a quien no sabe si está haciendo algo correcto o expiatorio.

Cerró el paquete con una tira de cinta. Me lo entregó y, para que quedara constancia y por seguridad, se lo devolví para que lo guardara en el cajón como había prometido. Asintió y cerró el cajón con llave.

Olía a un dulzor seco y a algo cítrico que se pegó a mis dedos como una fina ceniza de confitura.

Mientras nos movíamos por el despacho, saqué otra foto: el sello de salida del remito, la letra inclinada, la nota a lápiz.

Noté la misma inicial minúscula en la esquina del papel y, sin quererlo, la conecté con la anotación que había hecho antes.

Hubo un brillo indeciso en la mirada del muchacho cuando lo vi; apartó la vista hacia la calle como si alguien pudiera estar oyendo.

—¿Usted estuvo en la Calle Mayor cuando se hizo la entrega? —le pregunté, colocándome de lado para que no se sintiera interrogado.

—No —admitió—. Yo empacaba. El mensajero lo recogió. Pero me insistió en que anotara "no llamar"; dijo que la orden la había dado la que conoce las claves. Se fue disparado. Tenía las manos frías. No sé más.

Las manos decían prisa, la obligación de llevar algo empaquetado sin preguntar, la suma de favores que se piden y de silencios que se compran.

Le apreté el hombro con la empatía que no sé fingir en otra cosa que no sea amasar.

Salí del despacho con la copia en la pantalla del teléfono y la sensación de haber atado, esta vez, dos extremos del hilo: el remito con la dirección y la bolsita que quedó guardada en el cajón como prueba.

Afuera, la luz tenía la calidad de los días fríos en que la bruma casi se pega a las mejillas.

Canelo me miró con los ojos pequeños y me empujó con la nariz hacia la puerta; llevaba en el gesto la expectación de quien sabe que hemos atrapado una migaja mayor que las habituales.

Guardé la libreta en el bolsillo interior, cerré el teléfono y sentí, por primera vez desde que todo empezó, una línea tangible entre pétalo, papel y una casa concreta.

No era una acusación con nombre, pero era un rastro: un recibo, una bolsita conservada y la voz de un ayudante que dijo que "tenía las claves".

Me fui con eso en el pecho, como quien sale del horno con una tarta todavía tibia creyendo que, por fin, puede presentar el plato en la mesa.

Volví hacia la plaza sin prisa, con la calma de quien ha atado un hilo.

Salí del almacén con la foto del remito clavada en la pantalla del teléfono; la imagen seguía visible pese a que había cerrado la aplicación.

En el cajón, la bolsita de pétalos conservaba ese dulzor seco como una nota que no quería perderse, envuelta entre tarros.

Canelo caminó a mi lado con ese paso de perro que no necesita órdenes; yo llevaba la libreta en el bolsillo y una cosa en la nuca que no era ni frío ni calor, sino la sensación de una harina removida: algo que notas en la garganta antes de hablar.

Al principio fueron solo pasos que marcaban el mismo compás que los míos, no los saludos de un conocido sino la paciencia de quien mide y espera.

Después la sombra se pegó a la pared de la farmacia cuando crucé la esquina; por un par de segundos vi destellos metálicos al rascarse la mejilla: un anillo grande que respondió al sol con un guiño breve.

Apunté con la mirada, como quien toma la punta de una espátula: un gesto para comparar más tarde.

No aceleré. En Valdeluna la prisa convoca miradas y yo prefiero la lentitud de quien prueba una crema; deja que las cosas se muestren.

Dejé que Canelo marcara el ritmo y aflojé la correa para que el que venía detrás creyera que no me daba cuenta.

Las calles guardan nombres en las fachadas y las sombras se leen con menos ruido que las palabras.

Si quien me seguía quería saber a dónde iba, bastaba con sostener la ruta; si no, se marcharía cuando encontrara gente.

Entré en la plaza como quien voltea una masa para ver si ha subido: me detuve frente al puesto de la tendera y me hice la indecisa.

Miré mermeladas, toqué un frasco con la punta del dedo; la persona se colocó en la esquina y no entró, se quedó a la distancia de quien observa un horno desde la acera.

Lo guardé en la libreta mental como quien deja una cucharilla en un cajón: no es la prueba final, pero sirve para comparar.