Capítulo 10 Rastros en el mercado
A la mañana siguiente, el mercadillo amanecía a medias: los toldos aún sudaban la primera niebla y la claridad entraba a pinceladas entre cajas de manzana y sacos de especias.
Canelo olfateó una pila de membrillos como si buscara mensajes y yo me dejé llevar por la costumbre de avanzar despacio, como quien prueba la masa para saber si la levadura está viva.
Llevaba la libreta en el bolsillo interior y las manos con la memoria de la mañana: restos de azúcar en la uña y el olor del glaseado pegado al delantal.
Buscaba la misma firma olfativa que me había perseguido desde el portal de Leopoldo: una nota floral y seca que no pertenecía a nuestras costumbres.
En el tercer puesto, detrás de un mostrador de madera envejecida, un hombre con delantal de loneta abría sacos y disponía en bolsitas los pétalos secos.
Su puesto no tenía nombre que yo conociera; tenía, en cambio, la insistencia de un aroma que trabajaba en capas: azahar sobre un lecho de azúcar y una tersura casi grasa que me recordó el brillo de la manteca en el borde de la corteza que había anotado en la libreta.
Me acerqué sin apresurarme, apoyé la palma en el canto de la mesa como quien prueba el frío del mármol, y dejé que Canelo hiciera el saludo oficial con su nariz.
—Buenos días —dije—. ¿A qué saben hoy los pétalos?
El vendedor sonrió en la comisura de la boca; tenía la mirada de quien ha visto muchas manos entrar y salir del puesto.
—Hay de todo —dijo—. Azahar puro, rosa, una mezcla para bodas que me piden de los pueblos. La peor parte es la humedad, que los deja blandos; los míos vienen secos de la cuesta, los tratan bien.
Extendió una bolsita transparente con un puñado de pétalos.
La cogí entre los dedos como quien toma una porción de azúcar glas y llevé la nariz al borde.
El aroma me golpeó con la precisión de una cuchillada fina: idéntico al del frasco de la pastelería, la misma mezcla cítrica que se escondía bajo el glaseado.
Canelo emitió un resoplido de aprobación; lo acaricié en la cabeza. Guardé silencio. En Valdeluna se aprende a interrogar sin empujar: las preguntas bien hechas caen como migas que atraen respuestas.
—¿Vende a particulares o hace encargos para casas grandes? —pregunté, ya pensando en que aquel hombre podía ser un eslabón logístico.
Cerró el mostrador con el pulgar, apoyó el codo sin aparentar interés.
—Hago de todo: bodas, bautizos, pasteleros que piden para adornar. Reparto a tiendas a la mañana si me llaman. Los pedidos grandes los apunto en el libro. ¿Busca algo concreto?
La palabra "libro" me electrizó la nuca; los vendedores ambulantes llevan a veces cuadernos donde apuntan lotes, nombres y si el pago fue en mano.
Me acordé del papel que Marisa me entregó, de la nota arrancada de la libreta de Leopoldo y de la instrucción “no llamar”.
Si alguien había comprado un lote mediano para la Calle Mayor, el rastro podría estar en ese libro.
—¿Me puede enseñar lo que anotó la semana pasada? —pregunté con voz templada—. Busco varios puñados, nada raro: un encargo para una amiga.
Me miró un segundo más de lo que exige la cortesía y, sin ceremonias, abrió una cajita de madera donde guardaba un cuaderno de hojas curtidas por las entradas.
—Aquí voy apuntando —dijo—. Día, cliente, cantidad y si piden envoltorio de papel rústico. Mire.
Pasó página despacio. Las letras eran apretadas y la tinta a saltos; anotaciones de vuelo, como las cuentas de una caja.
Busqué la fecha, la cantidad y, sobre todo, el nombre del cliente.
Diez días atrás una entrada marcaba: "Lote mediano — Calle Mayor — papel rústico — pago en mano".
Hora: 09:20. En la columna de observaciones, una nota que no esperaba ver: "furgoneta blanca".
Mis dedos quedaron en el margen; subrayé ese dato en mi libreta con una raya fina y sin ruido.
—¿Ese es el suyo? —pregunté, señalando la línea con la yema de la pluma.
Asintió y comenzó a contar como quien recorre un camino conocido.
—Sí, fue un lote mediano para la Calle Mayor. Pagaron en efectivo y pidieron que lo dejara en el portal porque decían que era frágil. El muchacho que vino a recogerlo pasó en una furgoneta blanca. Me dijeron: "no llamar, dejar y marchar". Yo apunto lo que vendo y ya.
Oír la orden repetida fue como escuchar la misma nota en otro piano: encajaba con la furgoneta que Marta y el recadero habían visto y con la franja que yo había reducido en la libreta. Me apreté el estómago. No era prueba; era una línea que podía seguir.
—¿Recuerda quién compró exactamente? —pregunté con la naturalidad de quien indaga por una receta—. Un apellido, algo para preguntar sin armar escándalo.
Cerró el cuaderno un instante, miró alrededor y bajó la voz, aunque nadie prestaba atención.
—Familia Ledesma —dijo—. La señora pidió discreción. Fue el miércoles de la semana pasada.
Ledesma. El apellido se clavó en mi libreta como cuando pinchas la masa para ver si está hecha. Lo apunté con la calma de quien etiqueta frascos en el almacén.
—¿Tiene recibo? —dije—. No es por desconfianza; es que me viene bien para anotar el proveedor cuando compro para el horno.
El hombre se encogió de hombros con la honradez de quien cobra al contado.
—Normalmente doy factura. Si pagaron en mano, hice anotación en el margen. Tengo un remito del almacén con la salida, ahí en la caja. Si quiere, puedo buscarlo y decirle nombre y hora exacta; viene la marca del proveedor y la referencia del lote.
Un remito me valía más que cualquier gesto: un papel con hora y nombre que ligara pétalo y casa.
No pedí que me lo diera en ese momento; en el mercado no gustan las muestras que son testimonios públicos.
Apunté en la libreta la hora: 09:20, la coincidencia con la franja 09:00–10:00 y la nota "furgoneta blanca".
Planeé volver al almacén del vendedor después de la misa, cuando el ayudante estuviera menos ocupado, y ver si el remito tenía sello y firma.
Entonces apareció el ayudante con un saco vacío: un muchacho delgado, sin la confianza de quien ha visto muchas manos pagar.
—Don Félix dice que la señora Ledesma pidió discreción —soltó—. Y que el mensajero parecía nervioso. Ayer vino un recadero a preguntar por unas pérdidas en caja, pero no había recibos sueltos.
Tomé nota mental del "nervioso" y del recadero; pequeñas fibras de detalle que se juntan como migas. No toqué la bolsa de pétalos; no retiré nada del puesto.
—Gracias —dije al vendedor—. ¿Puede usted guardar el remito si vuelvo más tarde? No quiero armar espectáculo ahora.
Me miró con curiosidad y costumbre.
—Si vuelve al mediodía lo saco —prometió—. A esa hora hay menos gente y puedo buscar en la caja sin que nadie vea.
Anoté mediodía en el margen y añadí "almacén" con una flecha.
Había conseguido, en la órbita cálida del mercado, algo que no es sentencia pero sí un hilo: un proveedor que reconocía la mezcla, un remito que existía y la mención de Ledesma y de la furgoneta blanca que coincidía con todas las franjas.
En la libreta dibujé el siguiente paso como una receta: ir al almacén, pedir el remito, comprobar sello y, si es posible, conseguir una muestra para cotejar sin romper por ahora la cadena oficial.
Tiré de la correa, me alejé del puesto con la ventana temporal en la cabeza y la determinación de volver al almacén a mediodía.
A mediodía regresé al almacén. Canelo tiró hacia la fuente y yo le seguí sin decidirme a soltar la libreta; llevaba la punta de la pluma hundida en la página como quien deja la cuchara en el bol para no enfriarlo.
La calle del almacén olía a cajas apiladas y a harina de otra vida; empujé la puerta metálica y entré con la serenidad de quien abre una lata de conserva en la cocina: con la uña, despacio, por si dentro hay algo que se deshaga si lo tratas a golpes.
El almacén era un soplo de pueblo grande: estanterías de madera llenas de sacos rotulados, tarros con etiquetas en varios idiomas y un mostrador donde un muchacho barría con movimientos rápidos y nerviosos.
Llevaba las mangas remangadas hasta el codo, las manos con esa mezcla de azúcar y aceite que delataba trabajo con pastas; al verme, tensó el gesto, como si en cualquier momento tuviera que esconder algo entre los sacos.
—Buenos días —dije—. Vengo por un remito.
Me miró con la rapidez de quien calcula consecuencias. Canelo se sentó a su lado y apoyó la nariz en la rodilla del mostrador, un gesto que suele ablandar a la gente.
—¿Remito? —repitió—. ¿De qué fecha?
Saqué la libreta y le mostré la nota que había tomado en el mercadillo: "Lote mediano — Calle Mayor — 09:20 — furgoneta blanca".
Tomás, el del puesto La Corteza, me había hablado de ese tipo de etiquetas en el mercadillo y esperaba confirmación.
No dije más; las cosas que se ponen sobre la mesa suelen pedir menos palabras.
El muchacho dejó la escoba y señaló la puerta de detrás con la barbilla.
—El libro está en el despacho. Espere un momento.
El despacho era un cubículo con una lámpara desnuda, sobres con cuerdas y una caja donde guardaban facturas enrolladas.
En un rincón había un tintero seco, una regla doblada y un cuaderno con las hojas curtidas por dedos que escriben de prisa.
Abrió el cuaderno y pasó páginas como quien saca migas de una masa: sin tocar demasiado, buscando la línea precisa.
Se detuvo en una entrada escrita con tinta negra, la caligrafía rápida pero legible: fecha, "Ledesma — Calle Mayor 14", cantidad y, en el margen, "pago en efectivo".
Añadido a lápiz, casi arrinconado, un apunte pequeño: "dejar en portal — frágil — no llamar".
La hora, trazada con un pulso más seguro, marcaba las 09:20.
Noté también en la esquina de la hoja, apenas perceptible, una letra inclinada como una inicial: una sola raya que parecía haber sido doblada con la uña; la anoté sin dramatizarla, como quien toma una cucharada para comprobar sal.
—Aquí está —murmuró el ayudante—. Fue ese lote. Lo saqué yo el miércoles por la mañana.
Le hablé sin levantar la voz; en Valdeluna las cosas se resuelven más con el tono que con la acusación.
—¿Quién lo pidió? —pregunté—. ¿Alguien dejó indicaciones más allá de lo que está escrito?