Capítulo 9 La libreta que no está #3
Colgué antes de que la conversación se enredara en temores. La discreción requería pocos ingredientes: sigilo, testigos y paciencia. Desempolvé la libreta y anoté con letra precisa: "Marisa: vigilar Ledesma — foto y hora. Canelo: salidas nocturnas. Héctor: reunión privada — mostrar nota."
Hablé con Héctor por el canal que habíamos usado antes, una llamada breve y profesional. No dije dónde estaba la nota ni quién podía aparecer con la libreta; expuse el hecho y la necesidad.
—Tengo algo que mostrarle en privado. No es prueba pericial, es una amenaza. Quiero que la vea usted antes de que alguien más la tome como estandarte.
Hubo una pausa. En la otra línea la voz de Héctor se hizo más corta, menos funcionario y más policía que comprende el peso del protocolo.
—Pase por la comisaría mañana a las diez. Si lo que tiene es delicado, lo registraremos. No quiero espectáculo alrededor del asunto; usted sabe los pasos.
—A las diez, entonces. Llevaré el sobre. No diré nombres; solo quiero que la custodia sea oficial si la libreta aparece. Así evitamos que circule sin control.
Héctor insistió en su precisión habitual: toda evidencia debe ser registrada y encuadrada en actas. No ofreció guardias ni escoltas; ofreció procedimiento. Para mi propósito, era suficiente: deseaba que si la libreta reaparecía, su primera parada fuera la comisaría y no una vitrina de opinión.
Guardé el compromiso con Héctor en la libreta: "Comisaría 10:00 — entregar nota." No añadí más. Lo que se escribe para voces externas tiende a hacerse grande; yo prefería lo imprescindible.
No quería dejar todas las cartas a la burocracia.
La calle, el mercado y las costumbres forman una red maravillosa para atrapar errores pequeños: un cartero despistado, un mensajero con prisa, un vecino que no sabe guardar silencio.
Por eso recurrí a lo que mejor conozco: las noches y a Canelo.
Pedí a Marta que no cerrara la pastelería del todo, que dejara la puerta entreabierta y las luces bajas, un anzuelo discreto.
Si alguien se acercaba a la Calle Mayor, un ojo de horno encendido es buena excusa.
Preparé el plan en tres pasos y se lo leí a Canelo como si fuera una receta: vigilancia, prueba y encuentro previsto.
Primero, protección de pruebas. Volví a poner el sobre con la nota entre los tarros en la gaveta, como quien acomoda una cucharilla entre vasitos de confitura, y cerré con llave.
Las pruebas formales ya estaban en manos de Héctor —el frasco entregado anteriormente—; las de referencia quedarían en el cajón cerrado.
No iba a sacar el frasco de la pastelería ni a dejar el fragmento de fibra al alcance de una mano curiosa.
Hice copias fotográficas de la hoja arrancada y de la nota; las imágenes son útiles porque no alteran el original y se muestran sin mover la reliquia.
Segundo, testigos discretos. Marisa registraría las visitas.
Marta cuidaría la puerta y, si veía algo extraño, me lo chivaría con la palabra clave.
Pedí a Tomás que no mencionara su relación con el viajante ni sus compras en público; si alguien le preguntaba, que sonriera y dijera que trabajaba por encargos.
Tomás aceptó con ese orgullo a medias que le queda cuando toca pedir un favor al oficio.
Tercero, provocar una reacción controlada.
No quería acusar en la plaza ni montar una escena.
Sí quería que quien tuviera motivos o miedo se moviese.
Hay maneras de forzar un error sin linchamiento: una conversación al oído con la persona adecuada, una mención casual en una reunión de té, una nota que circule solo entre ciertos brazos.
Tener la nota en manos de Héctor me daba la base: si alguien reclamaba la libreta, la comisaría tendría la obligación de registrarla.
Y si la persona llegaba sin permiso, dejaría rastros.
Le hablé a Canelo despacio mientras le colocaba el collar.
—Vamos a salir por la noche, compañero. No a husmear puertas ajenas; a oler el movimiento. Si alguien tiene prisa, los perros la notan. Tú me muestras el paso y yo apunto horas.
Canelo meneó la cola con la gravedad de un can que sabe que su humano está concentrado en un plan. Me gustan esas conspiraciones pequeñas donde nadie me juzga por preguntar y todo el pueblo puede resultar fiable o traicionero según la mañana que venga.
Antes de apagar las luces revisé una última vez la gaveta: el sobre entre los tarros, la llave que cerraba y las copias fotográficas dobladas en la libreta.
Sentí el metal en la palma como quien remata el borde de una tarta: firme.
Metí la llave en el bolsillo, me coloqué el delantal para la noche y pensé en la gente que se mueve por Valdeluna con guantes finos y anillos que brillan junto a las farolas.
Una imagen quedó clavada: el destello de un anillo al pasar por la farola de los Ledesma.
No era prueba; era una veta para seguir.
Apagué la lámpara y dejé una luz tenue en el escaparate.
Afuera, la calle mantuvo su rumor de perros y puertas.
Cerré la puerta detrás de nosotros con cuidado y salí a la noche con Canelo, lista para olfatear el movimiento y a la espera de que la libreta volviera a aparecer, y de que la primera parada fuera manos que la guardaran con protocolo, no con vocación de espectáculo.