Un pastel de manzana para el difunto Capítulo 9 La libreta que no está #2
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Capítulo 9 La libreta que no está #2

Canelo, que nunca se preocupa por letras, olfateó la nota, dejó un suspiro entre perros y hombres, y apoyó la cabeza en mi bota como si pidiera claridad.

Le acaricié la oreja con la misma lentitud que uso para alisar una masa; la mano me tembló un segundo y luego se enderezó.

Hubiera sido fácil desplegar la nota en la plaza, pegarla en el tablón y convertirla en incendio.

No iba a correr a la comisaría con un sobre resquebrajado por la emoción ni a dejar la nota arrastrada en un cajón porque eso sería permitir que la amenaza marcara el ritmo del pueblo.

Me senté en la silla de detrás del mostrador y miré la nota otra vez, como si en una segunda lectura pudiera cambiar la frase.

No cambió. La prisa de quien escribe demostraba nervio, no certeza: alguien temía que yo removiera, y eso bastaba para saber que tiraríamos de un hilo que a alguien le dolía.

Saqué de la gaveta un sobre blanco, del tamaño justo para tarjetas, y con la mano que no temblaba le marqué la fecha en pequeño: hora y día.

No quería que el sobre se quedara suelto en un cajón donde cualquiera pudiera encontrarlo; no quería que se convirtiera en pieza de teatro antes de tiempo.

Metí la nota dentro, la cerré doblando la solapa con la lengua —esa costumbre que tiene de sellar paquetes sin escándalo— y la compuse como si fuera un ingrediente frágil que no debe moverse hasta el momento de ser servido.

Canelo apoyó la nariz en el sobre y emitió un ruido corto, interrogativo.

Le clavé la vista y él inclinó la cabeza, aceptando la orden muda que ya no me pertenecía sólo a mí —Quieto.

No dije nada; cerré la mano sobre la llave que siempre llevo y pensé en Héctor.

No la llevaría a la comisaría en plan titular; la mostraría a Héctor en privado, cuando pudiera garantizar la cadena y que nadie la usara como estandarte antes de tiempo.

Guardé el sobre en el bolsillo interior del delantal, junto a la llave del cajón donde tengo las cosas que prefiero no exponer: frascos, fichas, el trozo de fibra que saqué de la casa de Leopoldo.

Al abrir el cajón para poner orden, deposité allí también el trocito de fibra que hasta entonces había llevado en el bolsillo, para que no viajara de mano en mano.

Sentí, por un instante, la estrechez de la muñeca, la misma sensación de cuando tensas un cordón de cierre para que la masa no se desparrame.

Metí el sobre entre los tarros como quien coloca una cucharilla junto a vasitos de confitura, y cerré con llave.

El cloqueo metálico fue tan definitivo como un sello húmedo.

No llamé a Marta. No mandé mensajes por la mañana ni dejé escapar por error la palabra "amenaza" en la ventana.

La trastienda volvió a su rutina: un paño tendido, la fila de moldes con sus reflejos, la luz que se iba haciendo más oblicua.

Afuera, la plaza latía con sus pasos de siempre; dentro, yo olía a manteca y a un peligro recién plegado.

Saqué la nota del bolsillo un segundo, la miré sin abrirla otra vez y pensé en lo que quería conseguir: que la verdad se mostrara con cuidado, no a palos.

Antes de apagar la lamparita de la trastienda marqué en mi libreta una sola anotación al margen: "Héctor — mostrar en privado".

No añadí más. Las cosas que se dicen en voz baja se resguardan mejor; las que se escriben y se gritan, a veces se vuelven dagas.

Metí la libreta en el cajón donde ya había guardado pruebas y cerré con llave; el ruido de metal en la palma me pareció un aplauso conformador.

Salí al mostrador, coloqué una bandeja con pastas ya horneadas para que el escaparate no traicionara que algo había alterado el ritmo de la tarde, y dejé que la puerta quedara entreabierta como invitación.

Canelo se estiró, desperezó la espalda y llevó la nariz al aire como si diagnosticara el pulso del pueblo.

Le acaricié la cabeza y le dije, en voz baja, lo que siempre le digo antes de una salida: —Tú me tapas y yo miro. No era broma; era la estrategia.

Metí la mano en el bolsillo, confirmé la llave, me coloqué el delantal con la certeza de quien se prepara para una receta que exige paciencia, y miré la calle: la luz caía, la gente pasaba y nadie, por ahora, sospechaba del sobre oculto entre tarros.

Tenía una nota que me advertía, una llave que cerraba consensos y la idea de que lo que sigue debía hacerse con manos medidas y, sobre todo, con la discreción de quien sabe que en Valdeluna las palabras pueden hornear honras o incendios.

Esa noche, después de cerrar la tienda, volví a la trastienda; necesitaba ordenar lo que había recogido durante el día.

Saqué la llave del bolsillo; la sensación fría del metal me recordó que era hora de cerrar cajones y secretos.

Saqué el sobre —la solapa tenía la huella de mi pulgar— y lo posé sobre el mármol con cuidado, como quien apoya un molde delicado sobre la mesa.

La luz de la trastienda trazaba un rectángulo cálido.

Apoyé la llave en el mármol, la giré en la cerradura y comprobé que todo estaba donde debía: tarros con pétalos, la cinta del frasco de referencia, el fragmento de fibra envuelto en estraza —todo quieto, como si la cocina hiciera guardia por mí.

No abrí el sobre. Cerré los dedos sobre él y me moví con más cuidado.

Canelo se estiró y apoyó la nariz en el borde de la mesa.

Cuando me mira así, con los ojos entrecerrados, sé que entiende más de lo que su tamaño promete: hoy no venía a hornear.

Le raspé la cabeza con el canto de la mano y le hablé en voz baja, como cuando bajo la tapadera a una masa que necesita tiempo.

—Esta noche, tú me tapas y yo miro. Nada de perseguir sombras.

El perro dejó escapar un suspiro que fue casi un acuerdo.

Me serví una taza de té, más para tener las manos ocupadas que por frío, y fui sacando las fichas que había acumulado: la nota en su sobre, sobre el mármol, un trocito de papel floral, la fotografía del tarro con etiqueta extranjera,

el papelito con la hora que llevaba don Leopoldo y la hoja arrancada que encajaba en la libreta.

Las coloqué frente a mí como ingredientes listos para montar una tarta: uno por uno, con orden y sin prisa.

Pensé en la estrategia: proteger lo que tenía y tender una trampa que no rompiera vasos por todo el pueblo. Llamé a Marisa; atiende al primer timbrazo. Su voz al otro lado fue el mismo paño cálido que me había servido té esa mañana.

—Clarita. ¿Qué necesitas ahora?

No le inventé historias; las cosas que se dicen con urgencia en Valdeluna se notan y se pagan.

—Quiero que estés atenta a la casa de los Ledesma. No preguntes nada en voz alta. Si viene alguien y entra por la verja, anota hora y descripción: gorra o no, guantes, anillo, si huele a lejía. Y si alguien deja algo en el portal, no lo toques; hazle una foto y cierra la verja.

—¿Por qué yo?

—Porque eres la que pasa más por ahí y porque confías en contarlo en voz baja. Y porque confío en que no abrirás el asunto en la plaza. Nadie más. La palabra clave será «marmolillo». Si la dices, yo salgo a la calle; no preguntes más.

Marisa soltó una risa corta, de esas que son manos apretando un paño.

—Marmolillo. Está bien. Entendido.