106 Un par de días
la sentía. Y aquí, sobre mi rodilla, en un cuaderno con unamarca de taza de café en la tapa, había otra clase de historia.
Una historia en la que nadie había muerto. Nadie había sidoabandonado. Dos personas, simplemente, con terquedad, sehabían negado a soltar una cosa pequeña.
Era una historia menos dramática. No haría llorar a nadieen un tren. Pero quizá era la más importante.
Porque yo había escrito sobre la espera como si fuera algoque te sucede. Y aquí había una chica, en un país frío, que mehabía enseñado que a veces esperar es algo que se hace por otrapersona, a propósito, con las manos abiertas.
Cerré el cuaderno. Apagué la lámpara.
En la pantalla de mi teléfono, en la oscuridad, apareció unmensaje nuevo. Era de Nadiya.
Decía: Buenas noches, genio. No te quedes escribiendo hastatarde.
Sonreí en la oscuridad, y contesté, y lo envié, y no sentímiedo.