104 Un par de días
—No. —Se secó la cara con ambas manos—. No, no pares.
Es solo que nadie me había preguntado nunca estas cosas. Noasí. No como si las respuestas importaran.
—Importan.
—Lo sé. Por eso lloro, idiota.
Se rio, y sorbió por la nariz, y buscó un paño para sonarse.
Yo también me reí. Los dos éramos un poco ridículos, unhombre metido en un cuaderno y una mujer en una cocina,
tratando de decir en treinta y ocho preguntas lo que nohabíamos sabido decir en seis años.
Cuando terminamos, era casi medianoche. Las patatas sehabían enfriado. La ventana a su espalda era negra, y enlo negro, muy tenuemente, alcancé a ver el reflejo de unalámpara.
—Bueno —dijo Nadiya—. Eso es todo.
—No lo es —dije—. No del todo.
—¿Qué falta?
—La última pregunta. —Di la vuelta al cuaderno para quepudiera ver la última línea, que había escrito esa mañana porcapricho y que casi taché—. La que yo mismo no sé cómoresponder.
Se inclinó hacia la cámara y la leyó en voz alta, despacio,
moviendo un poco los labios al final de cada palabra.
—¿Cómo se convierte una persona a la que conociste dosveces en alguien que se queda en tu vida durante seis años?
Se echó hacia atrás.
Durante un largo rato no dijo nada. Yo observé su rostro,
a la luz de la única lámpara, en el pequeño cuadrado de unapantalla, y la vi irse a algún lugar dentro de símisma, a la puertade la escuela, al norte frío, a la calle iluminada por farolas, yregresar.
—No lo sé —dijo por fin.
—No.
—Creo que sé una parte.