92 Un par de días
No lo merecía. Había sido tan bueno conmigo. Nunca se habíaquejado ni una vez.
Así que escribía mensajes cortos. Escribía Estoy cansada.
Hablamos luego. Lo escribí tantas veces que las palabras sevolvieron lisas. Y cada vez que pulsaba enviar me sentía unpoco más como una persona en el andén de una estación,
diciendo adiós con la mano mientras el tren se aleja despacio.
No decidí desaparecer. Quiero que lo entiendas.Nunca fuicruel. Solo me retiré, poco a poco, como uno se aparta delborde de un precipicio.
Su mensaje llegó el día de mi cumpleaños, un miércoles,
creo. Escribió: Feliz cumpleaños. Espero que estés bien. Solo eso.
Y me senté en el borde de la cama y lo miré durante una hora.
Quería escribir mil cosas. Quería escribir No estoy bien.
Quería escribir Te echo de menos. Quería escribir por favor,
pregúntamelo otra vez, y esta vez te diré la verdad.
En cambio escribí, dos días después, Gracias. Igualmente.
Igualmente. Nunca me había avergonzado tanto de dospalabras.Ni siquierame di cuenta de lo que había escrito hastadespués de enviarlo. No era su cumpleaños. Era la frase de unamujer que había perdido la capacidad de hablar, y él debió deleerla con el mismo corazón encogido con que yo la escribí.
Guardé el teléfono en un cajón. No lo saqué en tres días.
Llamó Katya.
También ella estaba ya en otro país, estudiando, trabajando,
ahogándose alegremente en su propia vida, pero aun así mellamaba el primer domingo de cada mes, con la disciplina deuna monja. Esta vez no me preguntó cómo estaba. Escuchómi silencio durante unos noventa segundos y luego dijo, conbastante calma:
—Voy para allá.
—No puedes. Está demasiado lejos.
—Entonces háblame.