70 Un par de días
Entonces lloré, por primera vez. No fuerte. En silencio,
contra la almohada, para que Katya no se despertara.
La decisión llegó la segunda semana.
Fue mi madre quien la tomó. Entró una tarde en la cocina,
donde estábamos sentadas mi abuela y yo, y puso las dosmanos planas sobre la mesa.
—Nos vamos —dijo—. Mañana. Tomamos el tren haciael oeste. He hablado con una prima. Hay un lugar dondepodemos quedarnos.
Mi abuela negó con la cabeza.
—No pienso abandonar mi casa.
Discutieron, en voz baja, casi toda la noche. Yo me senté enlas escaleras, a oscuras, y las escuché. Oí a mi madre decir: Porfavor, no puedo perderlas a las dos. Oí a mi abuela decir, conuna voz que se quebró al final: Esta es mi casa. Nací en ella.
No puedo alejarme de una vida.
Al final no se fue.
No te contaré los detalles, porque le pertenecen a ella, yporque aún no puedo escribirlos sin que me tiemblen lasmanos. Solo diré que se quedó en la casa donde había vividotoda su vida, que nos besó a las dos en la puerta, y que me dioun pequeño paquete envuelto en un paño de cocina limpio.
Dentro había una bolsa de papel doblada, suave, arrugada yvieja.
Era una de las de mi abuelo.
Yo no sabía que las había guardado.No dijo nada. Me cerrólos dedos sobre ella y los sostuvo así un momento, y luego lossoltó.
Nos llevamos una maleta cada una.
Eso es lo que la gente no entiende sobre marcharse.
Imaginan una huida dramática, un coche cargado de tesoros,
una gran despedida. Pero no hay nada dramático en ello.
Solo hay una maleta sobre una cama, y tú de pie frente aella, intentando decidir qué partes de tu vida caben. Me llevé