Un par de días 66 Un par de días
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66 Un par de días

Hablábamos de ello como si estuviera programado. El año que viene, decíamos. Elpróximo verano. En cuanto terminaran los exámenes.

Hay una crueldad en la palabra pronto. Nos deja creer queel tiempo es algo que poseemos.

La última tarde corriente que recuerdo fue en la parte fríadel invierno.

Estaba sentado a mi escritorio, medio dormidosobre un libro, y ella llamó, algo que rara vez hacía.

Su rostroapareció en la pantalla, cansado y un poco sonrosado por elfrío, envuelto en una gruesa bufanda. Se reía de algo que habíahecho Katya.

—Creo —dijo— que este verano tienes que venir deverdad.

—Iré —dije.

—Prométemelo.

—Te lo prometo.

—Te enseñaré todo —dijo, y me sonrió con toda la cara,

como hacía cuando era feliz y se olvidaba de ser cuidadosa—.

Todo, yo también te lo prometo.

Hablamos una hora más. Nada especial. Un chiste. Unaqueja. Una canción. Ella dijo buenas noches, y yo dije buenasnoches, y colgamos, y apagué la lámpara.

Ninguno de los dos sabía que no volveríamos a hablar deese modo, con esa voz, en esa ciudad, en ese mundo.

Fue la última de las tardes corrientes. Habíamos pasado lamayoría sin darnos cuenta.