63 Ankit Singh
Sostuve el teléfono contra el pecho en la calle vacía frente ami edificio, en el frío, en la oscuridad, y me eché a reír en voz alta como un idiota, y un hombre que paseaba a su perro melanzó una mirada de profunda preocupación.
Así empezó lo que solo puedo llamar la larga conversación.
No sé muy bien cómo explicárselo a quien no lo ha vivido.
No era un romance, exactamente, porque nosotros no lollamábamos así. No era una amistad, porque las amistadestienen habitaciones y mesas y bromas compartidas sobreconocidos comunes. Era algo que vivía enteramente en elespacio entre dos pantallas. Una corriente constante, suave,
sin prisa, de conversación. Cuando yo despertaba, había unmensaje suyo, enviado antes de su primera clase. Cuando elladormía, había un mensaje mío, enviado desde la almohada.
Entre medias, mil pequeñas cosas: una fotografía de su café,
una queja sobre un profesor, un chiste sobre Daniel, unacanción que yo creía que le gustaría, una canción que ellacreía que yo detestaría y tenía razón.
Aprendí la forma de sus días. Sabía cuándo tenía clase ycuándo la odiaba. Sabía qué tranvía tomaba. Sabía que losjueves visitaba a su abuela, y los domingos cocinaba, mal, parasu familia, y los martes tenía un seminario terrible con unhombre al que llamaba, en un susurro, el Cocodrilo.
Ella aprendió los míos. Conocía mis exámenes, misplazos, mis pequeños pánicos privados. Sabía que no podíadormir antes de un día importante, y me enviaba, a la unade la madrugada, una sola línea: Vete a la cama, genio.
Sabía cuándo mentía diciendo que estaba bien. No podíaocultárselo. Incluso a través de una pantalla, incluso en unalengua que ninguno de los dos hablaba a la perfección, ellapercibía el vacío en una frase como un afinador de pianospercibe una nota desafinada.
En el segundo año empezamos a enviarnos mensajes de voz.
Nunca olvidaré el primero. Yo caminaba a casa por unparque, el teléfono vibró y apareció una pequeña onda azulcon su nombre. Me puse los auriculares y pulsé el botón.