Un par de días 51 Ankit Singh
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51 Ankit Singh

fuerte y me susurró al oído—: Han sido los sesenta segundosde silencio más largos que he visto en mi vida —y tuve quemorderme el labio para no reírme.

El chico levantó la mano. Fue un gesto pequeño, mitadsaludo, mitad venia militar, torpe y dulce.

—Te escribiré —dijo.

—Lo sé.

Eso fue todo. Me di la vuelta y entré por la pesada puerta,

y la puerta se cerró a mis espaldas con su golpe familiar, y mequedé en la penumbra de la escalera con la espalda contra lapared fría y el corazón latiéndome como un puño contra uncristal.

Escuché cómo se alejaban sus pasos. Cuatro pies, luego dos,

luego nada. Luego,muy a lo lejos, débilmente, larisa deDaniel,

clara y sonora.

Subí las escaleras despacio.

Mi abuela seguía despierta, sentada en la cocina con lalámpara encendida y una taza de té que no había tocado. Mirómi cara y no dijo nada. Solo se levantó, tomó una segunda tazadel estante, la llenó de la tetera y la puso frente a mí.

Me senté. Rodeé la taza con las dos manos.

—¿Y bien? —dijo al fin.

—Fue una tarde agradable.

—Ya lo veo.

Me observó por encima de las gafas con la mirada pacientede una mujer que ha criado a tres generaciones y ya no sehace ilusiones. Luego sonrió, una sonrisa pequeña y privada,

y volvió a su té.

Más tarde, en mi cuarto, me tumbé en la cama a oscuras ysaqué el teléfono. Ya había un mensaje. Debió de escribirlo encuanto dobló la esquina.

Lo leí. Sonreí. Puse el teléfono boca abajo sobre mi pechoy escuché cómo, por fin, empezaba a llover, suavemente, sobreel tejado.