50 Un par de días
Nunca me había sentido cómoda en el silencio con nadie,
salvo con mi abuelo.
Se me ocurrió, con una pequeña sacudida, que era feliz.
No quiero decir emocionada, ni halagada, ni nerviosa, nininguna de las otras cosas que se supone que debe sentiruna chica en un momento así.
Quiero decir el sentimientocallado, sencillo y sin adornos de estar en el lugar correcto.
Deestar exactamente donde debía estar, haciendo exactamente loque hacía, sin que nadie me pidiera nada.
Sin actuación. Sinesfuerzo. Sin necesidad de ser fácil.
Yo era solo yo. Y él era solo él. Y la ciudad, con paciencia,
nos sostenía a los dos.
Era lo último que esperaba de un chico al que había vistodos veces.
Cuando llegamos a mi calle, Katya y Daniel nos esperabanjunto a la puerta de su edificio, que estaba a dos portalesdel mío. Daniel estaba en medio de un discurso sobre laimportancia cultural de la pastelería. Katya fingía escucharlo.
Nos detuvimos. Los cuatro nos quedamos en un pequeñocírculo bajo la farola, en la luz amarilla, con las hojas girandosuavemente sobre la acera. Y comprendí que aquel era elmomento en que la tarde terminaría.
—Gracias —dije—. Por acompañarnos.
—No fue nada —dijo el chico.
—No fue nada, no.
Me miró. Por un instante pensé que diría algo grande.
Abrió la boca. Vi moverse su garganta. Luego pareciópensárselo mejor, y dijo, de la manera más sencilla:
—Me alegro de haber vuelto.
—Yo también —dije.
Daniel, que había terminado su discurso, se aclaró lagarganta.
—Bueno. Buenas noches
—dijo—. Ha sido unhonor. Inmenso. —Hizo una pequeña reverencia. Katya ledio un golpe suave en el brazo y luego, de pronto, me abrazó