49 Ankit Singh
He recorrido esas calles toda mi vida. Conozco cadaadoquín desigual, cada balcón de hierro, cada portal donde esprobable que duerma un gato. Pero aquella tarde las vi como sifuera la primera vez. Las lámparas se habían encendido en lasventanas antiguas y la piedra brillaba de un dorado amarillo.
En algún lugar sobre nosotros, una mujer cantaba mientrascocinaba. Un tranvía pasó al final de la calle, lanzando su luzsobre los muros en un largo y lento barrido. El aire olía a lluviaque aún no había caído.
—Es hermosa —dijo él, pasado un rato.
—Es solo mi ciudad.
—Eso es lo que la hace hermosa. Tú no la ves.
Me volví a mirarlo. Contemplaba un balcón con unaexpresión de felicidad pura y sin complicaciones, como unniño ante una ventana en una mañana de nieve. Y pensé,
absurdamente, que nunca volvería a ver mi ciudad tanclaramente como la veía a través de sus ojos.
Hablamos, aunque no sabría decirte de qué.
Cosaspequeñas. El café. Los terribles chistes de Daniel.
La maneraen que Katya pidió la tarta de queso como un general quepide un batallón.
Él me contó de un examen ridículo queaprobó una vez por casualidad.
Yo le conté de la primera vezque intenté cocinar para mi familia y le prendí fuego al pañode cocina.
Nos reímos, bajito, para no perturbar la tarde.
Luego, en algún momento, dejamos de hablar, y empezó elsilencio.
Quiero describir el silencio, porque es lo que más recuerdo.
No era un silencio incómodo. Los he conocido, espesos ypunzantes, como una habitación donde la calefacción estáestropeada.
Este era suave. Era como si ambos hubiéramosdejado en el suelo algo pesado en el mismo instante y nosquedáramos allí, con las manos vacías, aliviados.
Simplementecaminábamos, uno al lado del otro, con los pasos casiacompasados, sin decir nada, y no hacía falta decir nada.