Un par de días 44 Un par de días
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44 Un par de días

Retiró la manode inmediato, murmurando una disculpa, poniéndose rojo hasta la punta de las orejas, y entendí algo de él que no habíaentendido por ningún mensaje.

No era un chico que supierafingir. No era un chico que hubiera hecho esto antes.

Era unapersona que sentía las cosas en la cara, en las orejas, en lasmanos, y no podía esconderlas por mucho que lo intentara.

Y pensé, con una claridad quemesorprendió: estaría asalvocon él.

No era un pensamiento romántico. Era algo más antiguo ymás hondo. Era el pensamiento que tiene una niña en el bancojunto a un hombre de chaqueta gris con una bolsa de patatasfritas. Era el pensamiento: aquí no me va a pasar nada malo.

No lo dije en voz alta. Solo le sonreí, y él me devolvió lasonrisa, con inseguridad, como si no supiera si tenía permiso.

Cuando la camarera vino a decir que el café cerraba, todosnos quedamos atónitos. Llevábamos allí horas. Las tazasestaban vacías, el plato estaba vacío, y en algún momento dela tarde Daniel y Katya habían entablado una larga discusión,

aún sin terminar, sobre los méritos relativos de dos equiposde fútbol que a ninguno de los dos les gustaban.

Nos levantamos, recogiendo abrigos y bolsos. Afuera yacasi era de noche, y las farolas se encendían una a una a lo largode la calle. Sentí la tristeza particular de una tarde que llega asu fin, el dolor sordo de saber que algo bueno estaba a puntode terminar.

Habría otras tardes,me dije. Seguro que habría otras tardes.

Pero él no era de aquí. Volvería a su casa. La distancia entrenosotros no se medía en calles. Era una frontera. Lo miré, depie bajo la luz de la farola con las manos en los bolsillos, y porprimera vez sentí todo su peso.

No hay tiempo suficiente, pensé.

Era la primera vez que lo pensaba. No sería la última.