24 Un par de días
El tiempo pasó, como suele pasar, y las dos personastímidas que habían empezado intercambiando preguntascorteses comenzaron, muy gradualmente, a crecer.
Lasconversaciones cambiaron de color. Se volvieron másatrevidas, más juguetonas, salpicadas de bromas que nohabrían sobrevivido a la primera semana.
Y cuando añosdespués le pregunté qué era lo que más la había sorprendidode mí, sonrió antes de responder, y los ojos la delataron.
—Creciste —dijo, bajando la voz como si alguien pudieraoírnos—. Y empezaste a hablarme de ese tipo de cosas, de cosasde mayores. Nunca imaginé que pudieras ser tan travieso.
Me reí hasta que tuve que apartar la mirada.
Hay una gran contradicción en su recuerdo de mí, y le hecogido cariño. Por un lado, el chico extranjero, tímido y dulce,
paciente y modesto, un poco asustado de su propia voz. Por elotro, un desconocido del que nadie la había advertido, con unsentido del humor y una audacia que llevaban todo el tiempoescondidos tras los buenos modales.
Ella había decidido lo que yo era en una sola tarde. Con losaños, me dediqué a llevarle la contraria.
Nunca pareció importarle. Creo que le gustaba que lasorprendieran.