Un par de días 18 Un par de días
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18 Un par de días

No le escribía como le escribía a los demás. Escribía más despacio. Elegía las palabras.

Usaba, que Dios me ampare, emoticonos.

Lo que lo hacía diferente, lo que tenía él, era cómoescuchaba.

No quiero decir que hiciera muchas preguntas. Muchoschicos hacen preguntas. Preguntan como quien rellena unformulario, marcando casillas, esperando el momento en quepodrán hablar de sí mismos. Él preguntaba, y luego esperaba,

y luego recordaba. Unos días después de que le dijera que medaba miedo un examen en particular, me escribió: Hoy es elexamen, ¿verdad? Te irá de maravilla. Estaré pensando en ti.

Me quedé mirando la pantalla mucho rato. Nadie se habíaacordado de mi examen. Ni mi madre, que estaba cansada. Nimis amigas, ocupadas con lo suyo.

Después, cuando todo terminó, le escribí para contarle quecreía que me había salido bien. Y él dijo algo que nunca heolvidado.

«Claro que sí», escribió. «Eres más inteligente de lo quecrees.»Era solo una frase. Pero la llevé conmigo el resto del día,

en silencio, como se lleva una taza de té caliente entre lasmanos frías. Caminé un poco más erguida. Contesté en losseminarios preguntas que normalmente habría dejado a otros.

En la parada del tranvía vi mi reflejo en el cristal y, sin motivoalguno, le sonreí.

Eso hizo él pormí, y no creo que llegara a entenderlo nunca.

No me hizo regalos, porque estaba lejos y éramos estudiantescon muy poco dinero. No me prometió nada, porque erademasiado cuidadoso. Me dio palabras. Palabras pequeñas,

cálidas, corrientes, dichas en el momento justo. Y yo me aferréa ellas como si fueran pan.

Claro que también había el otro lado, pero eso vinodespués.

En la tercera semana, mi abuela se dio cuenta.