Un par de días 19 Ankit Singh
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19 Ankit Singh

Estaba sentada a la mesa de la cocina, desgranandoguisantes en un cuenco esmaltado, y yo estaba de pie juntoa la encimera con el teléfono, riéndome de algo que él habíaescrito. Ella no levantó la vista. Solo dijo, con esa voz suaveque reserva para las observaciones más peligrosas:

—¿Quién es?

—Un amigo.

—¿Un amigo que te hace reír así?

—Es un extranjero, Babusia.

—Ah. —Abrió una vaina con la uña del pulgar—. ¿Y esamable?

Lo pensé. Quería darle una respuesta sincera.

—Sí —dije—. Creo que es la persona más amable con laque he hablado nunca.

Asintió despacio, como si yo hubiera confirmado algo queya sospechaba.

—Entonces ten cuidado —dijo.

—¿De qué?

—De la gente amable —dijo mi abuela—. Es la que no sepuede olvidar.

Me reí para quitarle importancia. Fui a mi cuarto, metumbé en la cama y le escribí una respuesta sobre nada.

Pero sus palabras se quedaron conmigo, pequeñas y pesadascomo una moneda caída en un pozo, y estuve mucho ratoescuchándolas llegar al fondo.

A finales de aquel primer mes yo había dejado de contar losdías.

Al principio los había contado. Dos días, le había dichoa Katya. Luego tres. Luego una semana, que ya me parecíageneroso. Y entonces, sin anunciarse, la cuenta simplementecesó, como cesa uno de oír el sonido de un reloj en unahabitación donde ha vivido mucho tiempo.

Una noche, cerca del final del mes, me preguntó si podíavolver a Leópolis.