7 Ankit Singh
Leópolis está llena de ella. Es la mirada del chicoque ha practicado su sonrisa frente al espejo y cree que elmundo cooperará. Esto era otra cosa. Parecía alguien que se haacercado al borde del agua fría y trata de decidir si salta. Teníala cámara en una mano y nada en absoluto que hacer con laotra.
Dijo hola. Su acento no era el nuestro, ni era exactamentealgo que yo reconociera. Contesté en inglés, porque mepareció cortés, y porque quería ver qué pasaba.
Lo que pasó fue que se olvidó de su frase.
Pude verlo en su cara. Había ensayado algo, y se habíaesfumado, y se quedó ahí un segundo entero con la bocaligeramente abierta, como si la lengua inglesa se hubieralevantado y salido de la habitación.
Detrás de él, su amigosonreía encantado.
Katya soltó a mi lado un sonidito que eramitad tos y mitad risa.
Y pensé, con total claridad: ay, es tímido.
Me sorprendió. Había esperado que un extranjero fuerafácil.
En mi cabeza, los extranjeros eran gente que llegaba anuestra ciudad con dinero en los bolsillos y seguridad en lavoz, que fotografiaba los edificios antiguos, preguntaba dóndeestaba la vida nocturna y se iba a los tres días.
Yo había crecidoviéndolos cruzar la plaza. Nunca me había hablado uno.
Preguntó de dónde éramos. Preguntó si la tarta de quesode aquí era buena, lo que significaba que Katya había habladode ella demasiado alto.
Su amigo contó un chiste que no sepodíatraducir.
Yomereí detodosmodos, no por el chiste,sinoporque el chico de la cámarase esforzabatanto por nomirarmeque no hacía más que mirarme.
Nos quedamos allí mucho más de lo que debería duraruna conversación así. Katya tomó el mando, como siempre,
y les hizo cien preguntas a su manera enérgica: dónde viven,
qué estudian, por qué graban a una paloma. El amigo, que sellamabaDaniel,respondió casitodas, deformateatral.