5 Capítulo D o s
La chica del borde de la plaza
N a d i y a
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Katya fue la primera en verlos.
—No te des la vuelta —dijo, lo que por supuesto hizoque me diera la vuelta de inmediato—. Dos chicos. Uno tieneuna cámara. Llevan diez minutos grabándolo todo, hasta laspalomas.
—Quizá sean turistas.
—Quizá sean idiotas —dijo Katya, que tenía opinionessobre todo el mundo y casi siempre acertaba—. Míralos. Esese ríe de su propio chiste.
Miré. Era una de esas tardes de Leópolis en que la luz parecevertida sobre los edificios desde una jarra, espesa, tibia y lenta,
y toda la plaza parecía un cuadro olvidado al sol. Llevábamosuna hora caminando sin ningún lugar adonde ir. Yo tenía queleer para una clase del lunes, cosa que no estaba haciendo.
Katya tenía el plan de encontrar la mejor tarta de queso dela ciudad, que perseguía con la seriedad de un detective. Loschicos de la cámara eran solo otra pieza pequeña de la tarde.
Entonces uno de ellos me miró directamente, y comprendíque estaba a punto de que me hablaran.
He pensado muchas veces desde entonces en esa mirada.
No era la mirada de un chico seguro de sí mismo. Esa la conozco.